Autor Tema: Abrazos (de fosphorito)  (Leído 531 veces)

Dolordebarriga

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Abrazos (de fosphorito)
« en: Junio 08, 2007, 04:32:57 am »
El otro dí­a Bic me envió un privado pidiéndome si junto a él, y supongo que otros, podí­amos  hacer algo para revitalizar el "Déjame que te escriba". Yo entré a este foro siguiendo relatos y relatadores, así­ que si a alguna sección le tengo un especial cariño es a ésta. Yo escribo o bien porque la idea surge y me apetece plasmarla o porque lo necesito y me fuerzo a ello. Hay veces que aún necesitándolo y aun forzándome se que no va a salir nada bueno, como ahora, así­ que haciendo trampas copypasteo una serie de relatos mios antiguos de otro foro. A partir de ellos surgieron otras muchas propuestas interesantes, con el mismo denominador común (el abrazo) que no pongo por no tener el permiso de sus autores. No se si esto servirá para "mover" esta sección, pero por intentarlo que no quede

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Parecí­a un pez boqueando fuera del agua. Sus labios se abrí­an rí­tmicamente intentando encontrar el aire necesario para continuar respirando. El oxí­geno viajaba por su garganta emitiendo el sonido sibilante de un balón de fútbol al deshincharse. Estaba claro que al menos uno de sus pulmones, aunque por los esfuerzos que hací­a bien pudieran ser los dos, estaba perforado por una de sus propias costillas.

Del oí­do visible brotaba un fino pero constante reguero de roja sangre que resbalaba por el cuello hasta formar un pequeño charquito de bello contraste con el azul intenso de los baldosines del baño.

Mamá no saldrí­a de esta. Habí­a soportado con una estoicidad extraordinaria todas las palizas de papá durante años y años. Decí­a que él era un hombre bueno, pero que lo perdí­a el alcohol. A mí­ siempre me pareció un bruto bastardo al que siempre soñaba con poder matar algún dí­a, antes de que él acabara con nosotros.

Pero ahora ya nada importaba, mamá se estaba muriendo en el suelo del baño con su ridí­cula bata de cuadros rojos y sus zapatillas de borlas doradas. Ni siquiera podí­a tener una muerte digna. Una vida de mierda que finalizaba con una muerte de mierda. Si, al menos, hubiera podido morir con el vestido que llevaba el dí­a de la boda de Rosita. ¡Que guapa estaba ese dí­a!. El tí­o Javier y el tí­o Pedro la piropearon con descaro y a ella se le subieron los colores y le brotó una sonrisa que yo casi ni recordaba que tuviera. Ver a mamá sonreí­r ese dí­a fue tan maravilloso que ni siquiera me dolió la paliza que luego papá me dio por la noche.

Me agacho y acaricio el pelo de mamá y le digo “Te quiero, mamá, te quiero. Te juro que voy a salir de esta casa y no regresaré nunca. Yo si lo conseguiré, te juro que yo si lo conseguiré. Me iré lejos, donde no pueda encontrarme nunca y allí­ comenzaré de nuevo, como si nunca hubiera habido un antes. Tan sólo tú mamá, tan sólo tú formaras parte del ayer.”

Ella me mira y vuelve a sonreí­r como el dí­a de la boda, como lo hací­a cuando éramos pequeños y nos contaba esos fantásticos cuentos que inventaba para nosotros. Intenta decir algo, pero las palabras ya no brotan, entonces me mira; me mira con tanta dulzura que pienso que voy a romperme para siempre allí­ mismo y no podré cumplir mi promesa de escapar por las dos.

Mamá se apaga y yo me tiendo a su lado y le abrazo con fuerza mientras le susurro las bonitas canciones que ella nos regalaba por las mañanas mientras nos hací­a el desayuno.

