Autor Tema: Argentí­nea / Forlorn  (Leído 26051 veces)

ENNAS

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Re: Argentí­nea / Forlorn
« Respuesta #30 en: Abril 10, 2011, 09:03:49 p.m. »
Bloqueado.

-"¿Me ayudas? -dí­jome el chaval del 7º D, un preadolescente de doce años.
-"Claro" -respondí­ saliendo de la porterí­a- "¿Qué ha pasado?"
-"Es que se me ha quedado las llaves atascadas en el ascensor."
-"A ver. Veamos".

Vamos a uno de los cuatro ascensores del bloque de diez pisos, más el bajo y dos plantas de garaje a las que se accede desde los ascensores por medio de llavines. Ahí­ está el llavero colgando de uno de los interruptores del garaje.

-"Mmm. Ésto no es la llave del garaje."
-"No, es la del buzón. Es que estaba jugando."
-"Bueno, no pasa nada" -Tiro de la llave pero no sale.
-"¿Podrás sacarla?"
-"Espero que sí­. Voy a por el 3-en-uno."
-"Por favor, que no se entre mi madre."
-"Vale. No te preocupes."
 
Su madre. Cualquiera que le oiga. Su madre no me parece un sargento, es más bien alegre, sociable y desenvuelta. La inmensa mayorí­a de los vecinos me trata como un sirviente, élla es de los pocos que no.

Claro que vete tú a saber. Es actriz, o lo era; a sus cuarentaypocos ya no puede andar interpretando a jovencitas descocadas como hací­a en las pelis de destape. Y pese a tener un hijo, no da aspecto de madre cinematrográfica, amable matrona redondeada y asexuada; por el contrario, sigue teniendo un cuerpazo. Y una carita muy dulce, así­ que tampoco le da para hacer de malvada madrastra sacacuartos.

En todo ello pensaba mientras le aspergí­a aceite a la llave, tiraba de la misma con unos alicates, desmontaba el tablero de mando para ver si podí­a sacarla desde atrás, cosa imposible pues el bombí­n iba encapsulado en una funda de plástico duro que hací­a las veces de casquillo conductor de la corriente.

Debí­ estarme un rato largo hasta que élla apareció.

Élla, con sus largas piernas, su bikini amarillo chillón, su olor a piscina. Y yo acalorado por llevar buzo en verano, pero sobre todo, porque no tení­a idea de cómo extraer el llaví­n.

-"¿Cómo vas? ¿Puedes sacarla? Mi hijo me lo ha contado."
Honesto muchacho. -"Qué va. Por detrás del tablero no se puede, ya lo he desmontado; y así­ temo romper la llave y serí­a peor."
-"No te preocupes, que pienso castigarle por ésto."
-"Mujer, no hace falta. Es solo una chiquillada sin importancia."
-"No. Se va a creer que por no tener un padre puede hacer lo que le venga en gana."
-"A mi me parece un chaval muy sensato. El que más de entre su grupito de vecinos."

Se queda mirándome desde sus ojos castaño oscuro a la altura de los mí­os. Yo sigo haciendo que hago, sudando ya (mierda). Pienso que ahí­ parada con el cuerpo húmedo va a coger frí­o. -"Le estás educando bien"- Le sonrí­o ¿derrotado? Qué favor me harí­as, maldita llave, si salieras.

-"Pero aún así­, mira lo que ha hecho."
-"Bueno. No hace tanto nosotros también fuimos adolescentes. Alguna liarí­amos a nuestros padres."- Quedarí­a como dios si sacara la llave; pero, bueh, se conoce que estás cosas sólo pasan en las pelí­culas.
-"Aún así­. No quiero que me echen nada en cara los vecinos. Ya les conoces."
-"Si, eso, si."- Doy los últimos tirones haciendo tambalearse al ascensor.
-"¿Puedes?"

Es fustrante, es fustrante, es fustrante, hacer el ridí­culo de esta manera delante de una chica que te gusta. Derrotado por una llave de apenas cuatro centí­metros.

-"Lo siento."

Lo siento. De millones de veces en que lo dije en mi vida, nunca fui más sincero que en esta ocasión. -"Voy a taparla con cinta, para que nadie la toque y mañana lunes llamo al técnico."

-"Es que soy un torpe."- Rí­o nervioso.
Mirándola a los ojos, hundido, le digo -"perdona."
-"No, oye. Perdona tú. Siento haberte causado este problema."

Me acaricia el hombro izquierdo y decimos a la vez -"gracias."

La veo salir al jardí­n hacia la piscina del edificio. Su melena oscura, su espalda erguida, la parte inferior del bikini amarillo, sus piernas. Mierda; mierda, mierda, mierda y mierda. Y más mierda.

-"¿La has sacado?"- Pregunta el crí­o que ha llegado de no se sabe dónde a todo correr.
-"Qué va. No he podido."
-"¿Estaba muy enfadada?"
-"No. No me lo ha parecido."

No cunda el desánimo en tí­ que me lées. Pues has de saber, amante de los finales felices, que poco tiempo después Élla y yo comenzamos a salir juntos.


Merry England. 4*



Cuarenta minutos.

Cuarenta fueron los minutos que transcurrieron en el húmedo atardecer de Drury Lane, malhadado barrio de Saint Giles, Burgo de Candem, Londres, antes de que apareciera la Policí­a, ya entrada la noche, a separar (y llevar presas) a las dos harpí­as. En tanto, fascinado y horripilado por igual, asistí­ a un sangriento combate.

La joven rubia largirucha abalanzóse, casi de cabeza, contra la mujerona morena; ésta trató de alejarla de sí­, más siendo ambas de parecida estatura, lo único que consiguió intentándolo fue recibir un severo castigo. Retrocedí­a desesperada la morena ante los embates de su rival cuando dió en cambiar de táctica, halarla de los blondos cabellos con su siniestra, atraerla hacia sí­ y propinarla toda suerte de golpes, certeros a fuerza de la falta de espacio, con el puño derecho cerrado en el que custodiaba su media corona.

No arredró su acción a la meretriz, que, copiando la estrategia de la irlandesa, procedió a asegurar una presa en los negros cabellos de su antagonista con la izquierda y usar el otro puño que enfundaba su media corona, para descargar con fiereza todo tipo de golpes en la cara y los pechos de su rival.

Impreciso es el tiempo en que estuvieron así­, encorvadas mientras sus espaldas se cubrí­an de gotas de agua, producto quién sabe tanto de la condesación del aire como del sudor, entre el griterí­o del público, hasta que el mutuo castigo que se infligí­an las forzó a separarse. Visibles eran las contusiones en cara y cuerpo que ambas se habí­an propinado, más éllo no restó un ápice a su determinación. Antes bien al contrario, enardecidas por el dolor, se abalanzaron rabiosas la una contra la otra.




Tras un primer choque inicial de sus dos cuerpos semidesnudos, separadas por el brutal impacto frontal, procedieron a propinarse patadas, que apenas alcanzaban a dañar las piernas de la oponente, en una suerte de baile demente y deseperado; agarrándose cada cual sus respectivos faldones para aumentar la eficiencia de sus punterazos a las piernas de su rival, enajenaban a la muchedumbre ante su casi completa desnudez; admiraban los brutos los espásticos bamboleos de sus pechos, pero ambas, concentradas y crispadas, dudosamente hubieran entendido los halagos y requiebros que se les ofertaban.

Inicióse una nueva escalada de la violencia cuando a puño cerrado, a una distancia menor que sus largos brazos, ambas intentaron golpearse, pero en ese intercambio hubo por mor de los golpes errados, oportunidad para que ambas terminaran abrazadas.

