Autor Tema: El sueño de Jonás  (Leído 489 veces)

Ozymandias

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El sueño de Jonás
« en: Noviembre 28, 2006, 11:55:37 pm »
Escribí­ esta cosa hace muchos años. A los dieciséis. A ver qué tal resiste la crí­tica ahora, sin cambiar una coma:


El sueño de Jonás

Jonás habí­a dejado pasar el tiempo sin darse cuenta, sin entender nunca nada.
Rondaba la treintena pero nunca habí­a hecho ninguna salvajada, nada anormal. Tan sólo habí­a dejado pasar la vida, sin hacerse daño, sin hacerle daño a nadie. Nunca se habí­a batido por una causa ni material ni espiritual, nunca habí­a experimentado una vivencia atroz, nunca un verdadero amigo muerto, nunca una mujer con el corazón destrozado. Solamente habí­a vivido en la ilusión de que el mudo no tení­a que ver con él. Dejaba pasar los dí­as como si el vivir no fuera sino una inevitable molestia. Viví­a, sí­, pero no del todo. Cuando de noche se iba a la cama, el terror le asfixiaba. Tardaba horas en dormirse, y ciertas noches, se prometí­a que el dí­a siguiente habrí­a sido el inicio de una nueva vida.
No es que quién sabe cuáles dudas existenciales lo atormentasen, pero a veces sentí­a que habí­a perdido demasiado tiempo, que nunca habí­a hecho nada digno de ser recordado, que no era en especial en absoluto. Bueno para nada. Evitó las aventuras cuando se le presentaron y nunca creí­a en la palabra dada. Se obstinaba en juzgar a las personas pero no se implicaba en sus vidas. ¿Creí­a Jonás en algo?
Si Jonás hubiese vivido en nuestros dí­as, habrí­a terminado en un minúsculo apartamento en algún barrio secundario de la periferia, obrero en una fábrica o empleado en alguna oficina aun más gris que sus pensamientos. Quizás una noche habrí­a oí­do por la ventana el sonido de un saxofón en las manos de un virtuoso que se prodigara entre los oí­dos menos dignos de una manera inaceptable para cualquiera con más altas ambiciones que aquel. Habrí­a quizás comprendido que él no sabí­a hacer nada tan bien como aquel tocaba el saxofón y por tanto se habrí­a deprimido aún más. Quizás se habrí­a dado la muerte. Si hubiese sido así­, seguramente habrí­a terminado como una pequeña necrológica en algún diario secundario de una provincia de segunda. O acaso: “Se suicida por haberse implicado en asuntos oscuros”, habrí­an especulado los periodistas, a la caza de estúpidas noticias que acallaran la sed de morbo y de fealdad que el pueblo necesita para sobrevivir. No habrí­an intuido, o habrí­an considerado menos rentable la verdad: aquel hombre habí­a muerto porque el sonido de un metal le habí­a hecho comprender que simplemente habí­a fracasado en la vida.
“Hoy” habrí­a soñado escuchar Jonás, dí­as antes, por boca de una conciencia superior, de un hipotético íngel de la Guarda “conocerás a alguien que te hará cambiar tu vida. Aprovecha la oportunidad y hazte presente cuando el Destino llame a tu puerta”. Un vulgarí­simo oráculo digno del peor astrólogo encargado de los horóscopos con instrumentos inadecuados, cartas celestes equivocadas e nociones falsas sobre astrologí­a.
Aquel dí­a, sin embargo, Jonás se habrí­a levantado de su lecho con el ánimo pleno y creyendo en sortilegios y en supersticiones, habrí­a salido a la calle con una sonrisa en la cara. Habrí­a sido un bonito dí­a de primavera y todo habrí­a estado en su lugar. Entonces él habrí­a conocido a alguien capaz de convertirse en su mitad y en su meta, de completar aquello que a él le faltaba. Quizás fuera una bella mujer la que colmase sus deseos. Quizás un querubí­n emprendedor con interesante proposiciones que hacer. Acaso un gran empresario, perdido amigo de confianza de Jonás llegado del más lejano pasado. Pero, en cualquier caso, la expresión del rostro de Jonás habrí­a comunicado confianza y entusiasmo. Jonás se habrí­a presentado entonces a su superior e la oficina, o a su capataz en la fábrica y habrí­a presentado una renuncia. Sus compañeros le habrí­an tachado de imprudente «Non se puede» habrí­an marujeado entre ellos «dejar un trabajo digno como éste en un paí­s en donde el trabajo de bien no existe», pero, en las profundidades de sus respectivas almas, le habrí­an envidiado. Uno que recorrí­a el camino a la perdición en el sentido opuesto.
Jonás se habrí­a encontrado al dí­a siguiente con aquel que, se le habí­a augurado, debí­a cambiarle la vida. Habrí­an bebido un par de cafés en un antiguo Rick’s y habrí­an acabado, quizás, en un bonito hotel, en un lugar menos sórdido.
Quizás habrí­an visitado un hermoso local donde habrí­an proyectado instalar un bar con mucho glamour.
Sea como fuere, aquella noche Jonás habrí­a tenido aún una bonita sonrisa en la cara y habrí­a empleado horas en dormirse. Los números le habrí­an bailado en la cabeza al ritmo de las agujas del reloj que en ese momento habrí­a tocado las dos de la madrugada. Quizás habrí­a soñado con escenas románticas con su enamorada.
A la mañana siguiente, alguien le habrí­a dado aún alguna buena noticia. Todaví­a buenas expectativas. Una vida normal que se presentaba llena de flores, de bellos colores. Un futuro, un capital, una pareja… ¿Quién sabe?
Las cosas se habrí­an precipitado a un final no feliz…
- Perdone -habrí­a oí­do pronunciar a una voz desconocida al otro lado del auricular- pero se ha equivocado de número, aquí­ no hay ninguna Bérthe.
- Pero… ¿está usted seguro de que ese es el 925556754?- habrí­a preguntado Jonás- Ella dijo que…
- ¡Por supuesto que sí­!- le habrí­a interrumpido la voz al aparato- me excuse, señor, resí­gnese, aquí­ no hay ninguna señorita con ese nombre. Hasta la vista. – Habrí­a acabado la llamada.

