Autor Tema: Diminuta  (Leído 1039 veces)

YosolosoY

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Diminuta
« en: Mayo 19, 2013, 09:46:48 p.m. »
Habí­a manifestado, desde siempre, un gusto exacerbado por lo diminuto. Ella misma era diminuta. Su voz era diminuta, como el pinchazo de una espina. Sus ojos no eran diminutos, pero sus miradas duraban un instante, como la luz de los faros en altamar. Sus lágrimas eran tan diminutas que se necesitaban miles de ellas para formar una gota de rocí­o.
Coleccionaba minúsculos granos de arena que le serví­an para construir relojes. Cada grano, un segundo. Con exactitud milimétrica. Pero un segundo diminuto. Nada de los segundos de la espera interminable, que se hacen eternos.
Sus manos eran diminutas y rosadas, como algunas hormigas. Con ellas solí­a acariciar los segundos de arena antes de introducirlos en el cuenco del reloj.

El reloj era diminuto. Tan diminuto que por él no pasaba el tiempo. Algunos consideraban que su única misión en el mundo era obnubilar las mentes varoniles con su cintura de avispa. Los hombres deseamos siempre tener a las mujeres en un puño. De ahí­ que nos obcequemos con su cintura. Pero esta cintura era tan diminuta que no se podí­a abarcar. Imagí­nen, señores: si el reloj era diminuto cómo de diminuta serí­a su cintura. No existen dedos que puedan encerrarla.
Ni siquiera en una ensoñación vespertina se puede imaginar tal aventura.

Habí­a manifestado, desde siempre, un gusto exacerbado por lo diminuto. Ella misma era diminuta. Su voz era diminuta, como el pinchazo de una espina. Sus ojos no eran diminutos, pero sus miradas duraban un instante, como la luz de los faros en altamar. Sus lágrimas eran tan diminutas que se necesitaban miles de ellas para formar una gota de rocí­o.
Coleccionaba minúsculos granos de arena que le serví­an para construir relojes. Cada grano, un segundo. Con exactitud milimétrica. Pero un segundo diminuto. Nada de los segundos de la espera interminable, que se hacen eternos.
Sus manos eran diminutas y rosadas, como algunas hormigas. Con ellas solí­a acariciar los segundos de arena antes de introducirlos en el cuenco del reloj.

El reloj era diminuto. Tan diminuto que por él no pasaba el tiempo. Algunos consideraban que su única misión en el mundo era obnubilar las mentes varoniles con su cintura de avispa. Los hombres deseamos siempre tener a las mujeres en un puño. De ahí­ que nos obcequemos con su cintura. Pero esta cintura era tan diminuta que no se podí­a abarcar. Imagí­nen, señores: si el reloj era diminuto cómo de diminuta serí­a su cintura. No existen dedos que puedan encerrarla.
Ni siquiera en una ensoñación vespertina se puede imaginar tal aventura.




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