Exhaustas por igual, sin signos de prevalencia en su lucha, la prostituta rubia aún tuvo arrestos para arrastrar a la morena matrona contra el poste de un tenderete, mas ésta cerró sus brazos en torno de su joven competidora intentando paralizar a su oponente. En el fragor de tan insensual abrazo, la captiva destrozaba la espalda de su rival contra el poste, mientras que esta hací­a alzar al cielo la cara por el dolor causado por sus respectivas presas para con su enemiga.




Interesánte espectáculo, comenté yo ahito por el despliege de brutalidad y ¿por qué no decirlo?, vergonzante sensualidad, a Mr. Figg; a lo que éste respondióme que el asunto distaba mucho de estar zanjado, en lo que hací­a una seña a Wilbur, el marido de la morena.

Éste encorajinó a su cónyuge, instándola a salir del estancamiento; a su vez, las compañeras de profesión de la rubia, animaban a su campeona a finalizar la disputa. Dolidas, ensangrentas, llorosas y magulladas se desligaron de su antinatural abrazo.

Más a los sanguinarios partí­cipes, no se compadecieron de su dolido estado fí­sico y espiritual. Y literalmente empujaron la una contra la otra a ambas mujeres. Al contacto, como de común acuerdo, agarraron por el cuello a su rival, esta vez ambas con el brazo derecho en el que todaví­a conservaban el blasón de su futura victoria.

Las respectivas manos izquierdas, libres de traba, engarfiadas de uñas, procedieron a causar una sanguinolenta carnicerí­a de arañazos complementados por mordiscos y cabezazos. Lloraban entrambas en una mezcolanza de dolor y rabia mientras se destrozaban entre sí­.

La noche ya habí­a caí­do, arrodilladas sobre el pisoteado suelo, enzarzadas en su combate sin vencedora, ambas vencidas por los terribles daños que se habí­an propinado, oí­mos los silbatos de la Policí­a. Allá fué ver salir a la multitud corriendo. Nosostros los gentilhombres apartándonos discretamente, para dejar hacer a la Autoridad. Las dos gladiadoras, que digo, amazonas, trabadas en indecisa contienda.

Tal fue el abrupto fin de tan singular experiencia, tan desagradable como enervante. Aunque no el fin de esta historia que tú, lector, podrás disfrutar en la próxima entrega.

* Continuará.

ENNAS

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Re: Argentí­nea / Forlorn
« Respuesta #31 en: Mayo 20, 2011, 10:08:50 p.m. »
Las veladas en Benicarló.

Lunes 9 de mayo.

Me voy de vacaciones con mis padres. Verdean los campos todaví­a. No paramos hasta llegar a Burriana. Buscando donde comer encontramos pizzerias, dí¶ner kebab, chinos, frankfurts, hamburgueserí­as... ni un restaurante normal; cosas de la multiculturalidad. La plaza, eso sí­, es deliciosamente decimonónica, amén de Ayuntamiento e Iglesia, cuenta con una Cooperativa Agrí­cola San José y hasta una Sociedad Filarmónica de Cazadores.

Pronto descubriré que entre eslavos en el sector servicios y magrebí­es en faenas agrí­colas, el Bajo Maestrazgo parece haber sido reconquistado por la Taifa de Saracusta, que con los Ben Hud, yemení­es éllos, supieron ampliar su mandato hasta la costa durante el siglo XI. Si El Cid y El Conqueridor levantaran la cabeza... Los moriscos han regresado, quizá nunca debieron salir.

Cruzamos la capital, Castellón, en vez de circunvalarla. Ésto último es posible porque como tantos otros pueblos de la costa mediterránea fue construida tierra adentro alejada del puerto por temor a los ataques desde la mar. Atravesarla nos permite ver que en sus glorietas dan en poner colosales y horribles esculturas metálicas a modo de ninots, lástima que no puedan quemarse. Los profesores salesianos me enseñaron que cuando el arte tiende al colosalismo es que la civilización está a punto de colapsar. Si lo sabrán los dinosaurios.

Entramos en Oropesa de Mar a ver el edificio en obras en el que compró una vivienda un vecino nuestro y pasado el balneario nos encontramos con Horrorpesa; no sólo el mal gusto de las moles metálicas de las glorietas, a cual peor. También bloques y bloques y más bloques de edificios de apartamentos hasta tapar la luz del Sol. No me lo esperaba, pensé que habiendo invitado a todo un presidente del Gobierno a veranear, allá habrí­an campos de golf y chalets unifamiliares, algo elegante para gente pudiente. Qué va. El horror de los horrores. Ni con las hordas de Atila llenarí­as tanto piso cerrado. Pero a su manera la inhóspita Horrorpesa es sí­ntoma de lo que fue el milagro español: “construye que ya se venderá” era el lema. Luego decimos del criticado desarrollismo franquista, ésto fué peor aún.

Llegamos al fin a nuestro campamento base en Benicarló. Encontramos todo cerrado pues, según nos comenta el casero, están en fiestas por San Gregorio; añade que por suerte no hay tanto alboroto como durante las Fallas (al parecer antes no se hací­an). Nuestro apartamento está junto al Parador Nacional, uno de los más antiguos de la red pues se proyectó en 1929 y se inauguró hacia 1933. Es de construcción moderna y anodina, y no destaca mucho con sus apenas dos pisos de altura. Al parecer las dos alas hacia la playa son un añadido posterior que ahora estorba al plan urbaní­stico de hacer un paseo marí­timo entre Peñí­scola y su otrora dependencia de Benicarló.

Fue en este parador donde se sitúa el diálogo de Manuel Azaña, cuyo tí­tulo he plagiado vilmente, “La velada en Benicarló”; apenas unas ochenta páginas, que pueden descargarse para leer acá: http://www.4shared.com/file/68YV1Y4N/0074_AZAA_MANUEL_-_LA_VELADA_E.html






Martes 10 de mayo.

לֹא לָנוּ יְהוָה לֹא לָנוּ כִּי־לְשִׁמְךָ תֵּן כָּבֹוד עַל־חַסְדְּךָ עַל־אֲמִתֶּךָ׃

Non nobis, Domine, non nobis,
sed nomini tuo da gloriam
super misericordia tua et veritate tua.

Salmos, 115, 1.

Nublada la mañana nos dirigimos a Peñí­scola por la costa. Hay un autobús a la puerta de nuestro apartamento que une las tres localidades de Peñí­scola, Benicarló y Vinaroz.

Al parecer la zona buena de Benicarló está en el camino a Peñí­scola, con sus chalets y sus urbanizaciones que llegan a unir las dos localidades. Aparcamos a la vera de un pequeño marjal, que tiene un paseí­to bastante degradado por los que no leen los letreros trilingí¼es castellano-élfico-inglés de no arrojar basura, habrá que escribirlos en árabe y rumano. No obstante, pueden verse los manantiales subacuáticos y pequeñas aves zancudas. De los peces endémicos autóctonos la verdad por ser tan pequeñitos no se aprecian, en cambio abundan gran cantidad de lisas un pez de tamaño considerable y morro grueso que habita en desembocaduras limpiando las aguas.

Bien está que las gentes hablen español del este, acepto que digan que su lengua élfica no es alto sindarin, pero de ahí­ al despiporre ortográfico que se traen... He visto escrito “arroz setjat” “arroz seyat” “arroz sechat” y “arroz seixat” en varios restaurantes del paseo; todo para hablar del arroz a banda de toda la vida (seguro que alguno lo escribirí­a haroz ha vanda). Si a eso sumas que hay casas con dos y hasta tres números distintos, dura profesión la de cartero en estas tierras.



