Autor Tema: Sobre la Guerra Civil y otros asuntos  (Leído 12712 veces)

Yehuda

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Re: Sobre la Guerra Civil y otros asuntos
« Respuesta #15 en: Marzo 31, 2011, 07:59:36 p.m. »
Lo único que querí­a señalar es por qué grita tanto la derecha,
si todo el arco parlamentario ha salido de la iglesia católica,
y está situado en el centro o en la derecha ultramontana

Yehuda

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Re: Sobre la Guerra Civil y otros asuntos
« Respuesta #16 en: Marzo 31, 2011, 08:10:04 p.m. »
-¡Han matado al Noi del Sucre!

"Picos, un zapatero anarquista que viví­a por y para ladrar al más destacado de los militantes"
(y que no habí­a parado de ladrarle una y otra vez llevándole la contraria al Noi del Sucre)

Cuando se enteró de la noticia se tiró de cabeza desde lo alto de la galerí­a de la carcel modelo de Barcelona

Dan

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Re: Sobre la Guerra Civil y otros asuntos
« Respuesta #17 en: Marzo 31, 2011, 10:42:14 p.m. »
No se yo si muchos anarquistas compartirí­an esa visión alabando la anulación del individuo en favor de la masa. Y si lo hacen, no veo clara la distinción con los comunistas.

Bueno, ya sabes que los discursos, según el momento, los ideales, morid por mí­, todo eso.

Bestiajez

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Re: Sobre la Guerra Civil y otros asuntos
« Respuesta #18 en: Abril 01, 2011, 02:21:48 p.m. »
Cuando Oliver habla de los tiroteos en Barcelona y las acciones terroristas, no hay guerra.

Y la dialéctica usada es la misma dialéctica que podemos escucharle hoy en dí­a a ETA.

Bestiajez

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Re: Sobre la Guerra Civil y otros asuntos
« Respuesta #19 en: Abril 01, 2011, 07:17:47 p.m. »
Cuando Oliver habla de los tiroteos en Barcelona y las acciones terroristas, no hay guerra.

Y la dialéctica usada es la misma dialéctica que podemos escucharle hoy en dí­a a ETA.

De fondo, es la misma esencia la de la extrema derecha que la de la extrema izquierda. Ambas buscan el poder de forma violenta, la derecha para una élite aristocrática (adinerada y/o intelectual), la segunda para, supuestamente la masa (pobre y analfabeta), pero que finalmente es la ocupación del poder por una nueva élite de una aristocracia popular y populista.

Antes de la guerra, igualmente busca, el anarquismo, intelectualmente la supresión del poder y del Estado y de la propiedad privada por medio de la violencia y sentimentalmente la destrucción del sometimiento al que posee propiedades (rico) y que ocupa el poder, además.


La asociación entre extrema derecha y gente adinerada hay que hacerla con cuidado . "loh poderosoh" por definición nunca poseen masa crí­tica para formar un grupo polí­tico propio que defienda "sus derechos" o "sus intereses" que por lo general son bastante mezquinos. Así­ que se sirven de los que hay. Los compra y les importa un pimiento el color que tengan. En el contexto en el que nos situamos, las clases adineradas estaban en la CEDA, no con falange o los carlistas. Más adelante y una vez que comienzan las hostias, si que se servirí­an de estos cuando lo que cuentan no son los votos sino de cuantas manos con pistolas se dispone.

Y sobre las extrañas relaciones entre la CNT y la falange y sus transvases ya hemos hablado por aquí­ otras veces.


Dan

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Re: Sobre la Guerra Civil y otros asuntos
« Respuesta #20 en: Abril 01, 2011, 09:27:23 p.m. »
El cristianismo es revolucionario de cojones. Dos mil años lleva en ello y todaví­a no le ha cogido el punto.

En realidad, el anarquista de la guerra no es un anarquista intelectual sino un anarquista visceral (rencor-odio en muchos) Y realiza su propia revolución dentro y en medio de la Guerra Civil.

Habí­a de todo. Pero la proporción de intelectuales en su seno por metro cuadrado superaba en mucho a los de las trincheras del otro lado, y a muchos de las propias. Al menos no se avergonzaban de saber leer, los que podí­an.

