Autor Tema: Ratio y deseo  (Leído 277 veces)

Kamarasa GregorioSamsa

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Ratio y deseo
« en: Mayo 16, 2006, 11:10:55 a.m. »
Reflexiones para compartir, a pesar de ser suficientemente conocidas. He aquí­ un extracto del libro de David Bohm, La Totalidad y el Orden Implicado, en el que se describe a la ratio:

“… y ratio es la palabra latina de la cual ha derivado nuestra moderna «razón». Según el concepto antiguo, la razón se ve como la observación de una totalidad de «ratio» o proporción que se puede aplicar interiormente a la verdadera naturaleza de las cosas (y no sólo exteriormente, como una forma de comparación con un patrón o unidad). Desde luego, esta ratio no es necesariamente una mera proporción numérica (aunque, naturalmente, también la incluya), sino que más bien es, en general, una especie de proporción o relación universal cualitativa…”

“La razón esencial o ratio de una cosa es, pues, la totalidad de las proporciones internas en su estructura y en el proceso en el cual se forma, se mantiene y, finalmente, se disuelve. En este aspecto, comprender esta ratio es comprender el «ser más í­ntimo» de esta cosa.

Esto supone que la medida es una forma de penetras en la esencia de todas las cosas, y que la percepción del hombre, al seguir los caminos que le señala, será clara y, por consiguiente, producirá una acción generalmente ordenada y una vida armoniosa.”

“Claro está que, según fue transcurriendo el tiempo, esta noción de medida fue cambiando gradualmente, perdió su sutileza y se fue haciendo relativamente grosera y mecánica. Probablemente esto sucedió porque la noción que el hombre tení­a de la medida fue haciéndose cada vez más rutinaria y habitual, tanto en su manifestación exterior, en medidas que se referí­an a una unidad externa, como en su significado interior, como proporción universal relacionada con la salud fí­sica, el orden social y la armoní­a mental. Los hombres comenzaron a aprender mecánicamente estas nociones de medida, conformándose con las enseñanzas de sus mayores o sus maestros, y no creativamente, mediante un sentimiento interno y una comprensión del significado más profundo de la ratio o proporción que estaban aprendiendo. Así­, la medida llegó gradualmente a enseñarse como una especie de regla que debí­a ser impuesta desde fuera al ser humano, quien, a su vez, imponí­a la correspondiente medida fí­sica, social y mentalmente, a cualquier contexto en el cual estuviera trabajando. Como resultado de ello, las ideas predominantes acerca de la medida ya no fueron en lo sucesivo que consistiesen en formas de observar [teorí­as, según David Bohm]. Antes bien aparecieron como «verdades absolutas acerca de la realidad tal como es» que los hombres parecí­an haber conocido siempre y cuyo origen se explicó a menudo como mandatos obligatorios de los dioses que serí­a tan peligroso como perverso discutir. Así­, el pensamiento acerca de la medida tendió a caer principalmente en los dominios de los hábitos inconscientes y el resultado de esto fue que las formas inducidas en la percepción por este pensamiento se consideraron como realidades objetivas observadas directamente, independientes en lo esencial del modo en que se pensaran.

Incluso en la época de los antiguos griegos, este proceso ya habí­a andado un largo camino y, cuando los hombres se dieron cuenta, comenzaron a cuestionarse su noción de la medida. Así­, Protágoras dijo: «El hombre es la medida de todas las cosas», destacando que la medida no es una realidad exterior al hombre ni existe independientemente de él. Pero muchos de los que ya tení­an el hábito de considerarlo todo superficialmente aplicaron también esta manera de pensar a lo que habí­a dicho Protágoras. Así­, sacaron la consecuencia de que la medida era algo arbitrario y sujeto a la elección caprichosa o al gusto de cada individuo. Naturalmente, así­ pasaron por alto el hecho de que la medida es una forma de observar que tiene que adecuarse al conjunto de la realidad en la cual se vive, como lo demuestran la claridad de percepción y la armoní­a de la acción a las que conduce. Esta forma de observar sólo puede surgir correctamente cuando un hombre trabaja con seriedad y honradez, colocando la verdad y la realidad primero, antes que sus propios caprichos y deseos.”

Todo lo anterior entronca, obviamente, con el tema 
de la “asimetrí­a del deseo” humano, tan valorada habitualmente por considerársele motor de la evolución. En cierto modo, podrí­a entenderse fácilmente que si esta asimetrí­a se tensa lo suficiente es posible que desproporcione la ratio, convirtiéndola en mero “deseo desmesurado”, incontrolable mediante la voluntad, lo que en última instancia perjudicará a la propia persona, amén de que probablemente podrá afectar a terceras.