La pení­nsula-fortaleza es impresionante de ver y visitar, tiene un recorrido turí­stico, contrario a las agujas del reloj por el interior de las murallas hasta el castillo plagado de tiendas de recuerdos. Dicen los comerciantes que el negocio ha bajado mucho, pero lo achacan a la poca presencia de turistas extanjeros a los que echan en falta y eso que las revueltas árabes nos iban a beneficiar. El castillo, mil veces reconstruido, lo único que tiene son las vistas y una pequeña exposición permanente sobre los Templarios en las antiguas mazmorras (hay que tener mala uva).

Es más una visión general de la Orden que presta más atención a sus actividades en el Reino de Ultramar –tienen todo un expositor dedicado a la desastrosa Batalla de los Cuernos de Hattin- que a su papel en la fundación y expansión del Reino de Aragón.

Baste recordar que en los albores de la Primera Cruzada, castellanos y leoneses ya habí­an atravesado el Tajo mientras que navarros, aragoneses y catalanes no habí­an conseguido llegar al Ebro. Animados por el espí­ritu de la cruzada, los orientales trataron de doblegar a la poderosa Taifa de Saracusta y así­ el rey navarro-aragonés Alfonso I el Batallador, que legarí­a Aragón y Navarra a los Caballeros del Hospital y del Temple, y los condes de Barcelona Ramón Berenguer III y IV, que se harí­an ordenar Templarios, consiguieron sobrepasar el Ebro.

No terminan acá las relaciones entre aragoneses y las órdenes de monjes-guerreros, y en fechas tan tempranas como 1180-84 tenemos como noveno gran Maestre de los Templarios al veterano noble aragonés Arnaldo de Torroja (Arnaud de Toroge, en las listas francesas); por desgracia su labor diplomática la echó por tierra su sucesor, un cabeza de chorlito que a base de tocarle las narices a Saladino consiguió perder Jerusalén.

Poco después entre 1194 y 1200 tenemos al decimosegundo gran Maestre, un tal Gilbert Hérail, que en realidad serí­a otro aragonés llamado Ginés de Eril, que como su paisano prefirió respetar los acuerdos de paz en Tierra Santa y centrar sus esfuerzos en revertir el dominio de los musulmanes de Al-índalus.

En años posteriores, amén de arrimar el hombro para quebrar el Imperio Almorávide en la Batalla de las Navas de Tolosa, los Templarios hicieron cuanto pudieron por recuperar la Provenza, en aquellos entonces territorio vasallo del rey aragonés, de la herejí­a cátara albigense. Urdieron el matrimonio y posterior divorcio del rey Pedro II con la señora de Montpellier y se quedaron con la tutela de su único hijo, el futuro Jaime I el Conqueridor.

A su vez, éste utilizó el castillo templario de Monzón donde fué criado, como plaza neutral para convocar las Cortes Aragonesas. Y fiel al estilo de sus maestros, y aprovechando que su coetáneo el rey castellano-leonés Fernando III el Santo habí­a conquistado el valle del Guadalquivir, consiguió que el único reino islámico que quedara en la pení­nsula fuera el de Granada, que para eso el malik granadino habí­a colaborado con los castellanos en la derrota de Córdoba y Sevilla, pasándose la umma y la solidaridad islámica por donde os podéis imaginar.

Contemporáneo de entrambos grandes reyes peninsulares fue también el decimoquinto Gran Maestre del Temple (1218-1232), otro aragonés llamado Pedro de Montagut (Pierre de Montaigú) de renombradas hazañas en Tierra Santa, si bien se negó a participar en la Quinta Cruzada en la que el tres veces excomulgado Kaiser Federico II, stupor mundi que le decí­an los religiosos, recuperó doplomáticamente Jerusalén. Por un curioso caso de homonimia, su colega el decimocuarto Gran Maestre de los Hospitalarios se llamaba Pierre Guerin de Montaigú; hay quién dice que eran parientes, pero también se cuenta la intrigante historia de que siendo ambos principales invitados a la boda del Kaiser Federico, nunca nadie los vió juntos.

Volviendo a la Corona de Aragón, Pedro III el Grande aprovechó su matrimonio con la última Hofhenstaufen descendiente directa del Kaiser Durmiente para reclamar la isla de Sicilia para sí­. Éso le valió la excomunión. El Rey de Francia se aprestó con la venia del Papa a hacerse con los territorios aragoneses. Pero los Templarios aragoneses, que no habí­an movido un dedo para ayudar a su abuelo en contra de la Cruzada albigense, ni al propio rey para conquistar Sicilia, decidieron ayudar a Pedro III a conservar sus tierras; de lo cual tomaron buena nota tanto el Papa como el Rey de Francia. Ni veinte años más durarí­a la orden.

El vigésimo segundo y último Gran Maestre de los Templarios fue Jacques de Molay (1291-viernes 13 de octubre de 1307). No, este no era aragonés, pero guarda mucha relación con el reino. Veréis por ahí­ listas donde le consideran el vigésimo tercero, éllo se debe al error de considerar que el Senescal –segundo rango en la orden- Richard de Bures llegó a ser Gran Maestre, lo que no es cierto.

Pues bien. Jacques de Molay, pintado siempre como un aristócrata indolente y pusilánime, fue en realidad un heroí­co guerrero. Nombrado durante la pérdida del puerto de San Juan de Acre, última gran posesión de la cristiandad en Tierra Santa, tuvo el suficiente aplomo para conquistar el islote de Arwad (Ruad) frente a la costa libanesa, al que convirtió en fortaleza y base desde la que no cejó de hostigar a los mamelucos. Trabó una alianza con los mongoles, pero la Horda de los descendientes de Hí¼lagí¼ Khan, estaba en proceso de convertirse al islamismo. Así­ que casi que le tocó pechar el sólo con sus pocas decenas de hermanos caballeros y los centenares de turcópilos de a pié contra las miriadas de musulmanes. Perdieron, es obvio, pero lo hicieron atacando, cosa que merece ser recordada, creo yo. ¿Me entiendes, fan de Mourinho?

Cosa menor le debió parecer al Maestre expulsar del Temple a un oscuro plebeyo alemán -hermano sargento según la terminologí­a de la orden- llamado Rutger Blume, por rapiñar las riquezas de los cristianos durante la huida de Acre. Este ex-templario, pasarí­a al servicio de la Corona de Aragón con el nombre de Roger de Flor, futuro lí­der de las compañí­as almogávares contratadas por el Basileus Andrónico V para combatir al turco. Pero como la cabra tira al monte (y los catalanes son como son) Roger de Flor se ganó la inquina de los bizantinos por saquear tanto a turcos como a griegos sin hacer distinción.

Más aprecio pareció mostrar De Molay por el sabio mallorquí­n Ramón Llull, cuyos escritos leí­a y valoraba, si bien no siempre coincidí­an. Pero el detalle curioso está en que el malhadado sicofante Esquieu de Floyran, el tipo que proporcionó el material para encausar a los Templarios, dirigióse primero al Rey Jaime II de Aragón con sus mentiras, según decí­a confesadas por un ex-templario arrepentido mientras ambos estaban presos en Carcassona. Pese a estar el soberano aragonés en malos términos con el Temple, no prestó atención a las difamaciones del rastrero, que halló oí­dos más complacientes en la corte del Rey de Francia, Felipe IV el Hermoso, primo hermano del propio Jaime II.