Dan

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Re: Sobre la Guerra Civil y otros asuntos
« Respuesta #21 en: Abril 02, 2011, 11:44:35 a.m. »
Muerte a la inteligencia.

Una de las banderas del anarquismo era la libertad a través de la educación. Si consigues una pancarta así­ en el otro lado, pues oye, podrí­amos pensar que es como dices. Y no fusilaron a tantí­simo maestro porque sí­.

Dan

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Re: Sobre la Guerra Civil y otros asuntos
« Respuesta #22 en: Abril 02, 2011, 12:47:53 p.m. »
El gobierno anarquista de hoy, quiero suponer.

Agarkala

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Re: Sobre la Guerra Civil y otros asuntos
« Respuesta #23 en: Abril 02, 2011, 01:52:31 p.m. »
Estás simplificando muchí­simo, Antikisimo. Pero no tengo ganas ni tiempo de explayarme.

Ariete

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Re: Sobre la Guerra Civil y otros asuntos
« Respuesta #24 en: Abril 02, 2011, 04:49:09 p.m. »
la guerra civil como una lucha por la democracia o por las supuestas libertades.

Ahí­ le has dao. Supuestas. Porque con Franco habí­a libertad también, y a manos llenas, pero estos embidiosos no van a querer admitirlo, es como hablar con una pared. 


Dan

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Re: Sobre la Guerra Civil y otros asuntos
« Respuesta #25 en: Abril 02, 2011, 10:42:43 p.m. »
Pfff...

ENNAS

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Re: Sobre la Guerra Civil y otros asuntos
« Respuesta #26 en: Abril 03, 2011, 11:43:54 a.m. »


Aprovechando el atroz artí­culo de Wikipedia sobre la Guerra Civil abro el tema para que el resto de usuarios intervenga.

Es puritito Nacho Escolar, a la altura de la mayorí­a de Wikipedia en castellano.

http://es.wikipedia.org/wiki/Guerra_Civil_Espa%C3%B1ola

Karl MARX
EL DIECIOCHO BRUMARIO DE LUIS BONAPARTE

Capí­tulo I

Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa. Caussidií¨re por Dantón, Luis Blanc por Robespierre, la Montaña de 1848 a 1851 por la Montaña de 1793 a 1795, el sobrino por el tí­o. ¡Y a la misma caricatura en las circunstancias que acompañan a la segunda edición del Dieciocho Brumario!

Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Y cuando éstos aparentan dedicarse precisamente a transformarse y a transformar las cosas, a crear algo nunca visto, en estas épocas de crisis revolucionaria es precisamente cuando conjuran temerosos en su exilio los espí­ritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal. Así­, Lutero se disfrazó de apóstol Pablo, la revolución de 1789-1814 se vistió alternativamente con el ropaje de la República romana y del Imperio romano, y la revolución de 1848 no supo hacer nada mejor que parodiar aquí­ al 1789 y allá la tradición revolucionaria de 1793 a 1795. Es como el principiante que ha aprendido un idioma nuevo: lo traduce siempre a su idioma nativo, pero sólo se asimila el espí­ritu del nuevo idioma y sólo es capaz de expresarse libremente en él cuando se mueve dentro de él sin reminiscencias y olvida en él su lenguaje natal.

