Autor Tema: "Y de repente fue ayer", de Boris Izaguirre.  (Leído 906 veces)

ENNAS

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"Y de repente fue ayer", de Boris Izaguirre.
« en: Enero 08, 2012, 07:21:22 p. m. »
Te pasan un libro de esa locaza televisiva y qué vas a decir, ya estás de vuelta de todo, sabes de qué va la vida, así­ que lo abres dispuesto a ponerlo a parir.

Pues resulta que el tipo escribe bien. Bah, no, no des tu brazo a torcer, en el fondo es caraqueño y primera disgresión las gentes del Caribe son los que mejor manejan el español, no sólo los escritores consagrados, sino estos pobres emigrantes colombianos, cubanos, dominicanos o venezolanos, que vienen a la Madre Patria a malvivir en trabajos basura y pisos patera, y que a la que entablas conversación y te interesas por su suerte te das cuenta que no tienen algunos de éllos ni el equivalente a nuestro Graduado Escolar.

Izaguirre, éso sí­, fruto de su cultura televiva, muestra una descripción detallista y morosa del entorno como si estuviera fotografiando localizaciones para una futura pelí­cula que habrí­a de transcurrir en la Cuba de mediados del siglo pasado, con la dictadura de Batista tambaleándose y el triunfo de la Revolución cubana.

El protagonista pobre y analfabeto inventa historias, cualidad que intenta aprovechar su padrastro muy al estilo de la pelí­cula italiana "Padre, padrone", la historia hasta acá es dura y éso sorprende y quizá motiva. Puede que la causa de que yo alabe este libro proceda de que no podí­a imaginar que un mariquita superficial pudiera escribir una novela tan compleja, tétrica y desasosegante.

Prosigo con el argumento: Uno de los huracanes que recurrentemente asolan la isla, convierten al niño en el único superviviente de su familia y de paso se impone su primer gran secreto, el padrastro estaba muerto antes de empezar el huracán.

Junto con otro chico, éste ya adolescente bello como pocos y manipulador como ninguno, nuestro nene es acogido en un orfelinato indescriptible, parte una academia de talento, parte el "Saló y los 120 dias de Gomorra" de Passolini. Videí­to que a la par que descriptivo, ayudará a rebajar la tensión:


Una nueva tragedia, un incedio provocado hace que el prota, cuan fantasma de la ópera, se salve gracias a la intervención de un criado negro que lo cuida en su ceguera e invalidez. Segunda disgresión recalca mucho el autor el manifiesto desprecio hacia la población negra en la Cuba prerrevolucionaria, y en efecto la mayor parte de los cubanos de Florida son blanquitos y no se sabe cuanto de su amor a Cuba y sus ganas de volver no sean en verdad revanchismo racial dado que están apoyados por supremacistas blancos estadounidenses. Con todo, los lí­deres de los barbudos eran Fidel Castro, de padres gallegos; Camilo Cienfuegos, hijo de anarquistas españoles (un asturiano y una santanderina); y el argentino Ernesto che Guevara, descendiente de hacendados criollos y emigrantes irlandeses.


Sujeto, anclado por su minusvalidez, el dos veces superviviente empieza a componer letras para las canciones sandungueras de los negritos. Canciones que hablan de amor, aparentemente, pero cómo el protagonista ya adolescente racionaliza, sólo tratan de la pérdida y la nostalgia por sus dos seres queridos, su manipulador y lindí­simo amigo y una nenita del orfelinato de la cuál se enamoró.

El triunfo del grupo les lleva a La Habana, dónde el protagonista va más allá, crea un serial de radio que es un dramón decimonónico, de gran éxito. Nada es gratis, y el empuje se lo da un siniestro personaje que le proporciona los contactos a cambio de que olvide el pasado, ¿Doctor Fausto?

No exhibe el pasado pero lo transforma en una telenovela, el amigo es un seductor arrepentido, la novieta una madre despechada. Éxito. Y con el éxito el vací­o, la cobardí­a, los remordimientos ante el aplauso ajeno, la insoportable vacuidad del triunfo inmerecido por no afrontar la realidad de su pasado. Cásase el prota con la actriz principal de su serial a la que no quiere.

Y entonces llega el punto de inflexión, un actor hollywoodiense de pelí­culas de acción identificado como "El Catire" (en argot caribeño "rubio de piel clara") y en el que no es difí­cil reconocer a Errol Flynn, que efectivamente sufragó con los pocos dineros que le quedaban a Fidel Castro, aparece llevando consigo al amigo perdido.


Lejos de ser un acicate para un final agradable, la novela retorna al punto tétrico anterior. Aparte de la licencia que se toma el autor en hacer fallecer a El Catire el dí­a de triunfo de la Revolución frente al puerto de La Habana, con fastuoso entierro (en realidad Errol Flynn falleció el 14 de octubre de 1959 en Vancouver, Canadá, no el 1 de enero de ése mismo año).

Aparte, digo, de ahí­ en adelante la novela vuelve a ser desasosegante, casi odiosa; odioso al menos el manipulador amigo de la infancia, que de ví­ctima se ha transformado en Consejero Cultural de la Revolución, ocupando los mejores palacios y disfrutando de todo privilegio: imitando en todo y por todo a sus antiguos verdugos.

El final es un bajonazo, cuando te enteras de la suerte de la chica del orfelinato a la que el protagonista siempre buscó. Si bien una vez leí­do captas trazas de "¿Qué fué de Baby Jane?", la verdad es que no te lo esperas. Es efectista y al mismo tiempo, cruel.

Más allá del argumento resumido, lo importante es el perpetuo desasosiego del protagonista, siempre sintiéndose un falso, siempre medroso de escudriñar en su pasado, ni siquiera utiliza su privilegiada posición para buscar a sus dos amores, por contra tiene que esperar a que su lindo amigo le muestre parte, que no toda, de la verdad, cómo se descubre en la última página.

Esa duda, qué duda, esa decisión de amuermarse en el presente para no afrontar el pasado, es de lo mejorcito del libro.