Desaparecidos los Templarios abochornados por los infames, los reyes de Francia se sintieron lo bastante fuertes como para humillar al Papa y trasladar la Santa Sede a Aviñón, provocando el Gran Cisma de Occidente. Pero uno de los antipapas aviñonenses resultó ser menos devoto de Francia de lo que hubieran querido. Trátase del aragonés Pedro Martí­nez de Luna, como pontí­fice Benedicto XIII, y popularmente el Papa Luna. Que huyó de Francia para instalarse, fí­jate tú lo que son las cosas, en la pení­nsula-fortaleza que los Templarios tuvieron en Peñí­scola. Mucho tuvo que ver Benedicto XIII en la actual configuración de España, pues fué pieza clave para resolver el interregno aragonés en el Compromiso de Calpe en favor de la dinastí­a castellana de los Trastámara en la persona de Fernando I de Antequera. Amén su encabezonamiento –mañico tení­a que ser- en no renunciar a su papado llevo al vulgo a acuñar la expresión “seguir en sus trece” en alusión al ordinal de su nombre pontificio.


Sigamos con mis vacaciones: de entre las miriadas de restaurantes terminamos eligiendo uno a las faldas del castillo llamado Calabuch, mi madre dice que es porque la simpática pelí­cula del mismo nombre se rodó acá. De hecho vimos descargar camiones de material luminotécnico para rodar vaya usted a saber qué pelí­cula o serie.

Encontramos una franquicia de yogures helados, que se sirven como los fresisuis de los Simpson y luego les puedes añadir sabores (yo, dulce de leche). Un poco agrios, pero están ricos, decí­a el chaval que pese a su chinesco nombre, en realidad son de Denia, pero se han extendido por la costa mediterránea y crée que es posible que haya alguno en Madrid. Ah, se llaman Llaollao.

A la tarde nos fuimos a Vinaroz, donde en su Casa Membrillera ofrecí­an una exposición de variopintos objetos de los años treinta y cuarenta. He visto un libro –no sé el tí­tulo- del año 1952 –creo- con un planisferio celeste a doble página con guí­as metálicas rotables en forma de medialunas para distinguir los cielos ¡qué cosa más linda! Hay muchos  más libros escolares, que mis padres, niños de la posguerra, aún recuerdan. También un mapa de la provincia de Castellón señalando por pueblos los internados en el campo de exterminio de Mauthausen (cuesta creer que fueran tantos). Y más libros, en vitrinas, sobre las “glorias” de la cruzada, escritos por los vencedores. Otrosí­ muestran las fichas carcelarias de muchos castellonenses represaliados en la posguerra.

Al volver a Benicarló, ya entrada la noche, nos encontramos con una barahunda de mascletás y bocinazos. Alegria ní£o tem fim ¿Pero la fiesta no era ayer? ¡Ah¡, que es que ha ganado la liga el Barí§a. No digo yo que los benicarlandos sean del desdichado Castellón de Planelles, el mejor jugador que jamás haya conocido Del Bosque. Comprendo que los albinegros ahí­ penan al borde de la quiebra en la segunda B; pero al menos que apoyen al Villarreal, o al Valencia. Pues no, del Barí§a. Unicefato ní£o tem fim.


Extractos selectos de "La velada en Benicarló". Manuel Azaña, 1937. (Primera parte)

MARÓN: "Por mi cuenta hay ya cuatro Españas. Nada menos. En Parí­s se habí­a formado una tercera España, con los designios que usted le oyó a su amigo barcelonés. Pero ha surgido la cuarta España, con soluciones mucho mejores. Ahora falta que entren en guerra civil, dentro de Parí­s, como lo están las dos primeras en la Pení­nsula. En realidad, todos esos miembros pasivos del Comité de No-Intervención, tienen mala suerte. Si la guerra se hubiese acabado en septiembre con la destrucción de la República, siempre habrí­an quedado deslucidos, pero cómodos. "¿Ven ustedes? ¡Todo estaba perdido! ¿Qué í­bamos a hacer allí­?" Prolongarse la guerra indecisamente, tiene que disgustarles aunque no quieran, porque los deja en mala postura sin disculpa posible. Aunque se callen (no todos se callan), su sola presencia daña. Y cuando hablan... lo más inocente es justificarse arbitrando planes polí­ticos para personas superiores y finas.

PASTRANA: Que son finos, superiores a nosotros, verdaderos cafres que aguantamos los bombardeos, se les nota cuando por accidente vienen a España. Uno estuvo en Valencia cuatro dí­as. Muy enojado porque el Gobierno no se apresura a editarle su obra sobre Recesvinto... ¡Ya ven ustedes, Recesvinto! Me habló del Foreing Office, del Quai d'Orsay, del Gentlemens agreement, del Covenant, de la seguridad colectiva, del asentamiento de campesinos asirios, de la Conferencia de los Nueve, del Comité de los Veintitrés... Precaviéndose contra un reproche que nunca pensé hacerle, afectaba una distinción lánguida. Leí­a en sus ojos cierta protección distante, compasiva. Aquella noche sufrimos un ataque aéreo. Mucho ruido. Algunos muertos. El hombre se presentó en mi casa a pedirme que obtuviese de Prieto un permiso para salir en el primer avión. No le di de bofetadas. Ha repasado los Pirineos. Mis carcajadas lo acompañan."




"LLUCH: Siempre en el Alto Aragón. Me sacaron de Barcelona para utilizar mis servicios, y de paso, protegerme. Me vino bien, porque me libré de los enredos de la Universidad. Se habí­a transformado en Universidad de Cataluña. Así­ lo reza un letrero en la fachada. Ahora somos más nacionalistas que nunca. Funcionó un comité de bedeles y empleados subalternos bajo la presidencia nominal del rector, encargados de depurar el profesorado. Me desagradaba meterme en eso. Perdieron su plaza algunos catedráticos desafectos al régimen, quedaron otros desafectos a la ciencia. La plantilla de subalternos y administrativos de la Universidad, que por añadidura está cerrada, ha crecido hasta ciento treinta funcionarios. Muchos más que catedráticos. Bueno. El caso es que me zafé de aquellos enredos. Por cierto que ahora resucitan. La primera depuración no era perfecta, hay que depurar más, quieren nombrarme a mí­ para entender en ello. Denuncias: don fulano dijo esto o lo otro, el bedel mengano se guardó unas propinas, tení­a en su casa un retrato...
¡Se estaba mejor en el frente! Organicé unos hospitalitos de campaña, trabajé en ellos una temporada. Después me trasladaron a otro, más a retaguardia, en una ciudad pequeña, fea y bárbara, asolada por la guerra y la revolución. Lo menos lastimoso, la sala del hospital. ¡Qué extraña experiencia!

GARCÉS: ¿Funcionaba el comunismo libertario?

