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Microrelatos again

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California:
Fantasmas cotidianos I

Gerardo Cifuentes, de cuarenta y siete años y cardiólogo de rancia reputación, creyó ver una figura de negro en la sala de espera de su consulta. Se sintió mal durante toda la mañana, así­ que a las doce en punto bajó los tres tramos de escaleras y recorrió el largo pasillo que conducí­a a la cafeterí­a. En algún momento de ese trayecto murió, pero no se dio cuenta de ello hasta que traspasó la puerta.

Mon:
Genial, Cali.

Porfirio:
¡Pobre Juan!, todo el mundo se rí­e de ti. Te llaman desde lejos los chiquillos: "Juan", y tu vas corriendo, queriendo reí­r. Nunca puedes llegar cerca de alguno. Se te escapan, menudos, por entre las calles, y vuelves a quedar solo, limpiándote con la mano las babas que la risa y la carrera te han producido.

California:
Fantasmas cotidianos II

Carmen Santamarí­a, la tristemente célebre poetisa que odiaba las flores y la hermenéutica del amor, escribió su inmortal poema Cenizas de amor incompartido después de haber sido violada por Celestino Bernal, el único hombre que habí­a conseguido traspasar la rocosa corteza de su hastiado corazón. Esa misma noche se entregó a una orgí­a febril de lágrimas y palabras que se prolongó durante tres dí­as eternos. Por fin, abrasada por un indefinible rencor, salió a la calle con un sobre que contení­a diez folios que describí­an una experiencia mí­stica y atroz. Fue justo después de haber depositado el sobre en un buzón de correos cuando leyó el titular del periódico: Celestino Bernal, el asesino de Carmen Santamarí­a, abatido a tiros por la policí­a...

Dan:
Vania Kiriev, nacido Kronsky, dejó caer su maletí­n al llegar al espacio abierto y levemente amueblado del aeropuerto hamburgués. Treinta y cinco años después de denunciar a todos sus compañeros del puerto a la policí­a soviética, veintidós de convertirse en un engranaje estatal, se encontró frente a frente con Otto Leipzig, el único superviviente de aquellos tiempos de frí­o resentimiento. Cuando Otto, pálido como un muerto, sacó su arma reglamentaria y la dirigió hacia su pecho, sintió el calor reconfortante del reencuentro con un amigo perdido en el mismo momento que la bala destrozaba sus ví­sceras y se empotraba en un puesto de salchichas, unos metros más allá.

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