Autor Tema: Argentí­nea / Forlorn  (Leído 26151 veces)

ENNAS

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Argentí­nea / Forlorn
« en: Enero 24, 2009, 10:53:56 p.m. »
De nibelungos y dragones.

A lo largo de nuestros dí­as es más lo que aprendemos de los demás que lo que les enseñamos. Por timidez, por las prisas, por no resultar pesados, terminamos explicando menos cosas de las que sabemos en realidad.

Así­ las cosas y sin embargo, hay personas que prefieren guardarse de compartir su acervo. Que siguendo el ditirambo de Heráclito "lo que sale a la luz, se entrega a la oscuridad" optan por comportarse como los nibelungos, que tras extraer de las oscuras entrañas de la tierra las más preciadas gemas, se apresuraban a sepultarlas en la oscuridad de sus cámaras acorazadas.

Aún peor, esos nibelungos se transforman en dragones. Y las riquezas de que se rodean a nadie aprovechan. Celosos las vigilan, a quién se acerque ahuyentan, pero ni ellos mismos hacen uso de ese tesoro que queda ahí­, desperdiciado y sin utilidad. Y encima lloran por su suerte. Nadie me entiende, se dicen.

Es por eso que abro este hilo a dos colores, para contaros mi vida en negro (Forlorn) e historias que me invento en azul (Argentí­nea).


El año que perdimos la final de copa.

Yo soy muy cobardica y me daba miedo el servicio militar. Por ese motivo hui de España inscribiéndome para trabajar en un kibbutz. Habiendo surgido como comunas colectivas agrí­colas socialistas y sionistas, para mediados de los ochenta los kibbutzim más prósperos habian diversificado sus recursos hací­a la industria de alta tecnologí­a. Incluso los menos afortunados ofrecí­an ahora programas de intercambio con el extranjero (antes educaban a sus hijos colectivamente) y alojamientos individuales (antes dormí­an en barracones), lo único que quedaba de colectivo era el comedor y los medios de producción. La división de trabajo no era completamente rotativa, habí­a mandos, si bien con el mismo sueldo que todos.

El kibbutz al que fui destinado estaba en la Cuaderna del Este en los disputados Altos del Golam. Agricultura y autodefensa, como en los heroicos tiempos de los pioneros. Socialismo cientí­fico y tierra prometida. Como era el único español, por miedo al que dirán aprendí­ a hacer la instrucción, algo de defensa personal, y a manejar un subfusil Uzi y un fusil Galil; yo, que no querí­a hacer la mili. Ironí­a sobre ironí­a, en una de las cartas que enviaban mis padres, me comunicaron que habí­a salido excedente de cupo en el sorteo de reclutas de ese año. Pero, bueh... mala leche. Allí­ estaba yo, único español en Tierra Santa y tení­a que dar ejemplo. La infanterí­a española nunca pierde una posición.

No obstante, los demás kibbutzniks pronto captaron que el Altí­simo (sea su nombre por siempre bendito y alabado) no me habí­a dotado para el servicio de las armas y me destinaban en puestos de poco riesgo con las mujeres. Fué así­ como conocí­ a la otra persona que hablaba español en nuestra comuna, una judí­a bonaerense de mi edad llamada Karina Bervich.

Como buenos izquierdistas, eramos hinchas de uno de los innumerables equipos llamados Hapoel (trabajadores) que hay en Israel, en concreto del de nuestra región, la Alta Galilea. Ese año, nuestro Hapoel Galil Elyon llegó por primera vez a una final de copa, perdiéndola 95-86 ante el todopoderoso Maccabi de Tel-Aviv, Al año siguiente la ganarí­amos, el primer tí­tulo en la historia. En 1993, conseguirí­amos quebrar la hegemoní­a de los dos grandes de Tel-Aviv y ganar la Legat HaAl, el primer club de fuera de la capital en conseguirlo. Pero eso es otra historia.

La que yo os quiero contar, tiene que ver con el viaje que emprendimos hacia el kibbutz de Kfar Blum, donde el Hapoel Galil Elyon jugaba de local, a ver un partido de liga. Siempre nos obsequiaban unas cincuenta entradas y en esta ocasión, se decidió llevar a los niños kibbutzniks con unos pocos adultos, cuatro chicas y yo, pues el partido era de poco interés y el camino habitualmente seguro. Así­ que montamos en nuestro autobús escolar de chapa (como los de las pelí­culas americanas, pero pintado de caqui) y emprendimos el camino. Nunca llegamos a Kfar Blum.

En el trayecto se nos cruzó una patrulla del ejército sirio de dos jeeps y un camión de transporte de tropas. Uno de los jeep comenzó a dispararnos con su ametralladora fija, y decidimos parar el bus en un bosquecillo de cedros para que los niños puedieran refugiarse en él. Sólo la conductora, las otras dos chicas y yo nos quedamos en el autobús como señuelo. Empezamos a replicar el fuego con nuestros subfusiles -disparos aislados, nada de ráfagas- en lo que pedí­amos ayuda por el radio-transmisor de la cabina. Ante nuestra actitud, los sirios decidieron dar media vueta y eso desencadenó la tragedia.

Yo estaba apostado a cola del autobús. Cuando su camión viró, una bala nuestra o la mala suerte le reventarón la rueda delantera. Iba demasiado deprisa. Desequilibrado, cayó de costado con su parte trasera alineada hacia el portón trasero de nuestro autobús. Los soldados sirios trataban de salir del camión sinestrado mientras yo seguí­a disparando. Salí­an tambaleándose mientras yo incapaz de detenerme, disparaba. Algunos de ellos no recuperaron la verticalidad. Los pocos que lo consiguieron se parapetaron tras los restos de su camión. La infanterí­a española, ya dije, nunca pierde la posición. Para aquél entonces una escuadrilla de cinco helicópteros del ejército israelí­ habí­a llegado hasta nuestras coordenadas. Ellos se encargaron del resto. Nos devolvieron al kibbutz sin más bajas que una de las chicas, herida de poca gravedad en la pantorrila por una esquirla.

Esa noche en el comedor comunal , ellas hicieron un relato a decir verdad exagerado sobre mi supuesto 'heroismo': Me habí­a enfrentado yo solito a todo un batallón de sirios. Yo me sentí­a curiosamente eufórico, y no culpable, mientras era efusivamente felicitado por los kibbutzniks de más rango. Al salir del comedor, Karina se me acercó y me dió un beso en la mejilla. -"¿Qué... qué tal?" balbucée yo. Se alejó un poco y giró su cabeza para mirarme, volviendo sobre sus pasos, me cogió de la mano y me dijo -"Ven". En su habitación me desabrochó a tirones los botones de la camisa dándome pequeños besos en los labios. Cuando la cogí­ del maxilar para retenerla y acercarla, puso sus manos en mi pecho y me empujó suavemente hacia la cama. Una vez allí­ se deshizo de la hebilla del cinturón y de los botones de mi pantalón. Puse la manos en su cintura, por debajo de su camisa y empezé a subirlas en lo que ella se sentaba encima de mi. Me hubiera hecho gracia, de no ser porque estaba fascinado, verme allí­ desnudo mientras ella seguí­a vestida. Éso duró poco. En seguida se sacó la camisa como si fuera un jersey...

ENNAS

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Re: Argentí­nea / Forlorn
« Respuesta #1 en: Enero 25, 2009, 08:16:27 p.m. »
La tela de araña que de Madrid surca las entrañas está iluminada por una luz frí­a e hiriente. Al salir de su gruta el gusano aullador gime, herido por la luz de muerte y exhala el último suspiro desventrándose de par en par. Decenas de seres diminutos salen entonces correteando, buscando como los insectos resquicios junto a paredes y esquinas, apurados por salir de este reino subterráneo. Pero hasta en el inframundo, hay lugar para la esperanza y la alegrí­a.

Habí­a sido una mañana de perros, frí­a, lluviosa y con mucho trabajo. La vieja furgoneta rompió el bloque motor sobre la carretera de Valencia en la M-40, Nunca más volvió a andar. Tuve que calarla en seco, con el motor desbocado y levantando una humareda densa y azul de aceite quemado. Por suerte sólo me llevé por delante los pilotes plásticos verdiblancos de una incorporación, el coche que me seguí­a a duras penas me esquivó. Con ayuda de una  pareja de la Jefatura de Tráfico, conseguimos mover la furgoneta que habí­a puesto perdido el suelo de aceite y anticongelante. Los trámites como siempre lentos, en tu oficina los jefes te dicen que te las apañes solo, la mutua tarda un rato considerable en atenderte, tu ves como la baterí­a del móvil se va agotando, la grúa no llegará antes de una hora… en fin, lo de siempre en estos casos.

Dejamos la furgoneta en la puerta del garaje a mediodí­a por lo que tuve que esperar a que volvieran de comer. Con el dí­a ya perdido, como mi humor; sin afeitar, con el pelo despeinado, sucio de grasa, e incomprensiblemente sudado, cogí­ el subte para ir a la oficina. Hice el trasbordo en la estación de Pací­fico; caminaba rezongando por un pasillo cuando se cruzó conmigo una señora de rasgos aindiados. Desde mi espalda me gritó: –“Señor, señor. No abandone. Hay esperaní§a. Dios lo ama, señor.” Entregándome un pasquí­n, añadió: -“Vaxa a la Iglesia Evanhélica de Vaxecas, Dios lo ama.” Le di sinceramente las gracias mientras pensaba en la pinta que debí­a llevar para que la buena mujer me viera tan deseperado.

Y a cuenta de pensar en ello, me estuve riendo el resto de la tarde. Cuando llegué a la oficina, se asombraron de mi buen humor: -“Macho, tu todo te lo tomas bien.” Y yo más risas. Si ellos supieran.


Mesopotamia.

Bismallahi rahmani rahim.

En el nombre de Alá, el clemente, el misericordioso. Es nuestra azora de adoración, lástima que los ulemas sólo la pronuncien de palabra y nunca con el corazón,. Podrí­an meditar sobre por qué razón Él escogió,de entre Sus noventa y nueve nombres, precisamente esos dos para que le adoráramos.

Nosotros tuvimos que huir de Edesa por ello. Los drusos somos una rama gnóstica del Islam, que creemos que Pitágoras y Platón figuran entre nuestros Profetas (sean benditos). Nunca habí­amos tenido problemas de convivencia hasta que el nacionalismo panarabista empezó a vernos con malos ojos a nosotros por herejes, a los cristianos maronitas y los judí­os mizrahim por infieles, a los turcos por opresores y al resto el mundo porque sí­. Ellos y su maní­a de que todos debemos regirnos por la misma sharia que usaban los camelleros de hace doce siglos.

Por eso nos fuimos al nuevo mundo, a Eldorado concretamente, llevados por las leyendas españolas sobre su nombre. Y acá nos dedicamos a envasar jugos de los mismos cí­tricos que habí­a en nuestra tierra natal. Es como estar de vuelta en Siria. Tenemos por vecinos amén de a los criollos, a gentes de toda Europa, de toda clase y condición. Es tal la diversidad que es como ir a La Meca. Pero carentes de las opresivas tradiciones del Viejo Mundo, reza cada cuál a quién quiere, sin coacciones. Esto es el paraí­so.

Tras recorrer medio mundo, tenemos la sensación de estar en nuestra verdadera casa. ¿sabeí­s como llaman los argentinos a esta región de su patria?: La llaman Mesopotamia.

ENNAS

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Re: Argentí­nea / Forlorn
« Respuesta #2 en: Febrero 01, 2009, 11:59:22 a.m. »
Así­ no hay manera de hacer la revolución.

En el año ochenta y ocho asistí­ a varios conciábulos del Partido Comunista de España (reconstruido). Habí­a conocido a algunos de sus miembros en los cursillos de formación de empleo a los que acudí­an para hacer cupo y llevarse la subvención; al parecer habí­anse planteado quejas de que alguno de esos cursillos no se daba y los no-organizadores cobraban el dinero igual así­ que, para desmontar la difamación de esos esquiroles, allá que acudí­an a los cursos los miembros de los cómites; alguno de ellos tení­a trabajo, otras eran amas de casa que se inscribí­an en el INEM para demostrar las contradicciones internas del sistema, supongo: -"¿Qué me tengo que apuntar al INEM para hacer estos cursos? Pues me apunto; nada, un parado más, el gobierno verá. Ahora que se jodan y me pagen un subsidio".

En aquellos tiempos me parecí­a bonito la perfecta unión intelectual de todos los asistentes a las asambleas. "La gente es tonta y no sabe lo que quiere", "el capitalismo va a caer de un momento a otro" y "la culpa de todo la tienen los americanos", eran los argumentos estrella de nuestra dialéctica inspirada por el camarada Arenas que habí­a aprendido el maoí­smo de labios del mismí­simo Abimael Guzmán, el lí­der de Sendero Luminoso. Él nos instruí­a sobre tácticas de guerrilla urbana: Pegar pasquines por las paredes (no los peguéis en paredes de ladrillo son fáciles de arrancar, ni en vallas de hormigón con tanto cartel junto en el vuestro ni se fijan, buscad escaparates y portales que es donde destacan más), quemar papeleras y contenedores, preparar cócteles Molotov y desplegarnos en las manifestaciones convocadas por otros para reventarlas provocando una confrontación con la Policí­a. Sé que habí­a una explicación teórica para esto último, pero ahora no me acuerdo bien, me parece que lo hací­amos para que los medios de comunicación al servicio del capitalismo nos sacaran en portada por los disturbios, pero también nos quejábamos si los antedichos sólo daban noticia de los destrozos.

Dí­as antes de la manifestación, estudiábamos el campo de batalla, escogí­amos lugares estratégicos para apostarnos y trazábamos un plan de acción; en cristiano, el camarada Arenas nos decí­a lo que tení­amos que hacer y los demás asentí­amos sin rechistar imbuidos por nuestro espí­ritu crí­tico con el capitalismo. La parte peor era cuando asignaban los puestos de combate, como era joven y corpulento siempre me tocaba situarme en los alrededores de los antidisturbios -procurábamos cercarlos- para arrojarles rodamientos con los mataelefantes. Eran éstos unos tirachinas que se vendí­an en los puestos de golosinas compuestos por una bocana de plástico rí­gido unida a una bolsa de goma como la de los globos pero muchí­simo más gruesa y resistente, los rodamientos por su parte eran canicas macizas de metal o cristal de los que puedes encontrar en muchas obras.