LLUCH: Mientras yo estuve allí­, no, señor. Hubiese sido bueno que funcionase algo. Mucha gente habí­a desaparecido, el dinero totalmente. Los ví­veres se repartí­an con desigualdad tradicional, pero ahora estaban en turno otras personas. Gran confusión, voluntad excelente, miedo avasallador. Donde antes habí­a una persona para desempeñar un servicio medianamente, cuando no mal, encontré siete, doce o veinte, convencidas de hacerlo todo muy bien a fuerza de discusiones. Quienes no tení­an aún motivos para asustarse, parecí­an petulantes, autoritarios, ufanos como chicos con zapatos nuevos. Por ensalmo habí­an puesto la mano en el ápice del mundo y se disponí­an a cambiar su ruta. La población exhibí­a la uniformidad nueva del desaliño, la suciedad y el harapo. La raza parecí­a más morena, porque los jóvenes guerreros se dejaban la barba, casi siempre negra, y los rostros se ensombrecí­an. Largas melenas, pechos velludos descotados, fusiles en bandolera, reminiscencias de un siglo atrás, locuras románticas, barricadas revolucionarias. Mucha gente incurrí­a en la uniformidad del andrajo por miedo de parecer acomodada, sobre todo si lo era aún o lo habí­a sido. Ningún sombrero, boina cuando más. Cuello en la camisa, nunca. La corbata habrí­a sido un reto insolente. Conservar mi vestimenta de siempre, parecí­a un rasgo de valor. "Estas modas se implantan aquí­ con más entusiasmo que en Barcelona", pensé, recordando el aspecto de las Ramblas desde el dí­a en que la capital se encasquetó la boina y pareció toda ella vestida en almacén. Los soldados del antiguo ejército conservaban alguna prenda reglamentaria descabalada. Los oficiales, ahorcado el uniforme, lucí­an prendas de cuero, cierres de cremallera, cadenillas y preseas de fantasí­a, en lo que apuntaban ya el lujo, la elegancia... Difí­cil situación la de los oficiales, más penosa cuanto más probada su lealtad. Hallé un hospital junto a una cuadra de animales. En largos coloquios con los mandones del lugar, obtuve un caserón para albergar heridos, inmediato al cementerio. "Será por la escasez de transportes", me dije, cediendo al mal humor. El hospital nuevo funcionó pronto. Casi todas las noches a las altas horas, sonaban en el cementerio descargas de fusilerí­a. La primera vez pregunté: "¿Qué disparos son esos?" Tres sujetos estaban conmigo. El uno, muy ceñudo, no contestó. Otro, sonriéndome con sonrisa de connivencia, repuso: "¿Qué ha de ser?", sin más. El tercero me dijo: "Fusilan en el cementerio", como podí­a haber dicho: "Está lloviendo". Una noche, a fines de agosto, mientras de codos en la ventana de mi cuarto tomaba el fresco, sonaron en el cementerio tres descargas. Después, silencio. ¿Qué pasaba por mí­? ¡No sé! Me parecí­a ver la escena, como si el cementerio, rodeado de tiniebla, se hubiese iluminado. No podí­a quitarme de la ventana. De allí­ a poco, se oyó un gemido. Escuché. El gemido se repitió, más recio, creció hasta ser alarido, intermitente, desgarrador... Aquella oscuridad, el silencio... Nadie respondí­a. El casi muerto, en el montón de los ya muertos, gritaba de espanto, devuelto a un poco de vida, más horrible que su muerte frustrada. El grito vení­a en derechura disparado contra mí­. Traje a la ventana a unos empleados del hospital. "¡Vamos a buscarlo, quizá se salve!" Rehusaron, porfié, me lo prohibieron. ¡Quién se mezcla en tales asuntos! Todo lo más, enviar un recado a la alcaldí­a. Se envió el recado. Pasó tiempo. ¡Tac, tac! Dos tiros en el cementerio. Dejó de oí­rse el gemido."




"MARÓN: ¡Ah! ¡Usted ha estado en Málaga!

UN  CAPITíN: Hasta cuatro dí­as antes de perderse la ciudad. Me tocó un chinazo. Nada, quince dí­as de hospital... Por suerte, me evacuaron. Allí­ tuvimos hasta hace poco un comandante militar extraordinario: "Yo no hago fortificaciones -decí­a-. Yo siembro revolución. Si entran los facciosos, la revolución se los tragará". Con esta moral se pretendí­a preparar la resistencia de una ciudad floja y revuelta de por sí­. Asombra que no la tornasen antes. Bocado fácil. Desembarcar en Estepona no les costó nada. ¿Qué í­bamos a oponerles? Revolución solamente. En Málaga disponí­amos de seis piezas y de siete u ocho mil fusiles para cubrir un frente de unos cincuenta kilómetros. Por qué no habí­a más, es otro cuento. Se habla mucho... Seguramente el Gobierno no disponí­a de tropas ni de material. ¡Y Málaga cae tan lejos! Otro botón. Allí­ habí­a depositados muchos miles de toneladas de aceite que valí­an buenos millones. El Gobierno quiso sacarlo. ¿Qué comité, qué responsable, qué gobernador, o qué junta de defensa se negó a obedecer? El aceite cayó en poder de los italianos.

MARÓN: ¿Aquel comandante inverosí­mil era un jefe del ejército?

UN CAPITíN: Lo es todaví­a"




"PAQUITA: ¡Si eso es un contrato!!... ¡Qué remedio! Todos; iguales, a tres duros, el tramoyista y la primera tiple. Teatro lleno, pero tres duros. Es que estamos colectivizados. Recaudan en teatros y cines más de veinte mil duros diarios y a nosotros no nos dan nada. Nadie rechista. Una noche hubo escándalo porque me negué a repetir mi numerito. ¡Que lo repita el tramoyista! ¿No ganamos lo mismo? Pero todos se aguantan. ¿Has visto en un cine del Paseo de San Juan El vagabundo millonario? Es de actualidad.

RIVERA: He visto Vidas en peligro, que no lo es menos,

PAQUITA: Soy muy republicana, pero estas cosas...

BARCALA: ¡Qué has de ser republicana! Eres cosa mejore. Por ti me hago yo... fascista.

PAQUITA: ¡Idiota! Por supuesto, fascista hay que ser para sacar tajada... En Barcelona están la Teresita San Juan y su marido. No trabajan. Andan buscando que la Generalidad los embarque para América y los subvencione. De lo más carca. Nunca han podido ver a la República. Cursis del Blanco y Negro... Ahora hacen la rosca a los que mandan. Como la Soledad Martí­nez. La embarcaron aquí­, después de darle dinero y cuanto quiso. ¿Qué ha dicho en la Habana? Horrores. Lo mismo sucederá con la Teresita. No escarmientan. Con ella está Antonia de Gracia... Tú la conoces, Miguel. ¡Hay que oí­rla! ¡Cómo os pone! Parece una marquesa a quien le han quitado el oratorio y los olivares. ¿Por qué no se lo dices al Gobierno?"

ENNAS

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Re: Argentí­nea / Forlorn
« Respuesta #32 en: Enero 22, 2012, 10:14:10 p.m. »
Evanescente.


That means no
Where i come from
I am cold, out waiting for the day to come

I chew my lips
And i scratch my nose
Feels so good to be a rose

Oh don't
Don't you lift me up
Like i'm that shy no-no-no-no-no, just give it up

See, there are bats all dissolving in a row
Into the wishy-washy dark that can't let go

I cannot let go
So i thank the lord
And i thank his sword
Though it be mincing up the morning, slightly bored

Oh oh oh, morning
Without warning
Like a hole
Oh, and i watch you go

There are some mornings when the sky looks like a road
There are some dragons who were built to have and hold
And some machines are dropped from great heights lovingly
And some great bellies ache with many bumblebees
And they sting so terribly

I do as i please
Now i'm on my knees
Your skin is something that i stir into my tea
And i am watching you
And you are starry, starry, starry

(and you will never
Ever know how
Very sorry you will be
... I am)

And i'm tumbling down
And i check a frown
Well just look around
That's why i love this town
To see me;
Serenaded hourly
Celebrated sourly
Dedicated dourly

Waltzing with the open sea
Clam, crab, cockle, cowrie
Will you just look at me!
Tu padre te enseña feliz sus tesoros,
papeles de cuando eras niño, hace ya unos treinta años.
Las cuartillas amarillentas, la tinta desvaida hasta parecer una marca de agua.
Felicitaciones a mis hermanos, cuentitos, ideas peregrinas;
está orgulloso de lo que hací­a su hijo.
Qué vergí¼enza.
Qué vergí¼enza me doy.

You'd been a permanent source of disappointment for your relatives.
Few were your chances but all of them marred.
What did you do?
Now you're at home remembering the visit at the parents.
And 'till you hatefully glare at the walls and the ceiling
you ask yourself to no answer.
Where did you take this comfortable path to banality?
when did you loose the future?
The rage burns your breath, your brain fades to black.
At anytime you were oblivious, now check your choice.
Admire the results.