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Camino sólo encogido por el frí­o e intentando llegar cuanto antes a casa para meterme en cama. Por eso esta vez entro en el parque. No me gusta cruzar por el parque de noche, y menos cuando voy sereno y sólo. Borracho es otra cosa, el alcohol me envalentona y me convierte en el hombre más osado del planeta Tierra. Pero cuando no he bebido siempre camino espantado, esperando que todas las calamidades me caigan encima.

Cuando la veo sentada en el banco del parque desví­o la mirada y apresuro todaví­a más el paso.

Si no la hubiera oí­do sollozar… pero, no hay duda de que está llorando y aunque me muero de miedo no puedo marcharme sin más. Me detengo y me acerco al banco. Le digo “¿Te pasa algo?, ¿Puedo ayudarte?”.

Levanta la cabeza y entonces vislumbro uno de los rostros más fascinantes que puedan llegar a existir. Se limpia los mocos, que ya resbalan por sus labios, con el dorso de la mano y me dice casi sin voz pero con una frialdad inusitada. “¿Puedes follarme aquí­ mismo?”.

“De verdad, si quieres puedo…” Me interrumpe con la misma frialdad que antes “Si no puedes follarme será mejor que te largues”.

Me encojo de hombros, me doy la vuelta y comienzo a caminar hacia la salida del parque, pero entonces mi escondida parte irracional estalla en mí­ y se desborda por dentro. Voy hací­a el banco y agarrándola por los hombros la pongo de pie, busco su boca y la beso con tanta pasión que me olvido de respirar. Ella me agarra por los pelos y mientras me atrae con fuerza con la otra mano desabrocha mi pantalón. Levanto su falda y sin ni siquiera bajarle las bragas, a horcajadas, la penetro con fuerza mientras intento girarme y llegar al banco para sentarla encima de mí­. Follamos sin decirnos nada, mirándonos a los ojos y gimiendo ambos al mismo desenfrenado ritmo. Voy a correrme y ni siquiera pienso en hacerlo fuera de ella. Ella lo nota en mis ojos pero parece no importarle. Abraza mi espalda con tanta fuerza que parece que quiera romper todos mis huesos y aumentando todaví­a más el ritmo me embiste gimiendo y llorando a la vez.

Luego continúa abrazada a mí­ durante un rato, hasta que mi pene ahora flácido se desliza sólo fuera de ella. Entonces me besa rápido en la boca, se levanta y se va.


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Al verlo bajar mi estómago se hace un ovillo y comienza a golpearme dolorosamente. Son ya diecisiete años, diecisiete años sin verlo y sin saber nada de él.

Y de repente una carta donde me dice que vuelve al pueblo, que regresa para siempre en el tren de las dos. Pero no dice cuando y yo me paso dos semanas yendo cada dí­a a la estación con el corazón encogido esperando, sin ni siquiera saber si quiero, a que baje de una vez del jodido tren.

Lleva una maleta, sólo una maleta pequeña e inmediatamente pienso que no es casi nada lo que ha podido recopilar en todos estos años. Se acerca con un andar pausado y con el rostro sereno, pero puedo darme cuenta de que su siniestra sostiene con tanta fuerza la pequeña maleta que dirí­ase está sosteniendo todo un mundo; y quizás sea así­, quizás en el interior de ese pequeño equipaje acumule todas las experiencias de todos estos años de ausencia.

Me tiende la mano y espeta “¿Qué tal hermano?, veo que has engordado mucho desde la última vez” Le digo “Si, la vida tranquila del pueblo, tú ya sabes” mientras estrecho su mano con fuerza pero sin calor, sin ningún calor. “Tengo el coche aquí­ mismo, no se como estará la casa de nuestros padres. Pensé en venderla, pero como no estabas tú cuando murieron no pareció bien, hace seis años que no entra nadie. Tení­a que haberla limpiado al saber que vení­as, pero no me vi con los ánimos para hacerlo, lo siento”. “No te preocupes, no tení­as porque hacerlo”

Caminamos hasta el coche. Durante todo el trayecto en mi viejo Audi ninguno de los dos dice nada. Lo veo observar todos sus ayeres mientras dura el viaje hasta la antigua casa donde crecimos juntos.