Como todos los cobardes intentaba hacerme el valiente, aceptaba el puesto de tirador. Y como todos los cobardes a la hora de la verdad me arrugaba, nunca usaba el mataelefantes, me daba pena hacerles daño a los descastados siervos del capitalismo opresor; mientras me deshací­a de la munición de canicas en cualquier alcantarilla, me decí­a a mi mismo que es justamente de cobardes atacar por la espalda a álguien que no te ha hecho nada. Bonita racionalización. Como era de esperar tarde o temprano serí­a descubierto. Ocurrió durante las fiestas de Bilbao, en uno de los ya tradicionales pifostios con las banderas del Ayuntamiento. Los camaradas abertzales nos habí­an situado al otro lado de la rí­a, en el barrio de Abando donde se montan la txornas. Estaba yo escaqueándome cuando me topé con un policí­a aislado y conmocionado, ocasión propicia para demostrar mi valor y compromiso con la causa. No se me ocurrió cosa mejor que ayudarle a recuperarse; claro, en cuanto el hombre me vió con mi pegatina de 'Presoak Kalera', me ordenó amenazante -"cúbrete la cabeza" y me tundió los lomos. En el fondo se portó bien, me dejó irme. Tras decirme -"Larga, laaarga... y que no te vuelva a ver", debí­ batir el récord de España de los cuatrocientos metros libres, lástima que no hubiera nadie para cronometralo.

Pero si hubo alguién que debió verme y ya de vuelta en Madrid, en asamblea extraordinaria, me montaron un juico por desafecto. Los cargos eran irrebatibles, pero al parecer la escenificación exigí­a que fuera yo el que me autoinculpara. Y en ese punto terminé de liarla: aturrullado y sin defensa posible empezé la alocución con un "Camarada Eloy Arenas...", un coro de risas contenidas y abiertas inundó el salón (que ya les vale también a los queridos camaradas, en vez de estar viendo pelí­culas de Tarkovsky y Passolini mientras ojean el Libro Rojo de Mao para repasarlo, hete acá que se tragaban los concursos de Chicho Ibáñez Serrador y las galas de José Luis Moreno). Por supuesto el camarada Arenas -cuyo verdadero nombre es Manuel Pérez Martí­nez- me dijó de todo menos comunista y me expulsó del PCE-(r).



Height (H8): La gran conspiración.

Fue en mi juventud, de la manera más inesperada, tomando cervezas en un bar con los compañeros de un cursillo de ofimática. Escuchaba sin mucha atención una disertación trufada de materialismo histórico-dialéctico: una maestrita cuarentona -ya sabeis, bajita con gafas de concha y peliteñida de rubio grisáceo- aseveraba que si en su portal, sito en la calle Vinateros Moratalaz, no se instalaba la antena colectiva era por culpa, fí­jate bien lo que te digo, de los americanos. Entonces me llegó la revelación.

Sólo fue un instante pero me parecieron minutos de ensimismamiento. En un búnker subterráneo un salón tenuemente iluminado muestra una gran mesa oval de frí­o metal, apenas se ven los extremos de la mesa. En un de ellos un general cubierto de condecoraciones está tratando de pinchar una banderita en un panel iluminado desde atrás por fluorescentes. Ocupa el fondo de la pared y más que un atlas parece un acerico. Celebra el enésimo triunfo yanqui contra el comunismo, en esta ocasión en la calle Vinateros, Moratalaz. De la emoción al sudoroso general le tiembla la papada, mira untuosa y servilmente al otro extremo del salón, al sillón donde se sienta el cuadragésimo presidente de los EE.UU., Ronald Reagan, que con mirada proterva y carcajada diabólica se frota las manos. Sólo años después reordenando estos recuerdos en mi cabeza, me di cuenta de que a su vez el presidente estadounidense (¡el cuadragésimo!) miraba de soslayo al gran espejo que cubrí­a parte de un lateral del salón, como si temiese algo, como un niño esperando aprobación.

Pero eso ya dije, sucedió años después. En ese instante, en el bar, impactado por la visión, apenas acerté a levantarme tambaleante y balbucear está preclara sentencia que grabaréis en vuestros corazones: "Jo'é, que cabdrones los ameddicanos".

(continuará...)

ENNAS

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Re: Argentí­nea / Forlorn
« Respuesta #3 en: Febrero 01, 2009, 10:00:57 p.m. »
El silencio

Algunas veces se me viene la casa encima. Paseo inquieto y azorado por sus habitaciones notando como el silencio cobra vida, el estruendoso silencio. Y es un silencio preñado de malignidad, que ennegrece mis pensamientos y me hunde el ánimo. Suelo encender la tv para hacerme la ilusión de oí­r conversaciones humanas.

- "No me apetece seguir discutiendo, Adri, por favor." Le supliqué dolido. Pasamos el resto de la cena concentrados en nuestros platos la una frente al otro; si levantaba la mirada, la bajaba al ver la mirada suya y viceversa.

Tras la cena ni siquiera encendimos la tele, ni nos sentamos juntos. íquel no parecí­a nuestro salón, ni áquella nuestra casa. Élla se sentó rí­gida en un sofá, yo permanecí­ de pie. Parecí­amos dos extraños en una sala de espera.

- "¿Quieres que lo dejemos?" Le dije.
- "Y tú?"
- "No..."
- "..."
- "... Pero para estar así­"

Es desasosegante el silencio en una casa cuando sois dos. Me hunde en la miseria que una mujer deje de dirigirme la palabra. No se que hacer en tales circunstancias. Ella se levantó a coger un cigarrillo. Ninguno de los dos habló mientras se lo fumaba. Lo hizo de una manera rápida y nerviosa, aplastó la colilla crispada. No pude más.

- "Adriana"
- "..."
- "Yo... yo...(suspiro desesperanzado)"
- "... (me mira fijamente)"
- "Me duele hacerte daño."

Se echó a llorar con rabia, se levantó y me acerqué a ella. Nos abrazamos. Es en esos momentos, al tener a una mujer llorando en tus brazos, cuando le prometes todo: que te buscarás un trabajo mejor, que dejarás de beber... el tiempo se encarga de mostrar tu mentira cruel. Aquella noche nada le dije, fuimos a nuestra dormitorio en silencio. Fue la última noche que nos acostamos juntos; lo hicimos sin hablar, despacito como si temiéramos dañarnos, buscando un consuelo que ya no podí­amos darnos.

Algunas veces se me viene la casa encima. Paseo inquieto y azorado por sus habitaciones notando como el silencio cobra vida, el estruendoso silencio. Y es un silencio preñado de malignidad, que ennegrece mis pensamientos y me hunde el ánimo. Suelo encender la tv para hacerme la ilusión de oí­r conversaciones humanas.



Height (H8): La gran conspiración.

(continuación)

De una lectura atenta de las obras de H.P. Lovecraft y H.G. Wells se infiere que no estamos solos en el Universo, ésa es la clave. Privilegio sólo al alcance de mentes abiertas a la revelación, alejadas del espí­ritu del rebaño propio del materialismo cientí­fico ateo y falaz. También se reí­an de Colón y Galileo. Me siento como un nuevo Da Vinci, como un nuevo Mozart, un adelantado a mi tiempo.

Porque ahora se la Verdad, no estamos solos en la Tierra: Los Morlocks y los Profundos siguen entre nosotros. ¿Cómo no va a ser así­ si hasta en la fábula "the Hitchicker's Guide to the Galaxy" se nos dice que los humanos sólo somos la tercera raza en inteligencia de este planeta? Y las dos primeras son una raza que cava madrigeras bajo tierra (¡los Morlocks!) y otra que vive bajo el agua y de vez en cuando emerge a superficie (¡los Profundos!). Es de una evidencia palmaria.

Largo tiempo ha que se dedican a secuestrar a nuestros niñitos para sacrificarlos en cruentos holocaustos sobre el altar del dios Moloch en la llanura de Armageddon. Pero llegado es el momento de descubrir su impostura pues hay más pruebas, pruebas obtenidas tras una ardua investigación desafiando a los poderes establecidos, fruto de mi heterodoxia que me lleva a alejarme de los caminos trillados y las fórmulas establecidas.

Mucho he sacrificado en el camino del Saber: el descrédito universitario, la pérdida de empleos temporales, vivir en casa de mis padres, ser virgen a perpetuidad... pero no me importa, las vanaglorias del vulgo nada significan para mi. Todo lo he sacrificado por el saber y ahora sé.

¿Creéis incautos que todo se reduce a Lovecraft y Wells? Esos eran el señuelo para las mentes más despiertas. El verdadero conocimiento está en ocho escritores (¡ocho!) que firman con una hache (¡hache!) en su nombre. Cómo no ver la relación entre el número y la octava letra del alfabeto, que coincide que es la hache. Cómo no darse cuenta de su parecido gráfico y fonético. Y si en inglés juntas la letra H a la palabra que designa el número ocho 'eight', te sale la palabra 'Height' ¡que significa altura! Todo cuadra.

Y ahora os mostraré a través de ocho preguntas nobles la verdadera conspiración que he descubierto con la sola fuerza de mi intelecto y la lista de escritores en inglés de la Wikipedia:


¿Por qué  la investigadora H.R. Ellis Davidson andaba tan interesada en las sagas nórdicas?

¿Por qué el poeta adicto al hachí­s Fitz H. Ludlow, ingresó en el Cí­rculo de Gotham? No es nada inocente que Washington Irving renombrara a la ciudad de Nueva York con el nombre de este pueblecito del Nottinghamshire, donde sus habitantes se fingieron locos para que los hombres del rey no puedieran construir una carretera a través de su pueblo. ¿Qué misteriosa arma supersecreta de la más avanzada tecnologí­a aliení­gena ocultan esos aparentemente inocentes paisanos?: ¿La espada de Arturo? ¿El arco de tejo de Robin Hood? No seamos ridí­culos, ha de ser la puerta interestelar que nos comunica con los Vogons.

¿Por qué la poetisa H.D. tení­a tanto interés en aproximarse desde un punto de vista feminista a la grecia presocrática?

Nada nos contó H. Rider Haggard en ‘Las minas del rey salomón’, su verdadera revelación surge de la saga ‘Ella’, la faraona inmortal Ayesha que vive oculta con su pueblo en las grutas del ífrica central donde está el fuego de la eterna juventud. ¿No es una muestra de tecnologí­a aliení­egena? ¿Dónde surgio la raza humana?

Por qué se interesa tanto David H. Roshental en la poesí­a catalana y portuguesa, qué claves encierran estos dos reinos que cobijaron a los templarios en sus ordenes de Montesa y Cristo, por qué surgieron alli tan exceletes cartografos y sabios como Jehuda Cresques o Raimon Llull ¿Quién descubrió América en realidad?

Por qué Jorge Luis Borges apreciaba al cuentista birmano H. H. Munro. Pero sobre todo, por qué la hermana de Munro se apresuro a quemar sus papeles una vez muerto. ¿Qué terribles secretos inaccesibles a la humanidad debí­an protegerse?

¿Y que lleva a un escritor de Bombay, de la India espiritual y misteriosa, como T. H. White a interesarse por la leyenda del Santo Grial?

Habré de recordaros que hace un siglo D. H. Lawrence nos advertí­a contra “los efectos deshumanizadores de la modernidad y la industrialización,abordando temas relacionados con la salud emocional, la vitalidad, la espontaneidad, la sexualidad humana y el instinto.”


Se que me expongo al contaros estos terribles secretos. Que mi vida está sentenciada. Seguramente en estos momentos una Horda de Hermosas Hembras Hambrientas de Holgorio surca los cielos en sus pteranodontes amaestrados para silenciarme. Pero tení­a que descubriros la Verdad, memos. Ojalá alguna de éllas se parezca a Alejandra Vidal Olmos.


ENNAS

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Re: Argentí­nea / Forlorn
« Respuesta #4 en: Febrero 24, 2009, 09:21:44 p.m. »
La palabra de seguridad es Stradivarius.

Bienvenido como cada lunes a la mazmorra del dolor. Ama Vida te someterá a su antojo como en cualquier otra sesión.

Nota tu cuerpo avejentado al sonar el despertador. Duda, mientras tu cerebro estando en plena ebullición no consigue transmitir las órdenes precisas y te quedas atorado frente al espejo del baño: "¿Lo abro para sacar la afeitadora? ¿Abro el grifo primero?" En la cocina lo mismo: hasta cinco minutos te puede llevar abrir el armario del café. Sal a la calle mal desayunado y nota como te arde el estómago mientras se retrasa el colectivo por el atasco de la hora punta. Llega al trabajo apurado y antes de diez minutos ya te tendrán agobiado, sudoroso, cargando cajas como una bestia en la furgoneta de reparto.

Y ve a surcar rí­os de áspero asfalto. Nota como te crispas por el motivo más infundado. Él que corre, porque corre; quién va despacio, por ir despacio; si te hacen una pirula, por habértela jugado; si se ponen a rebufo, porque te están estresando. ¿Cómo? ¿Qué no insultas, ni gritas, ni pitas, ni das farazos? ¡Muy bien, esclavo! Cuánto autocontrol. ¿Te sirve de algo? ¿No desearí­as vengarte? Veo como tu ira aumenta aunque no la externalices y por no exteriorizarla. Tus movimientos crispados, tu rostro rí­gido. Un dí­a reventarás, reprimido. Mientras tanto, siéntete culpable por haberte descentrado, sumérgete en el desolación viscosa y frí­a que deja en tu cuerpo haber deseado la desgracia ajena. No eres ni serás la buena persona que todos creen ver en tí­. Yo, Ama vida, lo se y se que éso es lo que te hunde en la miseria, por lo que te lo restregaré siempre que pueda.

"Estoy estragado, estragadito, estragadí­simo, stracciatella... Ha, ha; es broma. Lo que hace no para a comer."

¿Aún me desafí­as? Mal haces, la tarde no será mejor que el dí­a. A los nervios súmales el cansacio. Un casancio que más que fí­sico es moral. Tu estómago atenazado, tu cabeza como un bombo y esa sensación... esa horrible sensación de que para tí­ no habrá consuelo, ni esperanza, ni redención. Arrástrate desolado hasta tu casa, nota todos y cada uno de los achaques de un cuerpo prematuramente envejecido. De qué te vale ser amable y cordial con todos -mientras por dentro te llevan los demonios- si cuando llegas a vuelves a quedarte solo, a oscuras con tus oscuros pensamientos. ¿Cuánto hace que no rí­es, tú que siempres has sido algo payaso? ¿Cuánto hace que no sientes la plenitud, qué te encuentras débil y abotargado? Estás viejo y derrotado, de aquí­ al final de tus dí­as todo irá empeorando. Tú sólo te lo buscastes. No eres más que un fracasado.

"Estoy estragado, estragadito, estragadí­simo, Stradivarius"

¿Mañana a la misma hora?