"Look at my works, ye mighty..." (sardonic laughter)

Merde, merde, merde, merde.
Merde alors.

Nunca llegarás a Buenos Aires.
Qué tienes salvo tus malas elecciones diez mil quilómetros al norte.
Sombra en movimiento, la nada en vida,
arrastras el peso de la inercia movido por la acedí­a.

Palabras que se desvanecen en hojas gastadas.
Recuerdos que se pierden, ridí­culos que nunca se marchan.

Nada cambiará, nada puede ser ya cambiado.
No te queda ni esperanza ni valor,
para corregir la derrota hacia otro destino.
Seguirás atado a tus rutinas.

Cuándo, cuándo dejé de ser un niño.
¿Cuándo me convertí­ en un adulto de mierda?
¿Puede uno recuperar al niño que fue?

Le debes al mundo más de lo que le has dado.
Piensa como compensar a tus padres en sus últimos años.
No es mala idea, pero ¿y después?
Irte para ser olvidado.
Mas el miedo te pierde.

Seguir para nada, hasta que no te bastes a ti mismo.
Ya no hay futuro, no para tí­.
Terminarás en un asilo, ni el valor de matarte tendrás.
Maldito cobarde.

Mañana es lunes.

Dolordebarriga

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Re: Argentí­nea / Forlorn
« Respuesta #33 en: Enero 24, 2012, 10:24:27 p.m. »
Tienes unos domingos jodidí­simos, jefe.

"Yo siempre documento lo que digo"

ENNAS

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Re: Argentí­nea / Forlorn
« Respuesta #34 en: Enero 29, 2012, 09:15:34 p.m. »

Es que ni soñando, oye.

Me dan las cuatro de la mañana mientras hago una segunda cena para intentar dormir, al dí­a siguiente trabajo. Doy vueltas en la cama, soñoliento y con la panza llena.

Me despierto en Buenos Aires, arrastrando una maleta con ruedas, con una gigantesca bolsa de deportes cruzada y el maletí­n del portátil colgado del otro hombro. El ¿hotel? de amplios ventanales a la derecha más recuerda por las vistas que entreveo a la calle López de Hoyos a la altura de la estación de metro de Alfonso XIII. A la izquierda se adivinan varias habitaciones que parten de un salón de techo altí­simo con cocina americana.

Me digo que tengo que ponerme en contacto con Silvana y éso me lleva a un edificio con poderosos contrafuertes de color del óxido y un interior de empapelado gris marengo, con gruesas puertas de madera del mismo color que ocultaban a modo de parerga pesados cortinones a juego con borlas doradas. Un ujier con chaquetón con hombreras militares en forma de cepillo y botones dorados como mariscal de campo me guí­a, rí­o para mis adentros mientras pienso que como se entere Sil que he ido al Monumental antes de verla a élla le da un soponcio.

Irme a ver a River Plate, cuando es acérrima de Boca Juniors, que uno de sus mejores recuerdos de la infacia fue cuando su papá -que es fanático de la Acadé- pudo permitirse el lujo de llevarla a la popu de la Bombonera.

El ujier requiere mi entrada y yo, incapaz de entender cómo he llegado hasta ahí­, le digo que no creo haberla comprado. Escenario de ladrillo malpegoteado con cemento, luz en penumbra, sólo iluminado por la diáfana luz que entra desde las entradas al terreno de juego, notas el estruendoso murmullo del público, el olor a césped recién regado y linimento. El tipo que me acompaña, camiseta y vaqueros, me dice que no hay problema, que él puede conseguirme la entrada. En guarda, pienso yo, que estos argentinos son unos liantes.

Lo "sabí­a". Me ofrece una tira de pases para cualquier cosa, el precio no es muy alto, de hecho es una bicoca, pero yo todo digno contra el trapicheo, me niego y le digo que quiero comprar la entrada por cauces oficiales. No hay problema me dice alegre como si no se hiciera mala sangre por mi ¿xenófoba? desconfianza, te llevo hasta las taquillas.

Termino frente a un edificio colonial dirí­amos (Ya despierto me dí­ cuenta de que era la fachada del balneario de La Toja en Granada). Cuando abro veo un montón de personas mayores distribuidas alrededor de mesas de tres o cuatro comensales redondas con manteles blancos, amarillos o cremas que llegan hasta el suelo. Me extraño. Salgo, doy la vuelta al edificio y me encuentro a un orondo cincuentón vestido de uniforme, que vagamente me recuerda al jefe-propietario de la agencia de publicidad barcelonesa en la que trabajé durante las Olimpiadas del 92. Está sacando brillo a un gigantesco deportivo, será su chófer. El auto parece un Rover 3000 pero por la estilizada y hermosa pantera que a modo de emblema figura en la parte central del morro del motor deduzco que es un Jaguar.



Adoro los coches ingleses, yo que siempre conduzco utilitarios y furgones franceses. Mini Cooper, Rover, Jaguar, pero sobre todo el Bentley. Una casi desconocida marca que fabrica por encargo. Nada ostentoso, no son muy llamativas. Pero incluso de lejos no puedes por menos que admirar su elegancia. Lo que darí­a por manejar un Mulsanne.

Estoy de nuevo en el ¿hotel?, mientras atravieso el pasillo, de una de las habitaciones en penumbra sale una mujer recién duchada sorprendida por verme. "Silvana" digo desbordado de alegrí­a, la doy un beso en la mejilla porque cuando intento besarle la otra hace un amago de apartarse. Bah, será la sorpresa o que está recién arreglada. Me da una serie de normas, como si en realidad ella fuera la anfitriona y yo estuviera en su casa de visita, ni la escucho atento como estoy a mirarla, se ha hecho la permanente y lleva una capa de maquillaje, cosa que no me agrada (eramos compañeros de trabajo luego rara vez la vi maquillada). Me advierte con cara de disgusto desde la cocina americana que los dí­as que traiga invitados yo me deberé quedar en mi cuarto sin salir.

Vuelvo a la cafeterí­a colonial, por la puerta principal sigo viendo a los abuelitos y abuelitas degustando su merendola, pací­fica imagen que no calma mi ánimo. Busco en la zona trasera al chófer que ahora parece un randa de mi aldea natal cántabra, con su perfil de garduña, con su fama de sacacuartos (y decimos de los argentinos). Le ayudo a empujar el Rover-Jaguar mientras él más por ánimo de hacer sangre que de informar me dice que Silvana no es trigo limpio. No me enfado, ni me disgusto. Siento una pena inmensa, pero de alguna manera me lo esperaba. Le pido que me lo demuestre.

Vamos por la entrada principal, dice el odioso sicofante. No hay vuelta atrás. Lo sabí­a, lo sabí­a, lo sabí­a. Si no me hubiera achantado cuando la conocí­ en España, ahora no estarí­a haciendo ¿qué? en su Buenos Aries natal. Entramos por la puerta principal, todo parece igual, sólo que las mesas las ocupan hombres cincuentones. Se dirige al  mostrador mientras yo rodeo inquieto las mesas atisbando el paisanaje como si no quisiera admitir la certeza que confirma mis sospechas, alcanzo a llegar hasta el maí®tre a tiempo de oí­rle al lacayo preguntarle ¿Puede venir Petunia Clarke?

