Autor Tema: La boda de mi amiga  (Leído 518 veces)

Medea

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La boda de mi amiga
« en: Diciembre 10, 2007, 06:46:46 pm »
De aquella boda recuerdo muy poco. Y es que en el disco duro de mi cabeza unos acontecimientos desplazan a otros. Si me pongo a hacer memoria de los momentos previos al baile, la pelí­cula se me torna confusa y borrosa, como una tira de negativos antiguos.

La jornada se presentaba dispuesta para disfrutar. Se dirí­a que con esa intención el otoño nos regalaba una mañana templada y brillante como pocas, con una brisa cálida que acariciaba suave. Sin apenas darnos cuenta ante nuestros ojos fueron pasando las horas. La emotiva ceremonia... las fotos... el aperitivo y parloteo habitual para llegar a la eterna comida, a la tarta a los brindis y demás historias, y situarnos de una vez en lo que más me gusta: el baile.

Todo el mundo bailaba, algunos con mejores intenciones que resultados pero en ello estábamos casi todos. Distintos ritmos para distintas edades y distintos gustos. Me encontraba descansando tranquilamente cuando él me tiró de un brazo y me sacó a bailar. Tan sonriente como era habitual en él, era su dí­a y se mostraba enormemente feliz. Nos llevábamos muy bien, demasiado bien, bromeaba su ahora ya esposa y me llamaba "su abogada defensora". No le pregunte ni le dije nada, no hací­a falta, era un alivio compartir silencio sin forzar ninguna charla. Y así­, mientras la mayorí­a destrozaba aquel merengue bailándolo en una especie de locomotora compartida, él y yo, sonrientes, sudorosos, y cómplices, lo bordábamos en un rí­tmico agarrado, evitando la marabunta que nos rodeaba.

De pronto un tropezón y empujón general del grupo que nos desplaza tras una especie de barra. Su cuerpo me aplasta entera, me aprisiona en una esquina; a dos centí­metros de mi nariz tengo esa extraña corbata de novio que corona una delicada camisa blanca. Y fue en ese eterno instante, mientras intentábamos separarnos, cuando supe que me iba a besar. Se frota contra mí­, pegándome su calor, a la vez que me invade con su lengua que yo recojo abrazándola con la mí­a en un beso interminable. Nos comemos mutuamente en unos pocos segundos de olores y sabores, de sudorosas caricias secretas. Apenas tiempo para un beso más y nos separamos.

Salimos de allí­ improvisando golpes fí­sicos que no sentí­amos, y sin reparar aún en los sí­quicos, que sí­ habí­amos recibido.

De esto hace ya ocho años. Ocho años de monosí­labos, de ausencias, de anhelos, de hormigueos. Ocho años sin haber mantenido una conversación decente con uno de mis mejores amigos. Largas noches de remordimientos y deseos, de intensas y brillantes miradas furtivas que dicen lo que no dicen las palabras.