Postpurrí­


Ty siemprge nejatifo

Hay una pequeña pelí­cula, "el circo invisible", que explica porque la estética es preferible a la ética. En su trama secundaria que transcurre durante la revolución del sesenta y ocho, ves pasar a Cameron Dí­az de ser una jovén alegre, vital y libre a suicidarse. ¿Qué ha pasado? Fácil, en su busca de la autenticidad, confunde madurez con seriedad, fanatismo con compromiso. Así­, se va a Europa porque en Estados Unidos la liberación solo es personal y sexual. Europa parece más comprometida polí­ticamente y ella se compromete pese al resquemor con que es recibida por ser una yanquee burguesa. Poco a poco los comprometidos se hacen más sectarios, más violentos, más suspicaces. Notas como el carácter de Cameron Dí­az se va agriando ante las constantes puyas de sus compañeros. Cuanto más trata de demostrar su militancia de izquierdas, más se asquea de si misma. Termina colaborando en uno de esos atentados de grupos terroristas de izquierdas tan habituales en la década de los setenta. Hay muertos. Éso termina de romperla del todo, ya no tiene nada, ni compromiso, ni autenticidad, ni lo que es peor para ella, alegrí­a. Pero lo peor está por llegar, pornto descubrirá que ni tan siquiera le queda la libertad y no por culpa de las fuerzas del orden capitalistas, sino por el odio de sus ex-compañeros hacia la renegada.


De mayor quiero ser como él

Pero esa situación funciona porque es Cameron Dí­az. A ser una linda blonda californiana simpatizas con ella, y te duele ver su ruina personal, como por entregarse generosamente a los demás y a la causa termina hundida y abandonada. Si fuera un tipo feo, no empatizarias tanto con el personaje.


Ty siemprge nejatifo

Puede, pero lo esencial es fijarse en que los sistemas nunca son buenos, deberí­an servirnos tan solo de marco -ni tan siquiera de referencia, digamos que simple papel pautado- para nuestras interpretaciones propias e individuales. Otro ejemplo meramente artí­stico : el soneto V de Garcilaso de la Vega (el español):

      Escrito’stá en mi alma vuestro gesto
y cuanto yo escribir de vos deseo:
vos sola lo escribistes; yo lo leo
tan solo que aun de vos me guardo en esto.

     En esto estoy y estaré siempre puesto,
que aunque no cabe en mí­ cuanto en vos veo,
de tanto bien lo que no entiendo creo,
tomando ya la fe por presupuesto.

     Yo no nací­ sino para quereros;
mi alma os ha cortado a su medida;
por hábito del alma misma os quiero;

     cuanto tengo confieso yo deberos;
por vos nací­, por vos tengo la vida,
por vos he de morir, y por vos muero

No nos conformemos con la árida y a menudo estéril crí­tica literaria. Incorporémoslo a nuestra vivencia y atrevámonos a cambiarlo a nuestro antojo



De mayor quiero ser como él

Así­ también juego yo. Adaptando las obras de otros... Pero, ea, lo intento. A ver si no lo estropeo mucho:

Escrito’stá en mi alma vuestro gesto
y cuanto yo escribir de vos deseo:
vos sola lo escribistes;
¿yo? Lo leo tan sólo. Yo lo leo,
tan solo...
que aun de vos me guardo en esto.

     En esto estoy y estaré siempre puesto,
presto
que aunque no cabe en mí­ cuanto en vos veo,
de tanto bien lo que no entiendo creo,
tomando ya la fe por presupuesto.


http://www.goear.com/listen.php?v=2077742


Ty siemprge nejatifo

Bueno, la música pase, pero el cantante deberí­a sostener la voz todo el verso al menos. El final deberí­a ser menos elegí­aco y más 'eglógioso' (si tal palabra existe). No es fustración sino alegrí­a lo que Garcilaso expresa.

Con todo está bien tu intento. Las cosas no son para guardarlas en una repisa, ni para divinizarlas y situarlas fuera de nuestra percepción, sino para usarlas para disfrute propio.



De mayor quiero ser como él

Si, creo que lo entiendo. Es como ese esquema que pusiste, ¡es una caracola marina!:



Lo que quiere decir el tipo es que el animal él que al crecer, va construyendo su caracola. El molusco sin su caracola muere, pero la caracola sin el animal no pasa de ser un objeto de adorno sin utilidad. Es una metáfora de nuestra inteligencia. Es eso, ¿no?
« Última modificación: Febrero 24, 2009, 09:42:16 p.m. por ENNAS »

Dolordebarriga

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Re: Argentí­nea / Forlorn
« Respuesta #5 en: Febrero 25, 2009, 01:37:49 p.m. »
Yo te leo con devoción y una sonrisa en los labios, así­ que, aunque sea por darle un poco de felicidad a un necio, deberí­as continuar esta absurda saga.

Tú, gracias;

Dolordebarriga
"Yo siempre documento lo que digo"

ENNAS

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Re: Argentí­nea / Forlorn
« Respuesta #6 en: Marzo 19, 2009, 11:53:41 a.m. »
Sueño recurrente

Estoy en las calles peatonales de un ciudad que debe ser vieja y del norte por sus casas porticadas pegadas unas a otras con puntales vigas y ventanas de madera. Estoy con mis amigos de la adolescencia, esos que no he vuelto a ver desde que dejé el instituto. En una plazoleta hace chaflán del que parten dos callejas un edificio ocre dorado. Entramos en él.

Un gigantesco vestí­bulo de lí­mites imprecisos, ilumunado por una mezcla de luz solar y fluorescentes, no consigo ver su elevado techo, apenas mobiliario, personas aisladas yendo y viniendo, ¿la sala de espera de un aeréopuerto?. Un diminuto ascensor y una advertencia de mis amigos: -"No pares en la tercera planta".

El ascensor es un cuadrado diminuto, apenas entramos cuatro personas, oprimimos los cinco botones, el edificio tiene cuatro plantas, el botón de la tercera no se enciende. Cada vez que el ascensor se detiene, las luces de los botones se apagan, hay que volver a pulsarlos, en ninguna ocasión funciona el de la tercera. La gente del ascensor va cambiando sin que yo me de cuenta, mis amigos ya no están conmigo, a veces bajo en alguna de las plantas, amplios espacios de paredes blancas iluminadas por fluorescentes, pero me vuelvo al ascensor enseguida. Hasta que el ascensor para en una planta enmoquetada en ocre dorado, con plantas de interior y un logotipo en plata dorada del tercer canal de televisión. Es un espacio recogido, pequeño y perturbador. Vuelvo a oí­r la advertencia -"No bajes en la tercera planta". Ninguna luz parpadea en el tablero del ascensor.Inquieto y desasosegado bajo.

Estoy en un loft de techo alto, paredes blancas pintadas al gotelé. Bajo tres escalones de oscuro parquet hacia el salón. Muebles de caoba y sofás de skay negro. Allí­ no hay nadie salvo un árbol en una maceta. Veo una máquina recreativa que semeja una cabina de pilotaje. Me subo al óvalo y me acomodo en el asiento.

Inmediatamente en la pantalla aparece alguien disfrazado de chino mandarí­n: coleta, uñas largas, bigotillo cuyas guí­as caen hasta el pecho, y una túnica roja con motivos bordados en oro los colores de la bandera china. Me plantea un juego de preguntas casi una encuesta. Yo sólo respondo si o no. No me cuesta trabajo advertir que muchas de las preguntas están relacionadas con sistemas de pensamiento orientales, budismo y confucianismo, el zen y Lao-Tsé. Intento agradar a la máquina contestándole lo que creo que el chino quiere oí­r. Pero poco a poco voy empatizando con las respuestas que doy, me voy empapando en esos valores como si fueran el agua templada de una bañera, me siento flotar y siento la plenitud en mi interior. En ese lí­quido amniótico en el que floto, alcanzo a escuchar la pregunta: -"¿Evitarí­as el asesinato de otra persona?"

Toda la entrevista ha sido una afirmación de la vida, empecé por aburrimiento, contesté por cortesí­a, seguí­ por convencimiento y al llegar a esta pregunta todo es divertimiento. -"¿Evitarí­as el asesinato de otra persona?" -"Si", contesto sin pensármelo mucho. El lí­quido tibio que me rodea, pasa a ser metálico y frí­o como el mercurio y me golpea. De repente estoy cayendo al vací­o en un espacio negro. Durante la caí­da me doy cuenta de que he fallado en la respuesta. He sido expulsado. Y me encuentro de nuevo en la plazoleta con mis amigos del instituto. Avergonzado, huyo.

Subo manejando un auto por una sinuosa carretera en obras en un monte roturado y torturado por nuestros engendros mecánicos. Voy demasiado deprisa, como toda la fila de coches. Una curva de ciento ochenta grados me saca a un paseo marí­timo. A la derecha un palacio fortaleza con inmensas escalinatas, a la izquierda un mar calmo como el mediterráneo. Amplias calzadas donde se encienden las primeras farolas de luz de gas, blanca, amarrillenta, verde y azulada. Voy conduciendo solo por la amplia avenida y veo a una compañera de trabajo corriendo por la acera. Nunca es la misma compañera de trabajo, pero es que yo trabajo rodeado de mujeres, un pequeño prí­ncipe. Me ofrezco a llevarla, ella me lo agradece mientras se desviste, pero me dice que no me preocupe, que está esperando a su marido (o novio). Tras quitarse la ropa de calle, ha quedado con un microvestido llamativo que debí­a tener puesto por debajo. Me extraña. A poco de seguir, cuando aún la distingo por el retrovisor derecho, caigo en la cuenta de que su marido (o novio) no se llama Fernando.

Me despierto con resaca.


Acróstico para un acrónimo

Ellas han sido sin duda
las mujeres a las que he amado,
el gozo de la vez primera
nunca mejor revelado
a fuer de risas y caricias.

No pensaba encontrar en Irlanda
otra mujer que me amara;
recién en el mismo viaje
me encontré lo que no esperaba
a un nuevo amor 'eterno', allá en la isla esmeralda.

Numinosa Barcelona, la de las mil maravillas,
ojeando por tus bares, di con una mujer bendita,
encantadora y encantada;
la amé con todas mis fuerzas, pero la crisis malvada
interrumpió nuestro idilio de manera descarnada;
apesadumbrado volví­ a la capital de España.

Abandonado y hundido, cuando menos lo merecí­a,
de nuevo la vida me sorpendió
rescatándome para el amor;
imaginad una antigua estrella de los tiempos del destape
adorando a un fracasado como yo;
no supe estar a su altura, la ruptura nos llegó;
a mi mismo me dijé entonces, "no eres apto para ésto".

Sin embargo una vez postrera
inflamó mi corazón una mujer;
la conocí­ en el trabajo, mi compañera
venida de Argentina tras la quiebra,
adorable me parecia su presencia
no quise forzarla a nada
ahora lamento su ausencia.

ENNAS

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Re: Argentí­nea / Forlorn
« Respuesta #7 en: Marzo 30, 2009, 12:12:53 a.m. »
Antes de que pierda la cabeza.

Nuestra inteligencia ni siquiera la podemos considerar nuestra. Las ideas nos advienen como pródigo rí­o caudaloso que cae en formidable cascada lamiendo los bordes del farallón en el que está edificada nuestra conciencia. Es este islote en el borde mismo de la inmensidad de la cascada nuestro verdadero dominio. En el edificamos recogiendo los restos cercanos que vagan al al deriva arrastrados por el tumultuoso caudal. Advertimos con la melancólica nostalgia del que pierde lo que nunca ha tenido el vuelo libre de la cascada, su estruendoso bramido, sus irisados colores, sus gotas que desafiando toda lógica se elevan en el aire y flotan hasta empaparnos. Admiramos su potencia y lamentamos la pérdida de tamaño bien, que cae en la nada con la misma inevitabilidad con que llegó.

Somos el castellán que guarda la fortaleza. Fortaleza de conocimientos que nos ampara y es a la vez molino que recoge las aguas del rio y turbina que las propulsa hacia el exterior. Guardémonos del negro pájaro-reptil que surgiendo de las aguas con su estremecedor chillido llega a silenciar la caida del agua, con el ácido calor que desprende sofoca y ahoga nuestra entereza. Vuelve a desaparecer entre las aguas sin conquistar su objetivo, pero nunca descansa, siempre vuelve con la malévola intención de perdernos para siempre. Ese pájaro-reptil es la ira que ennegrece y amarga, que crece dí­a a dí­a hasta domeñar nuestra voluntad y acibarar nuestra existencia.

De nada sirve la legión que hemos formado en defensa del molino. Como todo ejército estabulado muestran con sordina desprecio por su capitán, en nada ayudan frente al ataque de la criatura, antes bien sus sarcasmos socarrones se unen a los temibles rugidos de la bestia. Impotente contemplas como los que creaste para tu auxilio se muestran renuentes con el enemigo, conniventes incluso con él. Como todos los soldados que en el mundo son y han sido, la legí­ón del "y-si-hubiera" solo es temible para con aquellos que la sostienen, mucho más que para con nuestras amenazas, reales o ficticias.

En ese abismo sinfí­n estamos, al frente de tropas levantiscas, frente a un rival formidable. Intentando levantar y sostener un edificio útil para el resto. Condenados a ser derrotados, a trabajar sin esperanza de recompensa. Y sin embargo...

Es mejor pasar el trance ayudando a otros castillos de guardia. Rehuye el autismo de que hací­as gala en tu juventud: -"Yo contra el resto del mundo (y os doy cinco goles de ventaja)". Aborrece al adulto que con estúpida suficiencia se dice -"Negocio con la realidad". Haz de este moto tu blasón y emblema: Yo soy uno con el mundo.

El gaucho y el cowboy.

Es factible ponderar como los europeos trasladamos nuestras obsesiones e ideas preconcebidas al Nuevo Mundo. Ver como el mito de las amazonas se adueñó de las praderas del medio oeste, donde tribus de jinetes medio desnudos, pintarrajeados y chillones atacaban nuestros pertrechos desde la distancia, sin atreverse a pelear como hombres, ni siquiera cerraban el puño para golpear, daban manotazos como las chicas.

Surge como contrapartida el Hércules de la historia, el valiente pistolero, el bueno, el que desafí­a ora a las amazonas, ora al gigante que acapara las tierras y ahoga a los humanos, ora a la cuadrilla de bestias que se adueña de los bienes ajenos. El héroe civilizador, que en su brutal libertad precede a la ley y el orden, que él no reconoce ni respeta, para beneficio de las buenas gentes. Libertad si... pero para ponerse al servicio del bien.

No ocurre así­ en Argentina donde el gaucho es libre por sobre todas las cosas, a nada y a nadie respeta. Vive violentando todas las normas. A nada se atiene salvo a sus efí­meras pulsiones.

¿Es posible que los mitos nacionales construyan nuestra identidad? A dí­a de hoy ni los estadounidenses urbanitas se reconocerí­an en un cowboy, ni los porteños en un 'cabecita negra', pero los norteamericanos tras su soflamas de libertad defienden la ley y el orden y los sudamericanos con hispánico amor propio se jactan de salir adelante en la vida a costa de lo que sea.