Si examinamos esas conjuraciones de los muertos en la historia universal, observaremos en seguida una diferencia que salta a la vista. Camilo Desmoulins, Dantón, Robespierre, Saint-Just, Napoleón, los héroes, lo mismo que los partidos y la masa de la antigua revolución francesa, cumplieron, bajo el ropaje romano y con frases romanas, la misión de su tiempo: librar de las cadenas e instaurar la sociedad burguesa moderna. Los unos hicieron añicos las instituciones feudales y segaron las cabezas feudales que habí­an brotado en él. El otro creó en el interior de Francia las condiciones bajo las cuales ya podí­a desarrollarse la libre concurrencia, explotarse la propiedad territorial parcelada, aplicarse las fuerzas productivas industriales de la nación, que habí­an sido liberadas; y del otro lado de las fronteras francesas barrió por todas partes las formaciones feudales, en el grado en que esto era necesario para rodear a la sociedad burguesa de Francia en el continente europeo de un ambiente adecuado, acomodado a los tiempos. Una vez instaurada la nueva formación social, desaparecieron los colosos antediluvianos, y con ellos el romanismo resucitado: los Brutos, los Gracos, los Publí­colas, los tribunos, los senadores y hasta el mismo Cesar. Con su sobrio practicismo, la sociedad burguesa se habí­a creado sus verdaderos intérpretes y portavoces en los Say, los Cousin, los Royer-Collard, los Benjamí­n Constant y los Guizot; sus verdaderos caudillos estaban en las oficinas comerciales, y la cabeza atocinada de Luis XVIII era su cabeza polí­tica. Completamente absorbida pro la producción de la riqueza y por la lucha pací­fica de la concurrencia, ya no se daba cuenta de que los espectros del tiempo de los romanos habí­an velado su cuna. Pero, por muy poco heroica que la sociedad burguesa sea, para traerla al mundo habí­an sido necesarios, sin embargo, el heroí­smo, la abnegación, el terror, la guerra civil y las batallas de los pueblos. Y sus gladiadores encontraron en las tradiciones clásicamente severas de la República romana los ideales y las formas artí­sticas, las ilusiones que necesitaban para ocultarse a sí­ mismos el contenido burguesamente limitado de sus luchas y mantener su pasión a la altura de la gran tragedia histórica. Así­, en otra fase de desarrollo, un siglo antes, Cromwell y el pueblo inglés habí­an ido a buscar en el Antiguo Testamento el lenguaje, las pasiones y las ilusiones para su revolución burguesa. Alcanzada la verdadera meta, realizada la transformación burguesa de la sociedad inglesa, Locke desplazó a Habacuc.

En esas revoluciones, la resurrección de los muertos serví­a, pues, para glorificar las nuevas luchas y no para parodiar las antiguas, para exagerar en la fantasí­a la misión trazada y no para retroceder ante su cumplimiento en la realidad, para encontrar de nuevo el espí­ritu de la revolución y no para hacer vagar otra vez a su espectro.

En 1848-1851, no hizo más que dar vueltas el espectro de la antigua revolución, desde Marrast, le républicain en gants jaunes, que se disfrazó de viejo Bailly, hasta el aventurero que esconde sus vulgares y repugnantes rasgos bajo la férrea mascarilla de muerte de Napoleón. Todo un pueblo que creí­a haberse dado un impulso acelerado por medio de una revolución, se encuentra de pronto retrotraí­do a una época fenecida, y para que no pueda haber engaño sobre la recaí­da, hacen aparecer las viejas fechas, el viejo calendario, los viejos nombres, los viejos edictos (entregados ya, desde hace largo tiempo, a la erudición de los anticuarios) y los viejos esbirros, que parecí­an haberse podrido desde hace mucho tiempo. La nación se parece a aquel inglés loco de Bedlam que creí­a vivir en tiempo de los viejos faraones y se lamentaba diariamente de las duras faenas que tení­a que ejecutar como cavador de oro en las minas de Etiopí­a, emparedado en aquella cárcel subterránea, con una lámpara de luz mortecina sujeta en la cabeza, detrás el guardián de los esclavos con su largo látigo y en las salidas una turbamulta de mercenarios bárbaros, incapaces de comprender a los forzados ni de entenderse entre sí­ porque no hablaban el mismo idioma. «¡Y todo esto -suspira el loco- me lo han impuesto a mí­, a un ciudadano inglés libre, para sacar oro para los antiguos faraones!» «¡Para pagar las deudas de la familia Bonaparte!», suspira la nación francesa. El inglés, mientras estaba en uso de su razón, no podí­a sobreponerse a la idea fija de obtener oro. Los franceses, mientras estaban en revolución, no podí­an sobreponerse al recuerdo napoleónico, como demostraron las elecciones del 10 de diciembre. Ante los peligros de la revolución se sintieron atraí­dos por el recuerdo de las ollas de Egipto, y la respuesta fue el 2 de diciembre de 1851. No sólo obtuvieron la caricatura del viejo Napoleón, sino al propio viejo Napoleón en caricatura, tal como necesariamente tiene que aparecer a mediados del siglo XIX.

La revolución social del siglo XIX no puede sacar su poesí­a del pasado, sino solamente del porvenir. No puede comenzar su propia tarea antes de despojarse de toda veneración supersticiosa por el pasado. Las anteriores revoluciones necesitaban remontarse a los recuerdos de la historia universal para aturdirse acerca de su propio contenido. La revolución del siglo XIX debe dejar que los muertos entierren a sus muertos, para cobrar conciencia de su propio contenido. Allí­, la frase desbordaba el contenido; aquí­, el contenido desborda la frase.