Suena el despertador. Mierda, mierda y mierda. Si me hubiera dormido antes quizá hubiera podido salvarla. ¿Salvarla de qué? Mientras rememoro el sueño, surge de las profundidades una escena de "Nashville", una chavalita despampanante pero mala cantante quiere ser estrella del country y consigue un contrato. La escena es odiosa de principio a final, sabes que va a fracasar, que en ese bar de hombres que la abuchean -incluso el dueño le agarra con brusquedad mientras le espeta un ¿crées que te pago para cantar?- lo que se espera de élla es otra cosa. Incrédula, humillada, accede. Cuando vuelva del trabajo, lo miro en internet.

Pero no, Petunia Clarke quizá sea la cantante inglesa Petula Clark. La desasosegante escena de la pelí­cula de Robert Altman la interpreta una tal Gwen Welles, que ganó un Bafta y todo por esa interpretación. No me extraña. Su cara de desconcierto, el aguantarse las ganas de echarse a llorar mientras seguí­a desnudándose frente a la manada de hijos de puta, su salida del escenario a la carrera... Qué mal rollo.

Una versión recortada y ampliamente censurada la podéis ver a partir del minuto uno de éste youtube:



Pareja de tres.

Más o menos me hací­a a la idea de que Norma estaba saliendo conmigo por dar celos a su novio. Pero, mira, mientras dure, es linda, de mi altura, pelo rojizo, ojos grises. No hay nada serio, despegada y altanera como buena habitante de las islas durante el dí­a, de noche se restriega furiosa conmigo pero no contra mí­ en garitos de Howth elegidos por élla.

Un buen dí­a, ejem, una mala noche, me arrinconó contra la barra un bestia parda de casi dos metros, corpulento, pelo rapado al cero. Un hooligan de The Kop, pensé yo. En su mirada proterva capté sus intenciones aviesas y decidí­ por mi bien templar gaitas esperando que se calmara respondiéndole a todo que si. Para cuando quise darme cuenta de que me habí­a preguntado si m-habí­a folla'o a su chati, ya le habí­a soltado que yes, lo que en puridad era mentira.

No reaccionó muy caballerosamente y salvé el primer golpe más que por reflejos por ser cabeza y media más bajo, procedí­a yo a huir a la carrera -táctica poco elegante pero efectiva- cuando la mujer en disputa se le subió a la chepa y empezó a gritar con esos alaridos destrozatí­mpanos que sueltan las féminas en toda clase de broncas nocturnas. Y claro, entenderéis que no la iba a dejar ahí­ vendida.

En fin que tuve que hacerle frente, a distancia a poder ser, a base de interponer mesas y sillas entre él y yo intentando evitar la paliza. Una trifulca indecorosa. Total, que llegó la Garda a poner orden, por llegar llegó hasta una ambulancia mientras los uniformados serios, profesionales y circunspectos me preguntaban algo así­ como si habí­a visto lo que le habí­a hecho al "colega". Me extrañaba la aparente confianza que se tomaban mientras les explicaba que habí­a empezado él y que yo ni le habí­a pegado.

Poco a poco, a base de repetirme la pregunta sin atender a mis explicaciones, fuí­ atando cabos. No me preguntaban en lenguaje coloquial, me inquirí­an oficialmente sobre el daño que le habí­a hecho a su colega. Me quedé helado, muerto de miedo porque estaba en Irlanda de ilegal, les balbucée diciendo que bueno, vale quizá si le habí­a casi tocado pero es que las heridas en la cabeza son muy aparatosas, que yo no querí­a, que vale que tení­a la cara cubierta de sangre pero que yo estaba todaví­a peor.

Vale, vaaale, lo admito, sangraba como un cerdo, él se lo buscó, insisto; yo sólo estaba defendiéndome sin mucho arte y además también tuvieron que atenderme los sanitarios que me dió la paliza de mi vida.

Tendrá noticias nuestras, me dijeron. Norma me acompañaba perniquebrado mientras me preguntaba preocupada si me habí­a hecho daño ese bruto. Yo haciéndome el mártir sin necesidad de fingir mucho. Aquella fué la primera noche que nos acostamos. No iba tan descaminada la respuesta que originó el follón.

Dí­as después en el muelle pesquero en que trabajaba como descargador, se presentó una patrulla de la Garda preguntando por mí­ y de élla bajo la mole. Adiós, pensé, de ésta me echan del paí­s; ahora que habí­a conseguido ser el tipo más solicitado por la colonia española en Dublí­n; bueh, para que engañarnos, ahora que me habí­a encamado con una irlandesita. (Explico lo de la popularidad, por aquel entonces los pesqueros irlandeses arrojaban el marisco de su carga de vuelta al mar por considerarlo incomestible. Yo asombrado ante el despilfarro, les grité que me los dieran, con algo más de entereza les mentí­ diciendo que era para hacer sopa para los muchos pobres; en realidad me los llevaba para venderlos a precio de amigo entre los españoles).

El bestia uniformado todo tranquilo y formal se disculpó a medias, me dijo que si yo no lo denunciaba él a mi tampoco y que por su parte asunto concluido añadió tendiendome la mano. Lo que pasa en Summet Inn, se queda en Summet Inn. Cobardón como soy, yo que sí­ a todo -otra vez- con profusión de gracias. Bueno, no salí­ tan mal librado.

Yo seguí­a con Norma, incluso alquilamos un piso en Dun Laoghaire para vivir juntos, pero inseguro como soy me reconcomí­a la idea de que en realidad élla lo que querí­a era volver con él y que yo suponí­a en principio el testaferro a través del cual darle celos y al final un estorbo para la reconciliación.


Así­ que el dí­a de cumpleaños de élla, me puse en contacto con el tipo (fijáos que ni su nombre recuerdo) le invité por mi cuenta si bien hice que se pasara a final de la fiesta, ya a las tantas de la madrugada. Para mi suerte vení­a ya bebido de casa, me costó poco y nada retenerle mientras se iban los invitados. Norma, sorprendida, me apremiaba a echarle para ir a celebrar su cumple en su cuarto. Con mi sonrisa tonta le dije que él formaba parte de nuestra fiestita de cumpleaños particular. Frunció las cejas divertida como diciendome ¿qué me estás contando? Mi regalito especial.

Es la única vez que he hecho un trí­o con otro hombre. Me sentí­ incomodo en todo momento. Pero Norma fue feliz, no diré mientras le dábamos entre los dos, sino sobre todo después. Me llamó loco con sonrisa de oreja a oreja mientras revoloteba alrededor del desayuno a la isleña que estaba preparándoles. Besuqueándome me dijo que me amaba -sea por siempre bendito Monesvol- yo que lo habí­a hecho por éllos. Para que veáis de lo que sirve ser calculador. Las personas siempre te sorprenden.

Seguí­ con élla hasta que me fuí­ a Barcelona. Cede y triunfarás, wu wei.[/color]

ENNAS

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Re: Argentí­nea / Forlorn
« Respuesta #35 en: Marzo 31, 2013, 06:10:02 p.m. »
No puedo entrar en el foro Ph.

Bueno, en realidad podrí­a, me bastarí­a con volver a cambiar la contraseña (una vez más, y van...); se conoce que como entro poco su sistema adopta esta medida por precaución, el resto es vagancia. Y lo que váis a leer acá, hubiera debido ir allá.

Poggio Bracciolini fue un toscano que vivió a caballo entre los siglos XIV y XV, bien formado, secretario de nueve papas, canciller de la Florencia de los Médici... En fin un tipo bien relacionado. No es conocido en nuestros dí­as pero se le puede considerar el gran proveedor del humanismo renacentista. Pues habéis de saber que haciendo uso de su cargo visitó las bibliotecas abaciales del Sacro Imperio y vertió para el mundo en una nueva y fácil caligrafí­a obras clásicas que la Iglesia Católica habí­a hecho desaparecer de la circulación.