ENNAS

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Re: Argentí­nea / Forlorn
« Respuesta #8 en: Abril 25, 2009, 01:36:03 a.m. »
Ditirambos al amor perdido.

Hice todo lo que pude y no pude hacer nada
Porque
No hay peor tonto que el que va de listo
Y
No hay mayor mentiroso que el que se engaña a si mismo
Ya que
La bondad engendra rencor
Pues
Los fuertes defienden a lo que quieren, los débiles lo desprecian
dado que
La cultura embrutece
Y
La filosofí­a se aprende pero no se enseña
En suma
la vida es para vivirla no para leerla


¿Patria de quién?

La Ciudad Encantada de la Patagonia.

Relación de la expedición que partir ha de Nuestra Señora de los Buenos Aires en busca de Elelí­n, la Ciudad de los Césares, en el año de gracia de Nuestro Señor de MLCIV.

Durante muchos años hubimos noticias de la existencia de un fabuloso reino al sur de los dominios de Su Majestad Católica. Fue en tiempos de la Adelantada doña Mencia Calderón cuando se tuvieron las primeras noticias ciertas de la existencia de aquesta ciudad de Elelí­n por testimonio de cristianos viejos que decí­an haber sido acogidos por los naturales de la Ciudad de los Césares. Desde entonces, en el plazo de dos generaciones, más españoles cuya suerte se creí­a perdida, supervivientes de distintas expediciones enviadas al sur del Rí­o de la Plata a construir fuertes que vigilaran las costas de los ataques de los corsarios ingleses que tan gran daño hacen a nuestros reinos, han llegado hasta nuestra Gobernación relatando los mismos hechos.

De la pesquisición hecha entre tantos testimonios de tan distinta procedencia se colige que la dicha Ciudad Encantada hállase en el interior de un lago en una í­nsula unida a tierra firme por un brazo. Es ciudad de planta cuadrada como es propio de cristianos, construida en sólidas piedras techadas de teja y forradas sus paredes con oro y plata, metales que también utilizan para construir aperos y enseres tal es la abundancia que tienen de ellos. Sus gentes son blancas de piel y rubias de ojos claros y no padecen enfermedad alguna ni envejecen, algunos dicen que son los propios fundadores de la ciudad pues serí­an inmortales, pero yo a esto no doy crédito.

La Ciudad Encantada está protegida por un sortilegio que la hace invisible a los viajeros y merodeadores y que parecerí­a cosa de nigromancia sino fuera porque solo al atardecer del Viernes Santo se hacen visibles sus cúpulas de oro, lo que parece indicar que nos hallamos ante gentes que siguen la recta fe cristiana. Otra defensa tiene que causa maravilla y espanto pues todo el lago está rodeado de un a modo de hielo que quema, deja la piel lí­vida y tumefacta entre grande sensación de calor como si les hubieren aplicado tizones y al cabo de dí­as se pierde el uso de la zona quemada, generalmente brazos y piernas y también el rostro, cosa de lo que doy fe pues yo mismo he visto algunos supervivientes con muñones ennegrecidos y quebradizos como el carbón de leña.

Por todo ello nuestro Gobernador, Don Hernandarias de Saavedra pacificada la villa de contrabandistas, y dejándola fortificada frente a los corsarios ha decidido incursionarse hacia el meridiano llevando recuas y yuntas de pertrechos y utillerí­a, asi como fuerte presencia de arcabucerí­a por temor de los mapuches y patagones que celosos de su independencia y belicosos en grado sumo, tan gran quebranto causan en los fuertes meridionales de la Gobernación. Es propósito del Gobernador Hernandarias, requerirlos bien de grado o por la fuerza a someterse al Rey Nuestro Señor Felipe II, así­ como trabar contacto con los naturales de la Ciudad Encantada, por proveer la posibilidad de hacer buen comercio y asegurarse de la rectitud de su fe católica...

Temporada de lluvias.

El señor Mortimer estaba de un pésimo humor cuando descabalgó frente a la hacienda de su suegro.
-¿Mal dí­a hoy? –intuyó el anciano.
- La gauchada- masculló Mortimer- tan pronto serviles como ladrones. Para lo único que valen es para cabalgar.
-Bueno –dijo el suegro conciliador- También sirven para emborracharse y propiciar pendencias en las tabernas.
Mortimer rió de buena gana. Mientras el viejo cebaba el mate le contó: -Se están produciendo una serie de robos en las haciendas y estancias de las cercaní­as de Trelew, siempre pequeñas cosas, nada importante, pero no cejan y cada dí­a es mayor su audacia. Seguro que es obra de una partida de gauchos.
-Mirá, no hace ni unos años te hubiera dicho lo mismo, pero ¿sentiste hablar de Ryan y Place?
-No, ¿quién son?
-Unos gringos que se asentaron no lejos de acá, en el Valle Cholila, pero no galeses como la mayorí­a de nosotros, sino estadounidenses. Ryan era soltero, Place casado, pero se establecieron juntos en una hacienda criaban animales, cultivaban… la verdad no se les veí­a muy duchos, pero nunca les faltaba el dinero, eran hospitalarios y muy queridos por sus vecinos. Recibieron la visita del gobernador y eran í­ntimos del alguacil Humphreys, que al parecer estaba secretamente enamoriscado de la señora Place… Pues bien, empezaron a sucederse por aquella época una serie de asaltos a trenes y banco todo a lo largo del Rí­o Gallegos, sin que nadie sospechara quién eran los autores. ¿Me seguí­s?
-Aha. –respondió Mortimer mientras apilaba ramitas para encender una fogata.
-Bueno, pues ahora viene lo mejor. A la Capital, a Buenos Aires llegaron hombres de la agencia de detectives Pinkerton siguiendo el rastro de dos bandidos estadounidenses: Butch Cassidy y The Sundance Kid…
-No me digas que Ryan y Place…-se sorprendió Mortimer.
-Exacto –corroboró su suegro.
-¿Y qué ocurrió entonces?
-Avisaron al gobernador Lezana, que dicto orden al alguacil Humphreys. Justo entonces empezó a llover. ¿Te acuerdas de la gran inundación?
-¡Cómo no iba a acordarme! Llovió como nunca ha llovido, los rí­os se desbordaron, los campos se anegaron, los animales no tuvieron que comer y reventaron de tanto buscar comida entre las aguas. Llovió no de modo furioso y masculino, que todo lo azota y arrasa, pero tampoco era una lluvia femenina suave como una caricia y que empapa hasta la médula. No, era una cortina de agua durante dí­as y noches, durante semanas, era algo completamente inhumano, inmisericorde, lóbrego y descorazonador. No habí­a más paisaje que lluvia ni tierra sobre las aguas.
-Justo. Así­ fue –convino el anciano – eso justamente fue lo que retuvo a los hombres de Pinkerton y dio tiempo a los forajidos. ¿Se acuerda que le dije ya que Humphreys estaba enamorado de la señora Place? El alguacil les puso sobre aviso de que los hombres de Pinkerton vení­an en su busca y ellos emprendieron la huida a Bariloche.
-Es buena historia –se sonrió Mortimer – pero ¿por qué me la cuenta?
-¿Y quién sabe?. Pero como ve, no son solo los gauchos los que roban.

Bajo el sangriento sol de Avellaneda.

Arriba los pobres del mundo en pie los esclavos sin pan.
Al puerto de La Boca llegaban buques que descargaban a diario el principal artí­culo de importación de la Argentina: Seres humanos. Venidos de las orillas del mar antiguo, tení­an el color y la  textura del adobe de sus yermos. Silenciosos y desconcertados, los más por no saber el idioma, pero incluso a los españoles se les distinguí­a por su parquedad de habla y sus modales corteses. Esto bastó para cumplimentar el tópico, considerábamos que los españoles eran orgullosos,  pero un trato más directo te permití­a ver que, como los demás mediterráneos, parecí­an cargar consigo el peso de su historia varias veces milenaria. Te miraban con una mezcla de asombro y bondad, como si un ermitaño que hubiera pasado toda su vida en solitario se topara de repente con un grupo de niños alborotando. ¿Cómo nos iban a considerar un paí­s? Para éllos éramos una ficción: el Nuevo Mundo, la tierra de las oportunidades. ¿Cómo no iban a creer en las utopí­as del proletariado? Si la misma Buenos Aires era muestra evidente de la internacionalidad.

El dí­a que el triunfo alcancemos ni pobres ni esclavos habrá.
Ya me gustarí­a a mi saber quién fue el maestro del humor negro que escribió esta estrofa. En aquel tiempo Avellaneda era un poblacho de factorí­as  y galpones bajo el mando del caudillo Alberto Barceló y sus secuaces y matones. Recurrí­a a cualquier método, mejor dicho recurrí­a a la violencia, para modernizar sus dominios. El presidente Yrigoyen lo detestaba, pues Barceló era un conserva, eso sí­ un conserva peculiar, regentaba todos los garitos, prostí­bulos y cabarets de Avellaneda, esos que tanto frecuentaba Carlitos Gardel, con quién Barceló se hacia fotos; Gardel que tras el golpe de estado de 1930 se apresuró a grabar el tango ‘¡Viva la Patria!’ exaltando al dictador Uriburu. Esa patria es la que nos quieren vender los patronos, la de Borges y Gardel, a falta de ética, estética. Pero hay otra patria…

Agrupémonos todos en la lucha final.
La patria de Severino di Giovanni, que vino de Italia huyendo del fascismo, lindo como un actor de cine y valiente como el protagonista de muchas pelí­culas, se distinguió por sus bombas contra la embajada estadounidense y el centro social italiano en una reunión de fascistas, participó en varios robos, algunos dicen que colaboró con la banda de los españoles Durruti y Ascaso pero es mentira. Sus propios compañeros anarquistas le recriminaban por su violencia. No deja de ser trágico e irónico que justo cuando el capitalismo se hundí­a tras el crack del 29, el sueño anarquista terminara en la Argentina. La dictadura de 1930 se cebó con ellos, algunos huimos  a España y aún vivirí­amos un postrer rayo de esperanza pero los más fueron fusilados, como Di Giovanni, o presos.

Y se alzan los pueblos con valor por La Internacional.
¿Qué queda ahora de todo aquello? Todos recuerdan al prócer Barceló como el hombre que modernizó Avellaneda, nadie pregunta cómo lo hizo. Sin embargo recuerdan a Di Giovanni sólo por sus crí­menes. Nadie contará que el dí­a más feliz de su vida fue aquél en el que pudo abrir su propia imprenta. Los pocos que quedamos de aquella lucha, que vivimos la Semana Trágica en el 19 y la Patagonia Rebelde en el 21, somos ya demasiado viejos y vencidos. Nada salió como esperábamos. Ni en Argentina, ni en España. Hoy sólo nos queda que nos llegue el olvido, que dejemos de ser el espantajo que agita el peronismo bienpensante como execrable modelo de conducta antisocial.

Héroes de las Malvinas.

Aldo Baronchelli cayó en la colina Hermanas Gemelas, con la cara destrozada por una bala trazadora inglesa la noche que empezó el asalto a los cerros que rodeaban Puerto Argentino. Nos batí­amos en retirada. Hasta cierto punto fue afortunado. ¿Y que tiene de afortunado que te maten en una guerra estúpida?

Era voluntario, buzo táctico asignado al submarino ARA Santa Fe, fue uno de los que participó en la toma del Faro San Felipe lo que supuso el inicio de la guerra. Vivió lo mejor de estos tres meses de mierda: la izada de bandera en Puerto Argentino el 3 de abril. Fue lo mas lindo de todo aquello ¿sabe?

Yo no lo vi; era conscripto de la Compañí­a C del 25º Regimiento, no nos desembarcaron en Darwin cerca del aeródromo hasta el dí­a siguiente. El 3 de abril aún estábamos en alta mar en el ARA Isla de los Estados. Recordará como fue aquello. No, ¿no se acuerda?

Pues verá, le cuento. Dábamos por hecho desde el principio que los ingleses se desentenderí­an de la isla Gran Malvina y centrarí­an sus operaciones en donde estábamos nosotros, en Isla Soledad. ¡Pero entraron por el norte del estrecho de San Carlos entre ambas islas y desembarcaron allá para nuestra sorpresa! ¿Se da cuenta?

No atacaron inmediatamente Puerto Argentino como esperábamos, sino que se fueron a la otra punta de la isla por donde aparentemente iban a estar rodeados por nuestras fuerzas en las dos grandes islas para cogernos desprevenidos. Allá en el desembarco de Puerto San Carlos también habí­a soldados de mi regimiento que tuvieron que replegarse a nuestra posición. ¿A que no adivina que pasó luego?

Fuera por decisión táctica previa o por efecto del combate, al perseguir a las tropas del 25º Regimiento fueron a parar a nuestra posición en el sur y atacaron el aeródromo de la Pradera del Ganso. Fue la peor batalla de la guerra y a mí­ me pilló en medio. Pero otro dí­a le cuento ¿si?

Le querí­a explicar por qué Baronchelli fue afortunado. No tuvo que volver a tierra firme. No tuvo que ver contemplar nuestra derrota. Ni tuvo que ver como a la vuelta la gente aprovechaba las manifestaciones patrióticas para pedir el fin de la dictadura. ¡Ojo! Yo no digo que fueran buenos, que no torturaran, pero fí­jese que ante la posibilidad de mantener el orden a costa de un genocidio de miles y miles de gentes y renunciar al cargo para que llegara la democracia eligieron lo segundo. ¿Entiende ahora por qué estamos acá?

Porque somos argentinos, tan argentinos como ustedes, estamos hartos de que nos miren con odio y desconfianza, hartos de juicios. Qué paguen los culpables, si; pero no todos somos culpables. Por eso esta asonada en el cuartel . No queremos mandar nosotros, ni queremos volver a la dictadura. Sólo pedimos un poco de respeto. Es por dignidad. ¿Acaso pedimos tanto?

ENNAS

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Re: Argentí­nea / Forlorn
« Respuesta #9 en: Junio 29, 2009, 09:46:11 p.m. »
Cartas.

En Requena, a 21 de junio del 2009

Querida Silvana:

Me he puesto en camino hacia Valencia, donde pasaré una semana, y he hecho mi primera parada acá para comer. Decidí­ aprovechar las horas de la siesta para escribir sobre la jornada, como cuando en el colegio nos mandaban una redacción sobre nuestras vacaciones, así­ pues esta es la primera entrega.

Requena tiene un casco viejo amurallado bastante abandonado y plagadito de cuevas que debieron utilizarse como bodegas ya que es tierra de vinos. Cuentan con una gran avenida donde están muchos de sus restaurantes, si bien yo comí­ en el mesón La fortaleza, arroz a banda con ali-oli concretamente.

