Autor Tema: Jugando a la crí­tica de cine  (Leído 814 veces)

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Jugando a la crí­tica de cine
« en: Febrero 14, 2008, 02:37:04 p. m. »
Vorágine en el Laberinto


Encadenados nos obsequia con uno de los besos más sensuales de la historia del cine, burlando el Código Hayes que limitaba la duración de los besos a ocho segundos.  En un plano secuencia de un minuto, un elegante travelling acompaña a la pareja, Cary Grant, Ingrid Bergman, enlazada desde la sala hasta la habitación. Los labios de Devlin y Alicia Huberman se buscan y se rehúsan, uniéndose a lo largo de todo ese minuto en intervalos de ocho segundos exactos.  Hitchcock se vale de la propia censura para incrementar la tensión erótica y retratar ese sentimiento de poderosa atracción y repulsa que, simultáneamente, despierta en Grant el personaje de Bergman.  Deseo, Peligro (Se, jie) es la pelí­cula que habrí­a rodado Sir Alfred si la época  lo hubiese permitido, porque perfectamente sabí­a que, si bien Orfeo desciende a los infiernos, no logra salvar a Eurí­dice  y sólo le cabe esperar ser despedazado por las Ménades.

Hitchcock es el director al que rinde homenaje Ang Lee en este film que ha sido catalogado como thriller de espionaje.  Evoqué Sospecha casi una hora antes de que el propio Ang Lee la citara de forma expresa mostrando su cartel en la entrada de un cine. La Señora Mac toma su café después de haber hecho la llamada crucial.  Un plano detalle nos muestra la mancha de carmí­n en el borde de la taza, luego toma un frasco sofisticado de perfume y se toca con él.  Me quité el metafórico sombrero y me dije: igual que ese inglés católico, paradoja ambulante, presenta el personaje de Joan Fontaine sin una sola lí­nea de diálogo,  retratándola sólo con el movimiento de la cámara, el bueno de Ang acaba de hacer lo mismo y con idéntica maestrí­a.  Y es que el detallismo preciosista es un signo de autorí­a en Lee, pero a diferencia de lo que ocurre con Wong Kar Wai (a quien se cita y no sólo por la presencia de su actor fetiche, recuérdese la escena del Señor Yee acompañando por primera vez hasta la puerta a Wong Chia Chi http://es.youtube.com/watch?v=ZP3K3LWSXZs&feature=related)  ese preciosismo en Lee tiene siempre sentido narrativo, no es puro ornamento como en el caso del quasihongkonita; justo al contrario, está totalmente al servicio de la historia pautándola como si de un Bajo Continuo se tratara, recuérdese aquel hielo posándose en las ramas de los árboles como filigranas de cristal en Tormenta de Hielo.  Bastará con permanecer atentos para descubrir la importancia de esa mancha de carmí­n: es la misma que queda en el filo de la copa en la primera comida a solas de los protagonistas, la que penetra en las retinas del Señor Yee y le confirma en su voluntad , en su determinación, de poseerla.  Esa mancha de carmí­n es, a la vez, el sí­mbolo del realismo de la ficción que acabará por ser más verdadera que la propia realidad.  La Señora Mac es una mujer sofisticada y enigmática, Wong Chia Chi siquiera usa maquillaje, pero igual que Judy quedará fagocitada por el fantasma de la falsa Madeleine en Vértigo, nuestra protagonista encontrará su verdad en la Señora Mac.

La delgada lí­nea que separa la ficción de la realidad, la dialéctica arte-vida, ése es el tema. Por eso la cinta está salpicada de montajes internos, espejos que duplican la imagen siendo el imago virtual aquello que realmente se da en cada nuevo aquí­-ahora.  El reflejo del Señor Yee en la cristalera es el que revela su presencia en esa primera posesión brutal (que no violación).  Frente a un espejo dejaremos al colaboracionista dominador, al final, un espejo en una oscuridad que ya no refleja lo auténtico.  Porque la ha perdido.  Porque también él está perdido.

Ang Lee permanecerá entre los grandes incluso cuando esta oleada postmoderna de orientofilia caduque.  Permanecerá porque el cineasta taiwanés apostó desde su primera trilogí­a (Manos que empujan; El Banquete de Bodas; Comer, Beber, Amar) por la gramática clásica del cine; valga un motivo que se repite en sus films, como muestra: Ang Lee es uno de los pocos directores actuales que sabe jugar con la profundidad de campo, en ese dominio reside la genialidad de su pelí­cula más redonda, Tormenta de Hielo. En Deseo, Peligro añade a ello un recurso más para conducirnos por las entrañas de su narración: sin mover el encuadre, la cámara centra nuestra atención en uno u otro perfil de la acción; le basta con jugar a desenfocar el fondo frente a la nitidez de imagen de la prí­mera lí­nea del plano, o a la inversa.