Acaso, consultando movimiento de su cuenta en el banco, habrí­a encontrado bonitos números rojos allá donde antes hubiera muchos dineros ganados con gran esfuerzo. Su trabajo, perdido. Un futuro aun más negro, y quizás el corazón destrozado. Es verdad que aquel que se empeña en ello, se las puede arreglar para salir delante de las más negras situaciones. Pero Jonás, creyente en sortilegios y en supersticiones, no habrí­a pensado en ello. Jonás habrí­a escuchado a aquel diletante. Ese sonido lóbrego en mitad de la noche oscura, en un barrio tenebroso de una gris ciudad.
A Jonás le habrí­a faltado algo… un poco de voluntad acaso, un pensamiento más frí­o y calculado, quizás. Jonás se habrí­a obstinado en escuchar esa música y se habrí­a dejado arrastrar por un torrente de violentas y arrolladoras emociones de vací­o absoluto y habrí­a olvidado haber sido feliz nunca. La primera lágrima que cayera al suelo le habrí­a recordado la muerte de su padre. El suspenso cuando en párvulos no habí­a sabido recitar de memoria un poemilla. El tortazo recibido cuando, de niño habí­a intentado besar a Alba. Se habrí­a mirado las manos. Habrí­a estrechado los puños para darse fuerzas. Un vací­o en la boca del estómago le habrí­a recordado su profunda miseria y después de un desconsolado llanto, hipando, se habrí­a matado de alguna forma romántica.
Pero Jonás no vive en nuestros dí­as. Jonás sobreviví­a en el vientre de una ballena y empezaba a creer en algo. No se preocupaba por las altas emociones que llevan a la muerte y experimentaba una elevación mí­stica.
Empezaba a confiarse a Dios.