Es un plato parecido a la paella, pero sin ser tan caldoso ni tener tan marcado el sabor de los tropezones del acompañamiento –si carnes y verdura, verdura; si pescados y mariscos, pescados- en sí­ es más arroz que otra cosa con poco acompañamiento: patata asada, sepia (un pariente pequeño del calamar), gambas… El all-i-oli como su nombre indica es una salsa hecha con ajos machacados y aceite bastante difí­cil de preparar pese a lo que pudiera parecer, de hecho mucha gente prefiere preparar mayonesa que es más fácil de conseguir.

Te paso las dos recetas por si un dí­a quieres hacer experimentos.

Arroz a banda: http://www.sabormediterraneo.com/cocina/receta_arrozabanda.htm
Para microondas: http://www.afuegolento.com/recetas/micro/2835/arroz-a-banda-con-alioli/

Alioli: http://www.directoalpaladar.com/curso-de-cocina/como-hacer-all-i-oli-o-alioli

Según me cuentan, en este pueblo murió mi bisabuela en invierno del 38 huyendo de Madrid y de la guerra. Debí­a hacer frí­o porque su muerte fue de lo más prosaica, se intoxicó por el monóxido de carbono de un brasero, su hijo que huí­a con ella se salvó por poco. Ya ves, cuando creí­an haberse librado del peligro, pues has de saber que Valencia fue lo último en rendirse.

Besos y abrazos,

Jose.

En Valencia, a 22 de junio del 2009
Querida Silvana:

Estoy en unos aparta-hoteles los Plaza Picasso, cerca del puente del Campanar en el viejo cauce del Turia, los escogí­ por ser baratos, 25 € (133,66 pesos) la noche.

Voy a bautizar a la dos veces leal ciudad de Valencia como la capital de los eslavones dada la cantidad de ellos que hay por aquí­ hablando en su bárbara lengua trufada de sonidos silbantes, algo así­ como ‘doboye utro ctos toboi izvini pokah utenia liubyama tiochen krasivaia zelayu pryatno provesti bremia’ o cosa por el estilo.

Acá los antenistas se ganan bien el sueldo, desde mi apartamento veo antenas del mismo tamaño que los edificios, unos quince a veinte metros, muchas ni siquiera son colectivas. Por cierto, en la tele de mi aparta-hotel no se cogen ni la Cuatroº ni la Sexta, ni forma de sintonizarlas; bonito detalle, luego la gestapo mediática hablará de monopolio informativo.

Me pasé la mañana en el Oceanográfico de la Ciudad de las Artes y las Ciencias, es muy lindo pero salvo que te ensimismes viendo peces, en una mañana se ve. Me salí­ fuera a comer porque como ocurre en estas atracciones los restaurantes de su interior son muy caros para la comida que ofrecen. Para comer de rancho mejor me voy al Restaurante Don Pelayo, tras el Palacio de Justicia, donde por 9€ (48,12 pesos) tienes menú del dí­a variado y bastante bueno, mejor los primeros platos y los postres que los segundos.

Te paso un conversor de monedas: http://www.euribor.com.es/conversor-divisas/?gclid=CMmtr9_QrJsCFZ4A4wodlwP7-w

Besos y abrazos,

Jose.

En Valencia, a 23 de junio del 2009
Querida Silvana:

Estuve la tarde deambulando por el casco viejo entre las dos fortificaciones de las Torres del Quart y la Torre de los Serranos. No está tan cuidado como el Barrio Gótico de Barcelona, pero es más antiguo que el Madrid de los Austria, no en balde el Siglo XV –el quattrocento- fue la mejor época de Valencia, cuando desplazó a Barcelona como el gran puerto de la corona de Aragón.

Se nota especialmente en sus edificios ilustres, empero estar calificados como góticos, tienen muchas influencias del Renacimiento italiano y por esa mezcla son lindí­simos mucho más alegres y vivaces que el gótico afrancesado de la Meseta. A todo esto, en la Plaza de los Fueros, junto a la Torre de los Serranos, me encontré un local donde serví­an choripán con chimichurri y otras comidas rápidas llamado La Boca.

Hoy estuve en el Museo de Ciencias, el edificio más viejo del complejo de la Ciudad de las Artes y las Ciencias. Es precioso. Quitando la planta baja donde solo tiene una computadora  IBM de los años cincuenta que ocupa lo que un armario de tres cuerpos.

Ya en la primera planta me ha gustado particularmente el péndulo de Foucault de 34 metros de cuerda. Como sabrás sirvió para probar empí­ricamente la rotación de la Tierra y por extensión la teorí­a heliocéntrica de Galileo. Pero su gran maravilla es un efecto más mental que óptico. Tienes que pensar que es el péndulo lo que está fijo y no se mueve y que eres tú con todo lo que te rodea, con el planeta entero, quién avanza bamboleándose como esas atracciones de suelos movedizos, todos rotáis alrededor del péndulo.

Dos exposiciones en esa primera planta: una sobre la historia de los estudios ecológicos en España en los últimos ciento cincuenta años y otra el Explanarium sobre trucos de óptica, las demás no me llamaron tanto la atención.

Toda la segunda planta dedicada a la vida y estudios de los dos premios Nóbel españoles, Ramón y Cajal por sus experimentos sobre las neuronas y Severo Ochoa por sus estudios sobre el ARN, así­ como del Nóbel francés afincado en España Jean Dausset, que ha legado sus estudios al Museo.  No le conocí­a, pero me han resultado interesantes sus estudios de inmunologí­a y sus trabajos para descifrar el genoma humano. Por todo ello, te cuelgo su enlace en la Wiki: http://es.wikipedia.org/wiki/Jean_Dausset y la noticia de su reciente fallecimiento el pasado dí­a nueve: http://www.elpais.com/articulo/sociedad/Muere/Jean/Dausset/Nobel/Medicina/1980/elpepusoc/20090606elpepusoc_1/Tes.

En la tercera planta estaban montando una exposición sobre la estación espacial que no pude ver. Tení­an otra sobre la visión cientí­fica de las drogas en la que lo único que aprendí­ es su lí­nea de tiempo histórica, que muestra que si se prohí­be un producto por pernicioso la gente se pasa a otro aún más dañino, una ‘carrera armamentí­stica’ que muestra lo estúpido de la represión como forma organizativa de las sociedades humanas y sobre todo como método contraproducente para atajar la drogadicción: lo vamos a seguir haciendo, pero con algo mas perjudicial y más caro.

Pero la más hermosa, aquella en la que te puedes tirar horas es el bosque de cromosomas: 23 stands, en los que uno a uno te van explicando las propiedades asociadas a nuestros veintitrés pares.

Es muy, muy lindo el Museo, da para estarse allá todo el dí­a y al contrario que en el Oceanográfico no te ponen impedimento para salir y volver a entrar (me fui a comer al restaurante susodicho). Intenta mirártelo en una visita virtual http://www.cac.es/museo/, pero sobre todo no olvides lo del péndulo de Foucault. Si tenéis uno en Buenos Aires probadlo (no vale sostener una cadena con un corazoncito delante de los ojos), si lo consigues imaginar es algo impresionante sentir de esa manera al planeta, unirte así­ la inmensidad.

Besos y abrazos,

Jose.

En Xátiva, a 24 de junio del 2009

Querida Silvana:

Hoy es el solsticio de verano (vulgo San Juan) por lo que esta noche se celebró la nit del foc. Me acerqué a la playa de la Malva-rosa pero no pude ni aproximarme a la arena tal era el gentí­o acumulado. Puede que fuera la indefinición de la semioscuridad o el gigantesco espacio descubierto que son las playas de Valencia, pero nunca habí­a visto tantí­simas personas juntas, ni siquiera en la manifestación por los atentados del 11-M.

De algún grupo me invitaron a probar agua de Valencia, que no es la del grifo –ésa sólo la usé para ducharme- sino este cóctel cuya receta te paso porque está muy rico: http://www.mis-recetas.org/recetas/show/984-receta-de-agua-de-valencia.


La Malva-rosa ya la habí­a visto por la tarde, extensí­sima explanada de arena pues las mareas del Mediterráneo son tan exiguas como sus olas que rompen apenas a dos metros de la orilla, al menos para los acostumbrados a los embates del Cantábrico (Atlántico norte), playas tanto más hermosas –a fuer de ser sincero creo que son varias playas, pero yo no las distingo- cuanto que en Valencia se han recatado de construir moles de ladrillo y cemento en primera lí­nea. Vi también su puerto deportivo que conserva los amarraderos de los veleros que participaron en la Copa América, aunque a mí­ me gustaron más las atarazanas que allá se llaman Tinglados, unos preciosos edificios modernistas que sirven de almacenes al puerto. Su lonja por el contrario es pequeñí­sima, señal de que no son puerto pesquero. No obstante atracan ferries de entre tres y cinco cubiertas, auténticas ciudades flotantes, la mayorí­a de los que vi de bandera portuguesa.

Esta mañana decidí­ hacer la ruta de los Borgia, familia de nobles de ascendencia aragonesa que consiguieron la celebridad al dar al mundo dos de los tres Papas españoles de la historia, Calixto III y el malfamado Alejandro VI. Por eso estoy acá, en su ciudad natal y la tarde la pasaré en Gandia, la ciudad que compraron.

Xátiva es calurosí­sima, por suerte las gentes de Valencia inventaron dos refrescos dulces de los que me estoy hinchando: el granizado de limón y la horchata, granizada por supuesto. A los setabenses se les conoce también como ‘los socarrats’ (algo así­ como ‘los requemados’) porque en la Guerra de Sucesión el futuro monarca Felipe V hizo quemar la ciudad, en recuerdo de ello el Ayuntamiento expone un cuadro del primer rey de los Borbones colgado boca abajo, cosa que espero no llegue a oí­dos de la gestapo de Madrid.

Lo más destacable de la ciudad es el castillo de Jaime I, Jaume el Conqueridor para los locales, al que te sube el trenet turí­stico en veinticinco minutos para que te pases allá una hora bajo la solanera y te sientas (y termines) como un socarrat más. No, ya en serio, un emplazamiento impresionante en una serraní­a.

Si bien en la iglesia conservan cuadros de Pinturicchio –donados seguramente por el Papa Borgia- nada tienen de José de Ribera ‘il Spagnoletto’ que nació acá. No diré que fue el mejor pintor del mundo, ni el más original, pero ojo a este cuadro que narra un suceso real ocurrido en Nápoles, un duelo en que se batieron dos mujeres por el amor de un hombre:

Como no me daban buena espina los restaurantes locales, me he comprado una coca y me la he zampado en el parque. Es la coca un plato parecido a la pizza y habitual del nordeste mediterráneo español, las hay dulces y saladas, yo pedí­ esta (creo, porque recetas hay muchas): http://www.mundodietetico.com/coca-de-verduras-y-atun/.

Por cierto, tení­as razón. Si bien el valenciano me resulta más comprensible que el catalán, quizá a causa de ello, cuando un catalán te habla y le respondes en español asume que no le entiendes y cambia a nuestro idioma. Los valencianos en eso son distintos, si les contestas en castellano suponen que les captas y siguen hablando en su lengua. (De esto, por favor, que tampoco se enteren los de la gestapo. No tengo ganas de que les tilden de antiespañoles, rompepatrias, terroristas y amigos de terroristas).

Besos y abrazos,

Jose.

En La Palma, a 25 de junio del 2009
Querida Silvana:

Ya te dije que Xátiva estaba en una sierra. Bajar hasta Gandia me llevó más de media hora por carreteras de montaña. Son colinas de menos de mil metros, no son mis cordilleras del norte, pero lo pasas mal por esas carreteruchas. Gandia es una población costera tí­pica, por desgracia, del mediterráneo español: Playa extensa y bloques de apartamentos gigantescos en primera, segunda tercera, cuarta y hasta quinta lí­nea de playa. Lo mejor, es un decir, es ver que toda la bahí­a está así­, desde Cullera en la punta norte a Denia en la punta sur, solo se salva Oliva (me parece) el único lugar donde las casas parecen pequeñas, ‘apenas’ cuatro o cinco alturas.

Me volví­ rápido para Valencia con el fin de ver un poco más de la ‘Ciutat Vella’ (ciudad vieja) y allá junto a la catedral estaban montando una pantalla para ofrecer en transmisión simultánea el montaje de ‘La Valkiria’ de Richard Wagner, cuya ópera completa ‘El anillo de los Nibelungos’ se escenifica en el Palau de las Arts, dentro del complejo de la Ciudad de las Artes y las Ciencias. Con todo, la versión más impresionante de la cabalgata de las valkirias nos la ofreció Francis Ford Coppola en ‘Apocalypse now’:


A cuenta de ello me perdí­ las semis del Trofeo de la Galleta de Aguilar de Campóo contra Estados Unidos, yo pensé que les ganábamos de fijo y mira.

Hoy por la mañana me recorrí­ mejor el centro histórico de Valencia. Empecé en el Ayuntamiento, donde te dejan visitar su bellí­simo salón de cristales, tan lindo que el copiota del alcalde de Madrid, Ruiz-Gallardón, quiere construirnos uno parecido, tan impresionado quedó por su belleza. Su pequeño Museu de cuatro habitaciones, también alberga tesoros dignos de admiración, todo gratis.

La plaza del ayuntamiento también es magní­fica por sus edificios, excepto de una mole moderna de cristal en la que está ubicado el ABC, esos defensores de la patria, como es uso destrozando todo lo que pueden. También es de reseñar el suelo de mármol de toda la plaza, menos mal que en Valencia llueve poco, porque es propicio para los resbalones y las tampanadas subsiguientes.

Tienen un mercado central precioso, No tan lindo como La Boquerí­a de Barcelona, pero al parecer más grande (según los valencianos el más grande de Europa). Aparte de la funcional belleza arquitectónica, pues es muy luminoso, la distribución de tiendas por género al uso costero (fruterí­as por un lado, carnicerí­as por otro, más allá las pescaderí­as…) le hacen, ya digo, de lo más bonito y útil que he visto. Un auténtico gustazo esa combinación de pragmatismo y arte en un solo edificio, algo ejemplar.

Casi al lado está la vieja Lonja de la Seda, prueba de la pujanza del puerto a finales del siglo XV (cuando se descubrió América). Edificio al que tildan de gótico civil, pero ya tiene trazas renacentistas; a dí­a de hoy solo pasamos por sus apenas cuatro habitaciones los turistas. Es impresionante por tamaño y planta, pero también por sus delicados relieves y artesonados.

