Autor Tema: Un poquito de tu con-con  (Leído 503 veces)

Medea

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Un poquito de tu con-con
« en: Diciembre 18, 2007, 05:53:58 pm »
En el Caribe les encanta el con-con, ese fondo requemado de los guisos, esa costra que forma el arroz al pegarse en el fondo de una cazuela. Es muy apreciado popularmente, al menos en Republica Dominicana.

Viajábamos en taxi, cruzando la isla, cuando nos vimos involucradas en un accidente de tráfico. Cinco personas en el coche: el taxista, su mujer, una vecina del matrimonio, mi amiga y yo. Las otras dos mujeres, maduritas ellas, se apuntaron al viaje aprovechando la coyuntura para visitar a una hermana de la vecina en no sé que pueblo del interior muy cercano a nuestro destino.

Y fue en esa maraña de coches, motos, bocinazos, polvo y sol, donde por culpa de no sé “qué o quién”, envistieron a nuestro coche por detrás.
Gritos, pedradas, todo un susto, aviso a la autoridad y un taxista que no se vende, que no acepta la mordida de la policí­a para olvidar el asunto, porque él no ha tenido la culpa.

Todos a la cárcel. Nuestro gracioso grupito, el grupito de los maleantes del coche golpeador, una camioneta verde que nadie sabe que pintaba allí­ más dos coches de policí­a, todos a chirona en caravana. Caravana surrealista donde las haya.

Serí­a mediodí­a cuando llegamos a un cuartel militar. Ni se sabe donde metieron al resto del grupo, pero a las cuatro damas nos acomodaron en una sala con cuatro sillas un escritorio y un policí­a como una torre de grande que todo sonrisas él, respondí­a al teléfono con un escueto…  ―Servicio secreto ¿dí­game?―  sin más.

Así­ iban pasando las horas… y nuestro taxista que no se vende.

Hacia las cuatro de la tarde ya no podí­a más, necesitaba un wc, y así­ se lo hice saber al ya nuestro amigo, la torre. Muy amable él, me acompaño entre una maraña de pasillos y habitaciones en penumbra. Por fin se para y apuntando a lo lejos con el brazo en alto, me dice… ―Allá, allá al fondo, allá tiene usted su baño.―

Que bien. El problema era que para llegar “allá al fondo” habí­a que cruzar una especie de dormitorio lleno de soldados o policí­as o lo que fuesen, recostados en plena siesta. En definitiva, hombres que descansaban en literas a ambos lados del cuarto y que no tení­an nada mejor que hacer que aburrirse y mirar.

Me di la vuelta para decirle a mi amigo el grande que ya irí­a más tarde, que no era para tanto, pero el muy listo ya se habí­a ido.

Ufff… bueno… crucemos. Preferirí­a atravesar el Orinoco, valor. Son sólo tres km de nada, me decido y echo a andar. Despacito… se oye un hilito de música en algún lado, me suena a Ví­ctor Manuel, a verano aunque estemos en Enero, ¿será él?... será el taconeo de mis pasos y poco más. Al final, cuando me queda nada para que ya no se me vea y romper a correr… se oye bien clarito en toda la habitación…

―Mi amor… si como caminas cocinas… guárdame un poquito de tu con-con.