La revolución de febrero cogió desprevenida, sorprendió a la vieja sociedad, y el pueblo proclamó este golpe de mano inesperado como una hazaña de la historia universal con la que se abrí­a la nueva época. El 2 de diciembre, la revolución de febrero es escamoteada por la voltereta de un jugador tramposo, y lo que parece derribado no es ya la monarquí­a, sino las concesiones liberales que le habí­an sido arrancadas por seculares luchas. Lejos de ser la sociedad misma la que se conquista un nuevo contenido, parece como si simplemente el Estado volviese a su forma más antigua, a la dominación desvergonzadamente simple del sable y la sotana. Así­ contesta al coup de main de febrero de 1848 el coup de tíªte de diciembre de 1851. Por donde se vino, se fue. Sin embargo, el intervalo no ha pasado en vano. Durante los años de 1848 a 1851, la sociedad francesa asimiló, y lo hizo mediante un método abreviado, por ser revolucionario, las enseñanzas y las experiencias que en un desarrollo normal, lección tras lección, por decirlo así­, habrí­an debido preceder a la revolución de febrero, para que ésta hubiese sido algo más que un estremecimiento en la superficie. Hoy, la sociedad parece haber retrocedido más allá de su punto de partida; en realidad, lo que ocurre es que tiene que empezar por crearse el punto de partida revolucionario, la situación, las relaciones, las condiciones, sin las cuales no adquiere un carácter serio la revolución moderna.

Las revoluciones burguesas, como la del siglo XVIII, avanzan arrolladoramente de éxito en éxito, sus efectos dramáticos se atropellan, los hombres y las cosas parecen iluminados por fuegos de artificio, el éxtasis es el espí­ritu de cada dí­a; pero estas revoluciones son de corta vida, llegan en seguida a su apogeo y una larga depresión se apodera de la sociedad, antes de haber aprendido a asimilarse serenamente los resultados de su perí­odo impetuoso y agresivo. En cambio, las revoluciones proletarias como las del siglo XIX, se critican constantemente a sí­ mismas, se interrumpen continuamente en su propia marcha, vuelven sobre lo que parecí­a terminado, para comenzarlo de nuevo, se burlan concienzuda y cruelmente de las indecisiones, de los lados flojos y de la mezquindad de sus primeros intentos, parece que sólo derriban a su adversario para que éste saque de la tierra nuevas fuerzas y vuelva a levantarse más gigantesco frente a ellas, retroceden constantemente aterradas ante la vaga enormidad de sus propios fines, hasta que se crea una situación que no permite volverse atrás y las circunstancias mismas gritan:

Hic Rhodus, hic salta!

Dan

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Re: Sobre la Guerra Civil y otros asuntos
« Respuesta #27 en: Abril 03, 2011, 12:54:00 p.m. »
No es una dirección de youtube válida

zruspa

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Re: Sobre la Guerra Civil y otros asuntos
« Respuesta #28 en: Abril 05, 2011, 01:26:49 p.m. »
Y la dialéctica usada es la misma dialéctica que podemos escucharle hoy en dí­a a ETA.

Y sobre las extrañas relaciones entre la CNT y la falange y sus transvases ya hemos hablado por aquí­ otras veces.

Pues ya tenemos silogismo, eh.

Madre mí­a.

Agarkala

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Re: Sobre la Guerra Civil y otros asuntos
« Respuesta #29 en: Abril 05, 2011, 06:43:50 p.m. »
Habrí­a que hablar en genérico de la dialéctica de los años 30, porque vaya tela cómo se están cubriendo de gloria algunos, aplicando la vara de medir democráticahucpiguay de 2011 a unos y guardando vergonzoso silencio sobre otras dialécticas. Y no hablo de los puños y las pistolas del amigo Primo, ni de los discursos de ilustres militares o religiosos. Hablo de la CEDA, por ejemplo. Que podrí­amos hacer un curioso paralelismo estúpido de estos con partidos que entran en las instituciones democráticas pero con la más o menos expresa voluntad de cambiarlas a la que puedan. Igual les suena alguno.