Caminando hacia el interior te encuentras una corrala llamada Plaza Redonda, cuajada de andamios y redecillas pues está en proceso de restauración, pero me agradaron sus tiendas de mercerí­a, muy habituales en Valencia, de hecho de lo que más he visto. Y no son franquicias de Zara, Benetton, etc… sino tiendas particulares que viven del género textil.

De allá pase a la Catedral de Valencia http://www.catedraldevalencia.es/  con su hermoso retablo, no pagué por el museo catedralicio, donde se expone el Santo Grial, pero si por subir a su torre, el Micalet, de 53 metros de altura y 207 peldaños en escalera de caracol. Vaya paliza. A tres cuartos de la ascensión estaba sudando y desfondado, con el corazón a todo lo que daba ¡y eso que subí­a andando! Eso si, las vistas de toda la ciudad son impresionantes; yo que aguanto mal el vértigo, lo pasé aun peor cuando las campanas repicaron las once de la mañana, haciendo retemblar todo el suelo del  mirador de la torre.

He comprobado que los valencianos comen mucho, al menos con respecto a mí­ que en los dí­as laborables tiro con el café de la mañana y una lata de refresco hasta la hora de cenar, mi única comida del dí­a, al estilo de los nómadas de las estepas. Ellos paran para hacer el almuerzo y la merienda, ésta última no sé pero en el otro –entre el desayuno y la comida- les he visto llenar bares para comerse no solo bocadillos sino platos enteros con sus zumos y sus cafés a precio económico 4€ (21,39 pesos). La verdad es que se pasan mucho tiempo en la calle, parecen gente muy vital y animada, siempre está todo ocupado, de permanente hora punta.

Cogí­ un colectivo interurbano para ir a La Albufera, lleno hasta la bandera por mor de que los jóvenes recién terminaron el curso y se van a las playas. Tal era así­ que a la altura de la Ciudad de las Artes y las Ciencias, la compañí­a Metrobus puso una lanzadera extra para los que iban a El Saler y aún le dio tiempo a volver para recoger a los que í­bamos a La Palma, allí­ conocí­ a dos chicas una bilbaí­na y otra turinesa.

Es ésta una localidad que vive del turismo, tienen inmensos salones-restaurante que llenan los fines de semana. Yo paré en el Restaurante Maribel, donde probé el plato tí­pico de la zona: el all-i-pebre (si me seguiste, ajo y pimentón) de patatas y anguila (el pez serpentiforme adulto cuyas crí­as son las angulas). Hay alguna barraca tí­pica de la zona, te dan paseos en barca por 20€  (106,93 pesos), 10€ por persona pero nos hicieron precio especial para los tres. Las barcas ya no tienen vela triangular ni van a pértiga, usan motor fuera borda y la zona no es espacio natural protegido, aunque los barqueros te cuentan mil y una anécdotas de la zona durante el trayecto.

Besos y abrazos,

Jose.

En Chinchilla de Monte-Aragón, a 26 de junio del 2009
Querida Silvana:

Prosigo donde lo dejé ayer: Esperábamos a un colectivo a las cuatro y media pero no existí­a y el de las seis y media se apareció a las siete; según la compañí­a a partir de la próxima semana ya entran en horario de verano con viajes cada media hora, pero esta última semana de junio siguen con sus recorridos aleatorios.

Mientras esperábamos tumbados en la hierba y tomando el sol, éllas me contaron que habí­an visto a un helicóptero de la Guardia Civil aterrizar frente a su restaurante, el dueño les dijo que era un loco que siempre va a comer allí­, a despecho de los cables de alta tensión de la zona.

También me dijeron que la coca de la que antes te hable se parece mas a un focacce (los argentinos le decí­s fugazza) que a una pizza, el secreto está en la masa al parecer, pues la pizza es una oblea de pan ácimo, y la focacce una masa horneada de pan con aditamentos varios.

Yo les conté del montaje de ‘La fura dels Bauls’ hablándoles de su actuación en las Olimpiadas de Barcelona, a lo que la vasca me contestó que ni se acordaba pues en aquellos entonces tení­a cuatro años. Me sentí­ viejí­simo, pues en el 92 yo tení­a veinte años más que élla. Es lo que tiene trabajar rodeado de chicas jóvenes, no captas que podrí­an ser tus hijas. Pero bueno allá estuvimos parloteando hasta la llegada del bondi.

Me dejo cerca de la Estación del Norte, a la que llegué tras atravesar calles de tiendas de moda regentadas por africanos. De la estación de tren me agrado más que su arquitectura modernista, el detalle de haber adornado sus falsas almenas con una estrella roja. También aprendí­ algo sobre las infraestructuras del nuevo AVE Madrid-La Mancha-Valencia-Alicante, que exponen en su interior.

De allá me fui a ver el Palacio de Congresos, pero me llamó más la atención el nuevo campo de fútbol aún por construir, así­ como los dos preciosos rascacielos construidos en los aledaños del palacio, mucho más bonitos e impresionantes que éste.

A la mañana salí­ de viaje de retorno y ahora me hallo en ésta localidad, antigua capital albaceteña (de hecho la actual capital Albacete esta 10 km. al noroeste y Fuentealbilla 15 km. al noreste), de ahí­ el aprecio que hay en la zona por el Barí§a, hasta compran el Sport, con eso te digo todo, solo por coleccionar los regalos, que si chancletas, que si mp3; con todo les he visto más remeras con el 10 de Messi que con el 8 de Iniesta.

En Chinchilla están haciendo preparativos para la representación de la jura de los fueros de la villa por los Reyes Católicos. Éstos con buen criterio para formar el reino, querí­an instaurar la Paz del Rey y que nobles y ciudades demolieran sus murallas y dejaran de guerrear entre sí­, los chinchillenses por suerte no se avinieron a razones (acá, de nuevo, que no nos capten los de la gestapo de la prensa madrileña, no se pongan a ladrar) e hicieron jurar a los soberanos que no demolerí­an sus murallas y torres, cosa que nos permite admirarlas a dí­a de hoy. Todo esto me lo contó el dueño del Restaurante Dalia, chaval joven y amante de la zona que nos explico todo lo que habí­a por allá.

Besos y abrazos,

Jose.

En Madrid, a 27 de junio del 2009

Querida Silvana:

No veas lo que era ayer la salida de la capital, tráfico denso en los dos carriles contrarios, pero cuando llegaba al lí­mite de la provincia de Madrid, mucho antes de llegar a de Tarancón dirí­a y hasta la bajada de Perales los coches estaban literalmente parados en dos o tres filas.

Esto me recuerda que no te hablé de los colectivos valencianos, su billete sencillo es 25 céntimos más caro que en Madrid, pero su bono de diez viajes, si bien no sireve para el subte, es 1,40€ más barato.

Con todo lo que más me llamó la atención es lo cuidados que están los vehí­culos. Acostumbrado estoy a las lí­neas 106 y 130 de Madrid, las que uso para ir y volver de la oficina, allá se junta toda la patulea de las temibles tres V: Vicálvaro, Vallecas y Villaverde, para ir a comprar mezcla al poblado de las Rosillas. Soportas su aspecto personal, que destrocen y ensucien todo lo que pueden, que fumen papel de plata en los últimos asientos, que tengan el bus como una cochiquera y que en cuanto te sientas en ‘su zona’ se pongan a berrear flamenco o cosa que lo parece, te parece normal (es un decir).

Yo siempre habí­a oí­do que en Valencia hay mucho malevaje. Sin embargo en los buses que subí­, por si quieres una combinación para la lotto 2-13-17-19-22-35-62-63-95, tení­an el auto impecable, nadie habí­a roto el martillo de emergencias, no habí­a restos de comida y bebida por los suelos y nadie montaba escandaleras o subí­a el volumen del celular a todo lo que daba, ni graffiti ni rayajos en los cristales… Me he quedado impresionado, por el ‘civismo’ de los desheredados de la tierra valencianos.

 Aunque supongo que como siempre que salgo de mi ergástula, todo me parece admirable. Me alegra huir de Madrid, si, ése es el término, huir. Sobre todo para darme cuenta de que en el resto de España, hay gente emprendedora, animada, vitalista (también hay gente que no, pero esa no la reseño) al contrario del estilo poltronero, obsecuente, dejado y funcionarial que gastamos en la Villa y Corte –quizá esto lo diga por lo abandonado y paradito que soy yo mismo-.

 No te me enfades porteña, pero las gentes de capital somos la hez con nuestras í­nfulas, que como toda soberbia no son sino fruto de nuestra profunda ignorancia. Creemos ser inteligentes porque repetimos como chiquilines las consignas de la gestapo periodí­stica: Sabemos leer, pero… ¿pensamos?

Me alegra que te llegara mi regalo, aunque sea 17 dí­as después y con un recargo de 37,40€ (200 pesos), menos mal que lo envié por Postal Express y no con la flota de indias. Ahora te intentaré mandar como unas setenta y seis fotos de mis vacaciones; no muy buenas, ni significativas, pero no sabí­a que tení­a que hacer un safari fotográfico.

Al llegar a casa me enteré de la muerte de una de las personas que más me marcó cuando era chico: Farrah Fawcett. Los setenta se destacaron por el cine porno-blando que por edad no podí­a ver, así­ que la primera mujer de la que me debí­ aficionar fue esta ‘íngel de Charlie’. Pese a ser más de veinte años mayor que yo, aún la llegué a apreciar en las últimos telefilmes que rodó allá en los noventa.

Me parece guapí­sima, no tanto como vos, faltarí­a más, pero acá una foto:



También me enteré de que hay legislativas en la Argentina. Cuéntame lo que puedas de allá.

Besos y abrazos,

Jose.


PD: No se si esto me quedó un poco largo.

ENNAS

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Re: Argentí­nea / Forlorn
« Respuesta #10 en: Junio 29, 2009, 09:53:14 p.m. »
Nota: He tenido que publicar estas dos historias partidas porque el servidor me ha comunicado que me excedí­ en el lí­mite de 30.000 caractéres.

Trí­ptico sobre el amor y la vida.

1.- Salida vespertina.


Un fin de semana cualquiera quedas con tus amigos. Cenáis comida rápida en casa de uno de ellos mientras os termináis de arreglar. Vais a locales de marcha donde decides no beber hasta pasada la medianoche. Tampoco bailas pues tienes la opinión de que bailar es de chicas y que tú todo lo más haces el ganso (que éso es de chicos). Así­ que te sientas a ver al personal haciendo la cobra, pues al igual que el ofidio se yergue y aplana su cuello al atacar, hombres y mujeres echan los hombros hacia atrás para impresionar a sus potenciales parejas.

Uno, veterano que colecciona más nóes que sí­es, ya sabe que sus oportunidades en esas primeras horas en que las mujeres aún son selectivas y el criterio de búsqueda es el puramente fí­sico no tiene mucho que hacer. Mejor me espero a que bajen el listón, o a encontrarme a las que solo han salido a tomar unas copas, hablar y divertirse un rato, sin más pretensiones; suelen ser con las que mejor te lo pasas, aunque no haya sexo al final de la jornada. Las mujeres son más divertidas conversando no bien intuyen que no buscas otra cosa. En cuanto se dan cuenta de que no supones un peligro, abandonan su envaramiento, se relajan y se ponen a parlotear.

Muchas de las noches más divertidas suelen pasar entre conversaciones y risas, cuando vas de caza estás más crispado, incluso aunque te cobres la pieza. Al dí­a siguiente presumirás de haberte calzado alguna tí­a. Pero con sexo y todo, y precisamente por el sexo, suelen ser noches más agobiantes, al menos para los que carecemos de espí­ritu competitivo.

Pero volvamos a la pista de baile, que ya se va despejando por mor de las parejas que se van formando y las que ya vení­an formadas que van dejando el sitio libre e incluso abandonan el local. Entre los remanentes gente que va de la barra a la pista y de la pista a la barra, mala táctica para lucir apostura no solo por el ir bebido y sudado, sino porque no se sabe bien dónde estás, lo mejor si quieres ser visto es permanecer fijo en un sitio. De allí­ viene huyendo un amigo con cara de fingido susto, entre risas nos comenta –“Casi me engancha la salida”.

La salida, no conozco ni su nombre, es una treintañera bastante impopular incluso ente los hombres. Es un desdoro que te vean marchar del disco-pub con ella del brazo; al dí­a siguiente te convertirás la comidilla de tus amigos y somos muchos los tipos que anteponemos el ‘qué dirán’ al sexo, aunque las mujeres estén convencidas de lo contrario. La verdad es que da un poco de pena, o la darí­a si no fuera una lianta; ahora mismito está orbitando alrededor de una pareja, qué ya hace falta ser descerebrada, o tener muy mala onda en plan ‘si yo no me divierto, no se divierte nadie’.

Date. Lo que dije. Ya se ha montado, la otra se ha mosqueado, hay chillidos, empujones… Yo me marcho fuera antes de que la cosa se ponga peor. En la calle fumando un cigarro veo como la echan los de seguridad hecha una pena, está llorando. Me acerco a ella como quien pasa por allí­.

-“¿Algún problema?”
-“¿¡A ti qué te importa!?”
-Bueno. Como te veí­a llorando.” -Sigo diciendo con voz suave, ella intenta calmarse mientras me mira de hito en hito.
-“¿Puedo ayudarte en algo?” –Prosigo más por cortesí­a que porque verdaderamente me importe.
-“¿Me acompañas a casa?”.
-“Claro. Cómo no.”

En su casa pasa lo que pasa. Sintiéndonos dos extraños (no tengo más que ver su mirada desenfocada y embrutecida), me pego una ducha y me voy.

Es dolor y no pequeño
ver que en cosas del amor
yo, más que depredador
vengo a ser un carroñero.[/color]

2.- La Reina de la Noche.

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Vuelves al garito a tomar la pénul y ver quien ha quedado de tu grupo. Allá en la barra divisas a una chica joven que incomprensiblemente no tiene emparejamiento. Sólo un pelma de corriente alterna está en sus cercaní­as. Este espécimen de hombre suele ser de lo más aburrido estando sobrio. Bebido no mejora mucho. Suelta frases aisladas que pretenden ser ingeniosas y luego, al no conseguir captar el interés de la gente, vuelve a encastillarse en su mutismo. Es de ver, conforme pasan el tiempo y los tragos, como su mirada estólida va crispándose al no ser el centro de atención hasta parecer un loco furioso y mudo.

Pues bien, ahí­ está el brasas actuando como una farola fundida: se va calentando, se va calentando y dando un paso adelante suelta una frase tras la cual se repliega a ver que efecto produce; como la chavala le ignora con cara de abatimiento, el tí­o se retrae en principio, sigue bebiendo, se va calentando, se va calentando y vuelta a empezar. Pobre chica, voy a echarla un capote.