Al salir del coche ambos nos paramos frente a ella. Nadie dice nada pero tampoco nos movemos. La casa irradia a borbotones miles de recuerdos que han permanecido enterrados durante muchos, muchos años.

Consigo moverme y acercarme hasta la puerta. Busco las llaves en el bolsillo de mi gabardina e intento abrir la puerta. No se si es el temblor de mi mano o la herrumbre de la cerradura lo que impide que ésta se abra. Forcejeo un poco, y un poco más pero no puedo. “Putas llaves” maldigo mientras las lanzo con furia contra el suelo y me doy la vuelta.

Entonces lo veo a él. Está tan sólo a un metro de mí­ y tan tenso como yo. No se quien inicia el gesto pero ambos instintivamente nos fundimos en un abrazo tan cálido que derrite instantáneamente todo el hielo de estos diecisiete años.

Ahora nos miramos a los ojos, ahora si.


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Estoy junto a los otros, formando firmes a la salida de la ciudad. Srebrenica amaneció lluviosa como sabiendo de antemano lo que iba a pasar. A mi compañí­a le ha tocado estar hoy aquí­. Puta Unión Europea!!, si los joputas de los mierdas de los polí­ticos vieran esto con sus propios ojos serí­an incapaces de permitirlo, o quizás no, no lo se. Lo único que se es que quiero acabar con esto de una puta vez y regresar a Holanda e intentar olvidarme de todo y follarme a Gretta y decirle que la quiero y pedirle que se case conmigo.

Los miles de hombres y niños caminan en silencio entre las filas. Ni siquiera nos miran con odio. Nosotros estábamos aquí­ para protegerlos pero al final hemos sido meras comparsas de un baile absurdo y ridí­culo.

Al final de la carretera los camiones serbios esperan, cual oscuras bocas codiciosas dispuestas a engullir a toda esta marea humana para quizás no devolverla jamás. Han prometido tratarlos bien, seguir las convecciones internacionales y toda esa parafernalia, pero en realidad todos sabemos que se trata de una farsa, de una burda farsa que todos representamos con absoluta pulcritud.

Entonces sucede.

Un niño bosnio de no más de ocho años se separa del resto y corriendo llega hasta mí­ y se abraza a mis piernas mientras llora y dice algo en su idioma que no logro entender. No se que hacer, al principio no reacciono y me quedo firme y quieto formando junto al resto de mis compañeros mientras el niño continua llorando y abrazándose a mis rodillas. Pero no puedo y entonces el soldado muere y vuelve la persona. Me agacho y depositando el arma en el suelo alzo al niño y lo recojo abrazándolo junto a mi pecho. Escucho la voz del sargento gritar mi nombre pero ahora ya no soy un soldado y ya no obedezco órdenes. Me doy cuenta de que yo también estoy llorando y no quiero dejarlo marchar. Un hombre joven, seguramente su padre me dice en un rudimentario inglés “Sorry sir, he is only a boy, he is afraid” mientras con dulzura lo agarra por la espalda, lo arrebata de mi abrazo y sin volverse continua caminando hacia las oscuras bocas de los camiones junto al resto de los 8.000 hombres y niños bosnios de Srebrenica.


Y cuando levanto mi cabeza veo que no sólo yo estoy llorando. Lloran mis compañeros, llora incluso el rudo sargento Stam, llora toda la vieja Europa intentando así­ expiar su ruindad, cobardí­a e indiferencia. Pero aunque lloramos no movemos ni un dedo.

Me agacho recupero mi fusil y me mantengo firme; Vuelvo a ser un soldado.


Vuestro, pedaleando rumbo a Plutón;

Dolordebarriga
"Yo siempre documento lo que digo"