Autor Tema: Mundo perdido y recuperado  (Leído 1588 veces)

SrCualquiera

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Mundo perdido y recuperado
« en: Marzo 27, 2017, 08:50:16 p. m. »

“El proceso de cicatrización ha originado una atrofia en el ventrículo lateral izquierdo. Sus paredes presionan la superficie del cerebro. La lesión provocó una atrofia local en la región parietooccipital. El paciente ha pasado a vivir en las nubes”.

"Desde hace veinte días siento que soy un ser absolutamente original, único, predeterminado por un destino funesto e inalterable. Mi percepción de la realidad es un mosaico de ideas sin razón y de objetos sin sentido, nada tiene un contorno claro. No soy ciego, pero sólo veo sombras de las cosas que me suceden. Y si no fuera porque es echarse flores de más, diría que soy una persona nueva".

Eugenio sufrió un pequeño accidente cuando se deslizaba por la barandilla de las escaleras de su edificio. Así solía comenzar sus días más venturosos, tarareando y haciendo equilibrismos insensatos antes de perderse por el soportal en el bullicio calamitoso de Madrid.

Esta vez salió mal; tropezó y rodó por las escaleras, dejando una estela de ruido y de golpes que lo aplastó como un cromo contra el suelo, con media lengua sacada y el cuello dado la vuelta; siniestro total.

"Si siento una mano que reposa a mi lado,  pienso que debiera ser de otro antes de reparar en que pudiera ser la mía, y a la hora de intentar agarrar un vaso o una taza de café, son horas las que me paso disimulando sin saber por dónde empezar".

¿Qué era esta lesión cerebral que había dejado intacta su percepción directa del mundo, que había conservado sus intenciones,  su sensibilidad, la capacidad de valorar lucidamente cada uno de sus fracasos y que a la vez le originaba unas tremendas dificultades cada vez que trataba de expresar un motivo o encontrar una sencilla palabra?

Era profesor de secundaria en un instituto. Docente de vocación pero escéptico por experiencia. Disertaba sobre células eucariotas con la misma pasión que recitaba poemas o traía pensamientos filosóficos a ese mundo vegetal que tanto le apasionaba:

"La capacidad fantasiosa de las células para generar vida es la explicación más difícil del universo, y si Dios se hubiera puesto a estudiar las células madre en lugar de tanto jugar a los dados, nos habríamos ahorrado el cristo en la cruz y gran parte del fenómeno fan, por no hablar de lo que ocurre con las apuestas deportivas".

Aún entregado a su profesión, tenía escasa esperanza en la pobre atención de sus alumnos, roídos los sesos  por los muchos comecocos telemáticos, y por ese bandido en estado puro que es toda hormona adolescente. Una pintada en los lavabos le recordaba el triste destino de su cábala educadora, y los límites de toda pedagogía.

“Dime con quién wasaps y te diré quién eres, xk mira q ers warra".

Ahora, desesperado tras el accidente, trata de buscar en sus libros, en sus fotos, en fragmentos de sus notas, algo que le ayude a reconocerse.

Abre la pantalla de su viejo portátil, y tras muchos vértigos frustrados en infinitas ventanitas que se abren, decide que no entiende ni papa y sale a caminar a la calle, donde las dudas siempre se encuentran. Es ya una noche aciaga de whisky y de ceniza.

Si el magma de la urbe perturba de por sí la sensibilidad, el chorro de estímulos que bulle ahora en sus ojos lo conduce sin norte, como puta por rastrojo, multidudando ante las luces de los semáforos, dando murga al policía que aún no sabe si arrestarlo o alejarse de él; pregonando balbuceos, entre gentes que lo iban esquivando pensando que estaba loco.

Por fin se acerca a un viejo indigente que sentado en un banco da de comer a las palomas. Es una escena de Matrix, pero también el primer hombre que no huye de él en muchos pasos.

Dice como un oráculo:

"El hombre antiguo procuraba mantener la vida de sus divinidades conservándolas aisladas entre el cielo y la tierra, entre la mística y la verdad, como un lugar que no puede ser afectado por las cosas ordinarias. Se dice del individuo que ha reducido de sí las habladurías hasta el punto de haber abandonado su propia doctrina y vivir sólo de su silencio".

Nuestro profesor queda aún más sordo ante tal extraño mensaje, que viniendo de un pobre vagabundo, no puede contener más que el albur de un mal encantamiento. Lo deja allí sospechando que está más ajeno que él, y sigue su camino, fragmentado por las luces y las sombras de la mágica ciudad, a punto de ser atropellado por los coches.

Se lo traga un clamor de cubata y de garito y se acoda a una barra dispuesto a tomarse el penúltimo trago. El camarero es un hombre gordo y sucio, que fuma puros habanos; le sirve una tapita de tortilla y un chato de vino. Le promete una señorita en la que poder alojarse las penas y lanza un círculo de humo a su cara antes de decirle:

"Buscas a alguien que haya olvidado las palabras para poder hablar con él".

Eugenio queda más trastornado aún, le suenan todas las palabras por igual pero es como si la cosa empeorara por momentos. ¿Es su cerebro o es la misma realidad la que no tiene prisma ni compostura?

Pasea sin dirección, por confusión, por variación, por perdición, por obsesión, por los bulevares sin tiempo de la noche insomne y desconcertada.

Por fin algo atrapa su atención. En la calle del espejo: es el escaparate de una agencia de viajes donde hay un anuncio enmarcado con la imagen de un bonito globo:

"Acaso es tiempo malgastado el que se emplea en vagar por el mundo".  

No le hicieron falta más escenas pues un resto de razón se encendió de golpe en su magín.

Cogió la hucha de su pensión, una maleta con lo poco que quería y se fue a vivir al Caribe, dónde no hacen falta los recuerdos y hay mujeres para todas las edades; en compañía de Curro, que como no habla tampoco, no tiene problemas con él.