–“Hola. ¿estás con alguien o puedo acompañarte?”.
Mirada desconfiada –“He venido con unas amigas”-titubea.
-“Mmm. ¿Entonces las esperamos juntos o te dejo con tu ‘guardaespaldas’? –muevo la cabeza señalando al aludido. Ella se rí­e y me confiesa que sus amigas le han ido enviado SMS diciendo que no volverán. A mi no me apetece beber más. –“Salgamos a la pista” –propongo. Ahí­ se queda, el poste de la luz fundido. Pero en la pista hay un maromo bailando reaggetón furiosamente, cosa que no serí­a digna de señalar salvo por el detalle de que están poniendo música lenta. Camiseta sin mangas, pantalones anchos, poses sugerentes. Debe llevar un rato largo, cada vez que levanta los brazos exuda unos efluvios no precisamente balsámicos que tiran de espaldas. Menudo gañán.

–“Desde luego a algunas horas no hay más que babosos”-comento alegremente.
-“Uy, de ésos, así­â€ dice ella juntando sus dedos con la palma de la mano hacia arriba. Nos echamos a reí­r. –“¿Y si nos vamos?- propone ella.
-“Afuera hace buena noche. Podemos dar un paseo”-convengo yo. Salimos del antro.
-“¿Tienes coche?”-pregunta.
-“Si. Pero hoy le dado el dí­a libre al chofer”-Ante su cara de pasmo, admito-“Es broma.”-Se rí­e con esa risa cantarina tan linda que tiene.
-“La verdad es que en dí­as de fiesta, como voy a beber, no lo llevo. Prefiero volver en taxi.”-miento yo, la verdad es que no tengo coche.-“¿Pedimos uno? Por cierto, me llamo Jose(sic)”.
-“Bea. No, todaví­a no. Demos una vuelta.”

Mientras paseamos por la avenida charlamos animados, ella me va hablando de sus cosas, así­ me doy cuenta de lo joven que es: que si ha terminado el insti, que si va a empezar la facul, -“¿qué miras?”-pregunta más alegre que desafiante.

-“N-nada. Que podrí­a ser tu padre. Tengo casi cuarenta.”
-“A mi me van los tí­os mayores.” –Burlona me coge por la cintura con su zurda mientras yo le pongo mi mano diestra en su hombro derecho
-“Haces mal” –bromeo yo, ¿bromeo o escurro el bulto?-“Hay mayores que no tienen ni idea. No siempre la experiencia es un grado. Aparte de que ya no tenemos fuelle. No nos da el fí­sico. Una chica con un cuerpazo como el tuyo nos deja doblados.”
-“Probemos.”-Me desafí­a con voz ronca, mientras pega su costado izquierdo al derecho mí­o.

Y heme aquí­, suso mi cabeza el cielo (yuso mi ombligo la gloria) y a manderecha los esplendorosos dieci…muchos de Bea, la izquierda está abriendo el portal de mi casa.

Las chicas de hoy te la chupan sin que se lo pidas. Menos mal que la he parado a tiempo, temeroso de perder la poca potencia que me pueda quedar. Estaba ya arrodillada desabrochándome el pantalón cuando la he levantado del suelo diciéndole –“No hace falta”. Ha puesto tal cara de felicidad que me ha emocionado.

3.- Oh, Diosa bajo cuya advocación está el lucero del alba.

<a href="http://www.goear.com/files/external.swf?file=378cdb1" target="_blank" class="new_win">http://www.goear.com/files/external.swf?file=378cdb1</a>

Acá sigue tumbada a mi lado y sobre mi. Quizá sea esto lo que nos atrae a los maduros de las jovencitas. No buscan una sesión de sexo y luego te echan con cajas destempladas como sus maleadas hermanas mayores. Siguen necesitando el afecto ¿de un padre? Por nuestra parte los cuarentones ya no buscamos sexo contí­nuo y preferimos también la comodidad del simple roce o puede que solo pretendamos rememorar nuestro tiempo de adolescentes. Quién sabe. Él caso es que te sientes más seguro con ellas.

-“¿Qué haces?”-inquiere intrigada.
-“Nada. Bajaba a comértelo”-respondo mientras me detengo.
-“No” –gime-“Quédate aquí­. Abrázame.” –Me pasa los brazos sobre el cuello; mientras  mi í­ndice y anular izquierdos le acarician las vértebras de su columna nos damos besitos cortos y rápidos.

Nos duchamos juntos. Para que no se enfrí­e la espalda la sujeto casi en vilo, en realidad ella me ayuda aferrándose con las manos a la mampara de la ducha que trepida con nuestro movimiento. Cumplo a duras penas. Ya no estoy para estos trotes.

Desayunamos mientras esperamos a su taxi.
-“¿Quieres que nos volvamos a ver?”-le pregunto.
-“En realidad… tengo novio.”-dice contrita.
-“Un tí­o con suerte”-replico con reflejos y cierta picardí­a a pesar del mazazo.
-“Ssiiiii.”-exclama ella radiante.

ENNAS

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Re: Argentí­nea / Forlorn
« Respuesta #11 en: Julio 12, 2009, 05:41:42 p.m. »
Mañana lo dejo.

Con las pocas neuronas que sigueron a flote en el naufragio en óceanos de alcohol recuerdo que perdí­ mi juventud intentando dejar de beber.

Un par de copas con el café del desayuno y entre cinco y siete combinados al terminar la jornada, eso en dí­as laborables; los fines de semana, tras las copas del desayuno, me metí­a varios tercios de cerveza hasta la hora de comer; en la comida su buenos tres vasos de vino; en la sobremesa más copas hasta la hora de salir en donde me volví­a a hinchar de combinados. Llegó un momento en el que yo mismo me daba cuenta del desastre, en el que me decí­a "el lunes dejo de beber definitivamente". Y si, el lunes lo lograba, pero el martes ya estaba de nuevo en el abrevadero y así­, semana tras semana, mes tras mes, año tras año, hasta el punto de perder no ya la juventud, sino incluso la noción de lo ocurrido entre los noventa y el principio de este siglo.

En un tiempo que parecí­a eterno, cí­clico, repetitivo y aberrante, yo me prometí­a dejar de beber y yo me faltaba al respeto incumpiendo mi promesa; y el bochorno por mi dejadez me invitaba a beber aún con más desmesura, sin limitaciones ni amor propio, es más, intentando avergonzarme a mi mismo con mi degradación.

En eso, allá por el 2003, conocí­ a Silvana. Una compañera de trabajo venida de Buenos Aires. De entre lo primero que la recuerdo fue comentar que llamó a sus padres diciéndoles -"Papá, acá no hay más que bares. El tuxo es un paí­s de borraxuí§os." Me hizo gracia y me pareció una gran verdad, el alcohol es el soporte y evasión del cristianismo. Me explicó que sus padres eran catalanes huí­dos durante la guerra porque algún abuelo trabajó para el gobierno de Companys. Más tarde me contó cosas peores, como que se habí­a pegado con un tipo que iba completamente borracho en un bar y le habí­a dejado la cara marcada de un botellazo por cargarle en un Madrid-Barí§a (élla, como no, es culé); llorando más de nervios que de rabia por la multa de la demanda, renegaba de todos los bebedores.

Y yo, por ella, decidí­ que ésta vez si dejarí­a de beber. Y acontecieron hechos extraordinarios, siendo el menor él que perdí­ dieciocho quilos en un mes tan hinchado estaba, me vení­a grande toda la ropa que tení­a e incluso me bailaba el reloj en la muñeca y tuve que quitarle eslabones a su cadena. Pero hubo más, la escuchaba su deje porteño con la fanática devoción de quién escucha a la pitia del Oráculo de Delfos, creyendo que cada una de sus palabras estaba dirigida exclusivamente a mí­ y encerraba la clave para entender si no el universo, al menos el sentido de la existencia. La veí­a en todas partes, cualquier chica alta y morena me parecí­a élla, aún sabiendo racionalmente que no podí­a ser élla por hallarse a quilómetros de mi avistamiento. No dormí­a pensándola. Espiaba cada gesto, cada coqueterí­a cuando hablamos de temas laborales, cada comida que hací­amos juntos. Me poní­a malo cada vez que me dirigí­a la palabra. ¿Me poní­a malo? En esos momentos era el tí­o más feliz del mundo aunque no acertaba más que a balbucear.

Yo intenté quitarle importancia al hecho, ser ponderado y objetivo, no dejarme llevar por las emociones, mostrar una frí­a y elegante ironí­a, parecer estiloso, un tipo con mundo, de vuelta en la vida: En suma, me comporte como un perfecto gilipollas mediocre. Me decí­a a mi mismo "Por Dios, Jose(sic), que no eres un quinceañero. Que tienes treinta y seis años. ¿Dónde vas, ridí­culo de tí­?" No hubo manera. Entonces comprendí­ que la Universidad de la Vida me habí­a suspendido en todas las asignaturas. Fruto de este desorden la mañana del 31 de julio de 2004 estuve a punto de colapsarme. Lo que en principio parecí­a una taquicardia, se me traslado a las venas del cuello, donde notaba cada latido y de ahí­ al hemisferio derecho del cerebro donde cada latido parecí­a un tampanazo en la cabeza. Así­ durante horas. Los médicos me dijeron que estaba bien y que sólo padecí­a anemia. Les creo.

No voy a decir que conseguí­ dejar de beber. Los fines de semana, si me pongo un gí¼isqui, termino cepillándome la botella entera. Es lo que tiene ser un alcohólico. Pero ya solo pasa una vez por semana, algo es algo. Quién me lo iba a decir en aquellas informes e indefinibles eras en que me emborrachaba a diario.


Cuatro fábulas.

1.- La araña y la mariposa.

Enamorada de su belleza, cuando la araña atrapó en sus redes a la mariposa la adormeció con el veneno de su pico. La envolvió a todo lujo y sin reparar en esfuerzo en sedas para que se sintiera protegida yla visitó con regularidad para beber de su madurez y su hermosura. Grande fue su asombro cuando comprobó que la mariposa, lejos de volverse aún más radiante en su cobertor de seda, iba perdiendo el color y la vida con cada una de sus apariciones. La araña deseperaba, ¿cómo era posible que aquélla que le habí­a cautivado en libertad por su gracil independencia se hubiera transformado en un ser inerte y sin chispa?, ¿por qué no agradecí­a sus desvelos?, ¿Qué habí­a hecho para merecer esa mirada hastiada y mortecina?

Un buen dí­a la araña, harta de la situación, soltó a la mariposa que cayó con un sonido seco sobre el suelo. Preguntada por sus vecinas, la araña afirmó -"¿Sabéis lo que os digo? Son todas unas desagradecidas. Te desvives por ellas y ¿cómo te lo pagan? Abandonándose. Hice bien en librarme de élla; no era más que una carga."

2.- El cementerio de elefantes.

La vieja hembra condujo a la manada hacia la charca más próxima. Un camino largo pero soportable que habí­a recorrido cientos de veces durante sus muchos años. Por su experiencia era la lí­der, la que conocí­a todos los pastos y abrevaderos. Pero esta vez algo parecí­a haber cambiado. Ya deberí­an haber llegado y sin embargo atravesaban yermos de tierra fragmentada por la sequí­a. No deberí­a ser posible en esta época. Si algo le habí­a enseñado la experiencia es la cí­clica cotidaneidad de la existencia. Pero no conseguí­a dar con la charca. Poco a poco fueron muriendo los más jóvenes y débiles de la manada, incluí­da la propia vieja hembra lí­der. Los supervivientes, perplejos y sin guí­a no supieron adoptar más decisión que seguir junto a sus compañeros muertos. Total, la experiencia les decí­a que habí­a una charca en la zona. ¿Cómo iban a saber que los impredecibles simios-sin-pelo la habí­an desecado? Allá cayeron todos, incapaces de entender que las experiencias vividas no garantizan la sabidurí­a.

3.- El primer rebaño.

Preocupadas por los ataques del lobo, las ovejas se reunieron y decidieron que juntas se defenderí­an mejor del lobo. El proyecto no era malo, pero como todos los proyectos no se cumplió. A la hora de la verdad, cuando atacaba el lobo, las ovejas no presentaban un frente común: salí­an huyendo, así­ el lobo se hací­a con las rezagadas. En esos momentos la ví­ctima balaba -"¿Por qué a mí­, qué he hecho? ¿Es qué nadie va a ayudarme?" El lobo ni se dignaba en contestarla. Las demás ovejas contemplaban horrorizadas la escena -"Qué vergí¼enza. Ésto no puede seguir así­. ¿Por qué nadie hace algo?" clamaban ante el grupo, pero en su fuero interno se decí­an -"Mejor esa otra que yo. Que se hubiera cuidado como yo lo hago. ¿Yo qué culpa tengo? Bastante tengo con lo mí­o como para ayudar a las demás."

Paso el tiempo y el rebaño que ya seguí­a junto más por costumbre que por afinidad, conoció a los enemigos del lobo: los simios-sin-pelo. Éstos le ofrecieron cuidarles y defenderles del lobo y a fe que lo cumplieron. Tan feliz era el rebaño con esta asociación que cuando los simios-sin-pelo, para su seguridad, les propusieron trasladarse a un prado cercado por una empalizada de maderas, el rebaño aceptó sin darse cuenta de que nunca podrí­an salir de ellas. Pero lo peor vino después, cuando los simios-sin-pelo les dijeron a las ovejas que no podí­an estar todo el dí­a pendientes de éllas, pero que habí­an negociado un acuerdo con sus antiguos enemigos. En suma, que a partir de ese dí­a serí­an los lobos los que velarí­an por su seguridad.

4.- El conejo que alcanzó la libertad.

"Es indignante la prepotencia de los simios-sin-pelo. Todo lo vallan, todo lo cercan. Acaparan las tierras más feraces y nos arrinconan en montes pelados. ¿Hasta cuándo vais a aguantar ésto?" -Los conejos se miraron medrosos.

"¿Pero aún dudáis? ¿No veis como han cortado nuestra zona de paso para cultivar esa franja negra? ¿Os quedaréis parados o cavaréis un túnel conmigo?" -Todos miraron silenciosos y asustados a su congénere, pero ninguno le secundó.

"Cobardes. Yo seré libre." -Y el conejo cavó y cavó bajo la alambrada hasta acceder al territorio cercado por los humanos.

Era el más hermoso de los atardeceres y el conejo gritó al mortecino sol rojo, mientras corrí­a hacia la cinta negra -"Soy libre... libre. Veo la luz." Noto un fuerte golpe que lo aturdí­a.

"Mierda" -dijo el conductor del camión. -"No he podido esquivar al bicho".

ENNAS

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Re: Argentí­nea / Forlorn
« Respuesta #12 en: Septiembre 20, 2009, 10:20:23 p.m. »
Baile ítha Cliath.