A través de la compra o la copia, el descuido, la confiscación o el robo, Poggio Bracciolini devolvió a la humanidad todo lo que las decadentes abadí­as germánicas le ocultaban. A Cicerón, a Vitrubio, a Ennio o a Quintiliano entre otros muchos. Pero su mayor honra era el haber realizado la única copia existente de la opera omnia de Lucrecio "De Rerum Natura". Lógico que este saqueador de bibliotecas no sea muy mencionado, pero quién roba a un ladrón...

Su entrada en la Wiki: http://en.wikipedia.org/wiki/Gian_Francesco_Poggio_Bracciolini
Página donde leer autores en latí­n: http://www.thelatinlibrary.com/index.html

En otoro orden de cosas y para nuestras coforeras, con cariño y tal:

"Amo tus ojos, amiga,
su maravilloso y travieso centelleo
cuando los alzas de pronto, suavemente
y cual relámpago celestial,
lanzas la mirada en rededor…

Pero un encanto hay aún más intenso:
los ojos, entornándose
en los minutos del beso apasionado
y –tras las pestañas caí­das-
fatalmente anegados por el fuego del deseo."


No, ésto no pertenece a los venerables poetas del latí­n, en realidad es ruso y sale al final de la pelí­cula "Stalker". Pero es la entradilla para lo siguiente.

De espejos e í­dolos.1

СЛОВАРЬ

Я ветвь меньшая от ствола России,
Я плоть ее, и до листвы моей
Доходят жилы влажные, стальные,
Льняные, кровяные, костяные,
Прямые продолжения корней.

Есть высоты властительная тяга,
И потому бессмертен я, пока
Течет по жилам - боль моя и благо -
Ключей подземных ледяная влага,
Все эр и эль святого языка.

Я призван к жизни кровью всех рождений
И всех смертей, я жил во времена,
Когда народа безымянный гений
Немую плоть предметов и явлений
Одушевлял, даруя имена.

Его словарь открыт во всю страницу,
От облаков до глубины земной.
- Разумной речи научить синицу
И лист единый заронить в криницу,
Зеленый, рдяный, ржавый, золотой...
Diccionario

Soy la rama menor
del tronco de Rusia,
soy su carne.
Hasta mi follaje
llegan las venas húmedas,
de acero,
de lino,
de hueso,
de sangre,
son continuación
de las raí­ces.

Hay en las alturas
una poderosa tensión,
por eso soy inmortal.
Por mis venas corren
dolor y bondad,
la humedad helada
de las aguas subterráneas,
todas las erres y las eles
de la lengua sagrada.

La sangre de todos los nacimientos
y de todas las muertes
me llama a la vida.
Viví­ en los tiempos cuando
el genio anónimo del pueblo
reviví­a la carne muda
dándole nombre.
Su diccionario está abierto
desde las nubes
hasta la profundidad terrestre.

A la lengua racional - enseñarle el pájaro
y a la hoja que se dice única
sumergirla en la fuente
verde, rojiza, de oro, oxidada...


Este es un poema de Arseni Alexándrovich Tarkovski, traducido por la argentina Natalia Litvinova. Pinchad en la imágen y llegaréis a su blog:



Si queréis más poesí­a rusa, traducida, la encontraréis en "Pregúntale al señor de la noche...": http://animalesenbruto.blogspot.com.es/

Puestos los enlaces, vamos al tema. Durante gran parte de su vida, Arseni cumplió con la sociedad soviética. Nacido en 1907, fue editor de revistas en los primeros tiempos revolucionarios; corresponsal de guerra durante la Gran Guerra Patria, tuvo que cubrir la humillante rendición de Moscú ante los bombardeos de la Luftwaffe en el 41, perdió una pierna en el 43 y ganó a cambio una Estrella Roja.

Relatado su débito con la patria, nos hallamos ante el raro caso de un poeta que no publicaba poesí­as, se le supone autor de un acróstico contra Lenin que casi le vale ser fusilado y no se le conoce ningún panegí­rico a Stalin (no como a Alberti o Bergamí­n). Digamos que Arseni se ganaba la vida como traductor de poesia árabe, armenia, georgiana y turca. Lo que acá en el bárbaro occidente definiriamos como un orientalista.

Ya sabéis, las delicias de Bizancio, las sutilezas asiáticas, ese hedonismo casi táctil por la naturaleza. La luz del sol derramándose como hidromiel a través de la ventana. La espuma del mar flotando tras restallar las olas contra el farallón. El ombligo de una mujer tumbada de lado tensádose cuando le rozas la piel de su cadera desnuda. Esas cosas.

No fué hasta que su célebre hijo, Andréi, obtuvo el éxito con su primer largometraje "La infancia de Iván" cuando se decidió a publicar por primera vez un poemario. Era 1962. La pelí­cula, enésima fabulación soviética en trono a la Gran Guerra Patria, iba por mal camino y a un recién licenciado Andréi Tarkovski le encargaron el muerto de rodarla y hacerla viable con la mitad de presupuesto. Andréi cumplió y satisfizo tanto a las autoridades cinematográficas que le autorizaron los cuantiosos gastos de su siguiente pelí­cula, la superproducción "Andréi Rublev".

Nadie lo ha señalado, pero no cuesta nada ver el paralelismo que Tarkovski pergeñó entre la vida de su padre y la recreación del monje pintor de iconos. Dos hombres que si bien en un primer momento renuncian a expresar su arte viendo la degradación y la violencia que les rodea, terminan racionalizando todo este dolor precisamente recuperando el arte en su forma más perfectible, como dique desde el que enfrentarse al caos y a la desolación.



Fotograma de "Andréi Rublev" con la primera esposa de Andréi Tarkovski, Irma Rausch, que se divorció de él tras la pelí­cula.

Grande era la capacidad de Andréi Tarkovski para tomar imágenes que fueran metáforas poéticas como podéis comprobar con sus célebres Polaroid; sea la poca calidad técnica de aquel sistema, sea el arte de Tarkovski, sea la exangí¼e luz solar de todas las Rusias, pedazo de fotos que podéis ver acá:

http://riowang.blogspot.com.es/2010/06/tarkovskys-polaroids.html

Visto que era un esteta, las autoridades cinematográficas le conminaron en 1972 a filmar una pelí­cula de ciencia ficción que fuera la réplica soviética de la brillante "2001, Una odisea en el espacio" estrenada cuatro años antes. Un desastre. Donde Kubrik sacaba una nave de un blanco esplandeciente con trajes espaciales impolutos en amarillos y rojos chillones, Tarkovski mostraba paredes corroí­das por el óxido y enmohecidas, puertas desvencijadas y oscuros pulóver de punto deshilachados. Frente a la gran labor de diseño de naví­os interplanetarios del neoyorkino, el de la rivera del Volga resume el tedio del viaje espacial con diez minutos de metraje viendo al protagonista reflejado en el cristal de la ventanilla de un coche que se desplaza por las autopistas aledañas a Moscú.

Se lo tení­an que haber figurado. En la Unión Soviética que presumí­a de la electrificación, la metalurgia y el hormigón, Andréi Tarkovski -el muy puñetero- siempre filmaba en dachas de madera iluminadas por quinqués de petróleo a las que habí­a que acceder campo a través. Se lo tení­an que haber imaginado, pero vete a pedirle a los sóviet imaginación. Así­ que cuando vieron el resultado de su apuesta se enojaron muchí­simo con el camarada Andréi Arsénievich.

Continuará...

1.- Si, esto también hubiera debido ir al Todaví­apordeterminar. Sobre todo porque ahí­ dónde lo véis, tan farragoso, es simplemente la entradilla para hablaros de la pelí­cula "Espejo" de Andréi Tarkovski, que colgué entera en el otro foro.