Nos conocimos en el vuelo de Madrid a Dublí­n. Tu vení­as de de pasar unos dí­as en la costa mediterránea según dijiste "dizzing and ducking" (por drinking and dancing). No entendí­ el chiste, sobre todo por esa costumbre vuestra de los isleños de no reí­ros tras soltar una gracieta. Te durmiste sobre mi hombro agotada como estabas. Entonces me enamoré de tus ojos gris plomizo como el cielo del Cantábrico, de tu pelo 'matutano' rubio oscuro y ondulado.

De cara a los demás eras fria y distante conmigo, incluso me hací­as caminar unos pasitos por detrás de ti como si aún existiera el apartheid. Pero cuando estábamos a solas en la casa que alquilamos te desatabas, llegabas a ser brutal. Y eso me poní­a. En principio creí­a que te hací­a daño, no serás la primera que me dice que la tengo un poco ancha y que le duele, luego ví­ que te gustaba hacerlo así­ y -vanidad masculina- me dije que no me iba a echar atrás: qué te va la marcha, pues vale, yo no me arrugo.

No te bastaba con afixiarme cuando acabábamos, no. Un buen dia mientras te agitabas encima mí­a me reventaste la nariz de un guantazo, empecé a sangrar y vi tu mirada desafiante y asustada, perplejo me incorporé, toqué la zona de mi bigote y bufé de risa; tu emitiste una risa liberadora de sonido siniestro. Me mojé los dedos con mi sangre y pinté con ella tus pezones. Te volviste loca de gusto.

Isla Desolación.

Anotación en el cuaderno de bitácora del 2 de octubre de 2009: Rompí­ el spinnaker al entrar en el Estrecho de Magallanes. Eso desetabilizó el palo mayor y hube de navegar a media vela entre la tormenta. A duras penas he conseguido anclar en un fondeadero en Bahí­a Inútil.

Anotación en el cuaderno de bitácora del 5 de octubre de 2009: No consigo salir de la bahí­a. No se que me pasa. El mar es oscuro y contra toda lógica se me antoja profundo y hostil. Mi ánimo me impide montar los aparejos.

Anotación en el cuaderno de bitácora del 10 de octubre de 2009: Me resulta doloroso describir como he llegado a Puerto Misericordia. Horas y dí­as sufriendo contra la subida de nivel ente el Pací­fico y el Atlántico, oyendo al el sombrí­o chapoteo de las aguas, viendo los amenazantes muros de Tierra de Fuego dispuestos a cerrar sus fauces sobre mi velero. Tengo miedo. Un miedo irracional, no quiero volver a la mar pero no se explicar por qué. Las autoridades chilenas me trasladarán al continente en helicóptero.

El Mercurio Digital, 20 de octubre de 2009.

Ha sido hallado en Monte Harte Dyke, Región de Magallanes y Antártica, el cadáver del navegante español J***. El occiso no presentaba signos de violencia si bien las investigaciones policiales en base a su diario de a bordo ofrecen indicios para pensar que su muerte no fue accidental.

ENNAS

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Re: Argentí­nea / Forlorn
« Respuesta #13 en: Septiembre 28, 2009, 11:01:40 p.m. »
Seré bueno. Seré digno. Seré noble.

 José dejame guardar el recuerdo de que vos sos lo mejor que me pasó allá en España.

Vaya. Es para sentirse halagado, lástima que me lo digas a diez mil quilómetros de distancia.
-"No quiero ser tu mantenida" -Me decí­as cuando hací­a de paño de lágrimas tuyo.
-"NO SOS mi mantenida," -te respondí­a yo - "lo hago porque me importas, sólo por eso; no me gusta verte pasarlo mal, de ahí­ que te ayude en lo que pueda."
-"Xa, pero xo nunca podré pagarte todo esto"
-"No me debes nada, ni tienes que hacer nada por mí­, ¿vale? Somos amigos, punto. Es más, soy yo el que está en deuda contigo, eres una muj..., mmm, persona... mujer maravillosa. Te debo mucho, créeme.
Te debo más de lo que alguna vez tendré el valor a explicarte. Gracias a ti descubrí­ que mi brillante armadura estaba hecha de cristal: sólo reflejaba la brillantez ajena. Cuando se hizo añicos, me senti ridí­culo.


Para mi siempre fuiste un buen amigo, nunca pretendí­ darte pie a que pensaras otra cosa.

Sin embargo yo recuerdo cierto dí­a en la cafeterí­a del trabajo, en que estando yo repanchingado en una silla como nos corresponde a los osos te acercaste sonriente a hablar conmigo. Estabamos solos los dos, nadie podí­a vernos. Mientras me hablabas te situaste tan cerca de mi que tuve que abrir las piernas para no tocar las tuyas. Ahí­ estaba yo confuso, con la bragueta de tus vaqueros a la altura de mis ojos, intentando no pensar o mejor dicho controlar el impulso de colocarte las manos en las caderas. Después de todo, trabajo en un entorno femenino, ya me he acostumbrado a ir con la cabeza gacha, a no levantar la voz ni a hacer gestos bruscos, se que os asusta la impredicibilidad masculina.

Así­ que reprimiendo mis malas ideas di en mirarte a la cara, cosa que rara vez suelo hacer con las personas. Y lo primero con lo que topó mi vista fue con tus pequeños pechos marcándose en la remera que llevabas, tení­as los brazos echados hacia atrás. Cuando te miré a los ojos vi algo parecido a una expresión burlona, esa sonrisa de superioridad que me dedicabas... Se me subió la sangre a la cabeza, digo la de arriba, me ardí­a toda la cara hasta las orejas y me eché a reí­r como niño al que han pillado en falta. Lo sabí­as ¿verdad? ¿Sabí­as lo mucho que me gustabas y estabas jugando con mis nervios? Mira que os encanta aturullarnos y tenernos ahí­, amansados. El saco de músculos éste, helo acá indefenso, comiendo de vuestra mano. Que gracia. Ni siquiera recuerdo de que hablabas en ese rato.

Espero que encuentres una mujer que te haga bien. Yo no me porté muy bien contigo.

Tampoco te sientas culpable. No hice nada que no quisiera hacer. Y ya sabí­a lo que me esperaba a cambio. En fin, ya soy mayorcito para tomar mis propias equivocaciones.
-"Seguro que me odias" -me dijiste en el aeropuerto de Barajas antes de embarcar en el vuelo de Aerolí­neas Argentinas que te llevarí­a definitivamente a tu paí­s.
-"Nooo" -respondí­ con total confianza.
-"Nunca olvidaré todo lo que has hexo por mi."
-"Yo tampoco te olvidaré nunca. Te escribiré todos los meses".
-"Si, xa. Éso decí­s ahora".

ENNAS

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Re: Argentí­nea / Forlorn
« Respuesta #14 en: Noviembre 01, 2009, 12:08:50 p.m. »
El (siniestro) doctor López Ibor.

Tomaba la segunda copa en la esquina de la barra cuando se me acercó un tipo huesudo y con gafas y se puso a recitarme su mantra vital.

-"No hay que mirar por nadie, me lo ha dicho mi psiquiatra. Hay que pensar en uno mismo, sino los demás se aprovechan de ti".
-"Mmjm".
-"Mira sino las mujeres. A mi me han echo mucho daño. Porque son todas unas egoí­stas que solo piensan en éllas mismas. Menos mal que mi psiquiatra me ha dicho que no piense en los demás, que se busquen la vida.
-"Ya."
-"Y es que encima ahora no se las puede hacer nada. Ni a éllas ni a las serpientes. Las mujeres y las serpientes están protegidas."
-"¿Quieres algo?" -Pregunto ambiguo al charlatán malencarado viendo su vaso vací­o.
-"No, gracias. Te voy a decir una cosa: Yo he ido al psiquiatra pero no por culpa mí­a. No pienses que soy un loco."
-"No lo pienso, es que te han tratado mal."
-"Exacto y los peores han sido los Salesianos."
-"¿Y éso?"
-"¿Tu no sabes que tienen una base de misiles debajo del patio del colegio? No lo sabe nadie, pero yo capto el ruido ultrasónico y por éso he tenido que ir al psiquiatra..."
-"Ah."
-"...y por éso me ha dicho que no mire por nadie. ¿Tú no sabes que los ruidos ultrasónicos te vuelven loco? Lo dijo el doctor López Ibor. Pero yo no estoy loco, es que se aprovechan de mí­, pero yo desde ahora no voy a hacer nada por nadie. Bueno, me tengo que ir."
-"¿Sabes que tu amigo se ha ido sin pagar?" -Me pregunta el camarero.
-"Me lo creo, su psiquiatra le ha dicho que no mire por nadie. ¿Te pago yo lo suyo?"
-"No déjalo; la próxima que se corte un pelo ¿no?"

De regreso a casa me cruzo con la vecina del piso de abajo, una señora solitaria y rara. Sin embargo la mujer es afable y habladora:

-"¿Le ayudo, señora ***?
-"Ay, si, gracias majo. ¿Oye quí­en eres que te creo conocer?"
-"El vecino de arriba."
-"Ay, es verdad. Mira es que como no salgo mucho, ni siquiera para ver a la familia, vienen éllos a verme a mi. Mis hermanos son unos linces para los negocios. Les iba bien en el Paí­s Vasco, pero se tuvieron que ir por el odio. ¿Cómo puede haber tanto odio? Aquí­ se establecieron en Getafe y tienen una empresa que vende piscinas y les va de maravilla."
-"Mira qué bien."
-"Y es que ahora hay mucho odio, no entiendo porque la gente es así­."
-"Ni yo."
-"Sin ir más lejos aquí­ ponen música durante la noche, yo ya se lo comento a otros vecinos pero no se puede hacer nada."
-"Bueno, son los estudiantes del piso alquilado, o los emigrantes trabajadores que viven en el piso de la empresa de limpiezas."
-"No, no solo ésos. Alguien pone un ruido bajo y constante. Ése ruido contí­nuo te puede volver loco. Lo dijo el doctor López Ibor, ¿le conoces?"
-"Me suena a nombre de ministro, serí­a un pariente."
-"A lo mejor si. Pues bueno a lo que iba, el doctor López Ibor era muy sabio, estudiaba cosas de la mente y descubrió que si pones un ruido constate y bajo a las personas, se vuelven locas. Claro, le prohibieron hacer estos experimentos. Figúrate, volví­a loca a la gente. Y dicen que alguien lo mató por eso."
-"¡Aah!"
-"Pero bueno te estoy entreteniendo. Dirás 'qué anciana que no para de hablar'..."
-"Noo, qué va."
-"...Bueno pues gracias. No te molesto más."

Dale la vuelta al nombre.

Mientras se ataba las grebas a los tobillos, Zerep Ajrob pensó que en el fondo era un hombre afortunado.

No sólo habí­a nacido en la capital del imperio sino que además, habí­a tenido la fortuna de ser admitido en la escuela de cadetes de la Guardia Imperial. Cuando le cambiaron de destino tan solo le hicieron ir a la prefectura de los villorios del sur de la capital, donde se hacinaban servidores y esclavos, a mantener el orden.

"Fue ahí­" -pensó Ajrob- "donde se decidió mi destino. En un dí­a como el de hoy, en el que la Guardia Imperial realiza maniobras en el sur de la capital." íquel infausto dí­a de antaño Zerep y su cohorte -en su mayorí­a coloniales de ultramar- salieron con todo el entusiasmo del mundo ante las disimuladas burlas de los imperiales. Y ese entusiasmo dió sus réditos, no solo reconquistaron la cota sino que obligaron a la Guardia Imperial a recular hací­a su campamento. A la final, los imperiales recuperaron el terreno y llegaron al campamento del las tropas locales, pero ya no se reí­an, antes bien les recriminaban

íquel fue el dí­a más feliz de Zerep Ajrob, pensó que su despliegue y valor en aquellas maniobras le abrirí­an las puertas de la Guardia Imperial. En lugar de éso se encontró con un traslado al Regimiento del Norte, en la antigua capital. Fuera la decepción o el rudo clima, Zerep no guarda buen recuerdo de aquellos tres años de reclutamiento, dedicados principalmente a cocinar, limpiar y barrer, ni siquiera participaba en las maniobras del regimiento.

Fue su peor época, pero a él le seguí­a gustando la milicia. Era consciente de que nunca entrarí­a en la Guardia Imperial, pero aquello que no era más que su sueño de niño, ahora, ya adulto, trocose en la posibilidad real de ganarse el puesto en cualquier guarnición. Fue así­ como acepto enrolarse en los guardacostas del Mar Antiguo: poco trabajo y la playa al lado.

"Ah. Ahi llega la Guardia Imperial" -Se dice Ajrob. Fastuosa y soberbia, como siempre; los mejores soldados venidos de todos los rincones del Imperio. Ahí­ están, felicitándose mutuamente por los nuevos carruajes obsequio del mismí­simo Emperador. Ajrob no conoce a ninguno de éllos personalmente; a decir verdad, de sus compañeros de la escuela de cadetes de la capital ninguno llegó a formar parte de la Guardia Imperial, todos provienen de otros regimientos excepto sus veteranos y famosos capitanes Luar y Utig tan diferentes como la noche y el dí­a.

Tampoco tení­a conocidos suyos hace un par de años, cuando la Guardia Imperial realizó maniobras navales contando con los guardacostas del Mar Antiguo. Ése dí­a también Zerep se destacó por su capacidad combativa, salieron derrotados como no, pero al contrario que hace seis años, nadie se acordó de él.

Ajrob pidió el traslado a la capital y le han vuelto a encomendar en la prefectura de los villorios del sur. Bueno, al menos le queda cerca de casa. Hoy toca maniobras contra la Guardia Imperial. La cohorte de Zerep Ajrob está lista, los imperiales sin embargo parecen molestos por estar allí­ perdiendo el tiempo...

Ajrob sabe que han hecho todo lo posible tal y como lo tení­an planeado. Una táctica antigua como la guerra misma: atacar los flancos del enemigo, envolverle en una pinza. Y aún así­ ni él ni sus compañeros, todos exultantes, dan crédito a lo ocurrido; han conseguido forzar la huí­da en desbandada de la Guardia Imperial. Él, como los demás, es incapaz de precisar sus sentimientos en estos momentos, una especie de avergonzada satisfacción, una incrédula exaltación. ¿Qué ha pasado? Lo sabe porque lo ha vivido, ha sido una de las piezas fundamentales de la cohorte de la Prefectura Sur de la capital. ¿Cómo ha podido pasar? Ni idea. Pero los imperiales han sido destrozados. "¿Es la gloria, lo que he alcanzado?" -se prejunta Ajrob Zerep. "¿Por unas maniobras?" -se contesta irónico.

No es momento ni lugar para las reflexiones, sus camaradas le arrastran a celebrar el triunfo.