Que apueste por lo clásico no significa que no sepa ser moderno, pero esas innovaciones en él no son abuso sino recurso para acentuar lo que está contando.  Así­ el nerviosismo de los jóvenes actores al cometer su primer asesinato, chapucera carnicerí­a fruto de su inexperiencia, se ve reforzado por la inestabilidad de esa cámara al hombro; o nos ralentiza la imagen de la pareja protagonista dirigiéndose a la joyerí­a sobre un fondo sin cámara lenta, provocando el mismo efecto mágico de las trasparencias hitchcockianas; porque es en esa escena donde está la resolución del conflicto: arte y vida se han hecho uno.

Deseo, Peligro es una partida de Majhong en la que todos resultan perdedores.  La acción  arranca con un ágil encadenado de primeros planos y planos cortos, mostrándonos a los personajes y el juego de intrigas que están sobre la mesa, insinuándonos el desenlace, al modo del prólogo de las tragedias áticas.  El Majhong, prohibido bajo el régimen de Mao, es el juego tradicional chino por excelencia; se tiene noticia histórica de él desde finales del S. XIX, pero la leyenda lo remonta hasta Confuncio nombrándolo sí­mbolo del oráculo que predice los equilibrios y desequilibrios entre la fuerza de la naturaleza, la humana y la divina.    Los jugadores de Majhong tratan de predecir el Destino, igual que todos los personajes enfrentados pugnan por llevar a China al destino que para ella desean.  La Señora Mac sólo gana cuando el Señor Yee es adversario y la pequeña Wong Chia Chi derrotará con su interpretación al alto dirigente, igual que Ilse Von Hoffmanstal derrota a todo un Sherlock Holmes en la pelí­cula de Bilder.  Le ha vencido a costa de convertirse en su esclava sumisa, cuando él es para ella la presa.  A costa de entregarle su alma para poder adueñarse de la de él.  Fundamental es la secuencia en el burdel japonés,http://es.youtube.com/watch?v=b7jc26augLM&feature=related, el Señor Yee derriba allí­ todas sus murallas y cree de verdad que ha encontrado lo auténtico, alguien auténtico, un ser gemelo que, igual que él no es ví­ctima del miedo.  De amo pasa a ser amante y cree que se cumplirá el vaticinio que ella le canta: su amor es verdadero y superará los tiempos difí­ciles.  El engaño más sofisticado se ha convertido en real, tan real que el Señor Yee no podrá más que matar  a quien ha amado (cada hombre mata lo que ama).  El derrotado vence, pero su victoria es pérdida, una derrota aún más profunda.  El juego de espejos ya no la reflejará jamás y allí­ queda él: solo, más solo que nunca, esperando también que sobre él se cumpla el destino letal e inapelable. Mientras el tema de Wong Chia Chi, nos envuelve de nudo en la garganta.


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Re: Jugando a la crí­tica de cine
« Respuesta #1 en: Febrero 25, 2008, 12:30:09 p. m. »
Perdidos en la palabra
   

 González Iñárritu consigue lo que pocos cineastas hoy, que el largo metraje de su film no resulte excesivo.  Ello es así­ porque ni uno solo de sus planos carece de sentido narrativo, siquiera esas secuencias con halos lí­ricos, esa canción planeando sobre el desarrollo de una fiesta mexicana, ese columpio elevándose casi a modo de trasparencia sobre un fondo móvil.   Todas las imágenes están puestas al servicio del guión de Guillermo Arriaga (Los tres entierros de Melquí­ades Estrada).

 

Nada es gratuito en Babel, ni tan sólo su tí­tulo: “Por eso se llamó Babel, porque allí­ confundió Yahvé la lengua de la tierra toda, y por allí­ los dispersó por la haz de toda la tierra.” (Génesis, 11-9).   Ese complejo entramado de cajas chinas que expone como el azar concatena circunstancias accidentales volviéndolas determinantes, no nos habla de la incomunicación, no al menos al uso habitual en el que lo hací­an, por ejemplo, las pelí­culas de Antonioni.  No, al contrario, nos habla de su opuesto que la engloba como subconjunto: la comunicación.   Ahí­ están esos informativos constantemente presentes transmitiendo una información tomada por objetiva y veraz estando tan lejos de la auténtica realidad de los hechos.   Nos habla de nuestra necesidad de comunicar y del ruido que lo dificulta manifestándose incluso a modo de silencio, elegante intercambio entre la cámara objetiva y la subjetiva en la secuencia de la discoteca nipona.

 

Los hombres, más allá de las diferencias culturales, hablan un mismo lenguaje, el de las emociones, universal, puesto que se enraí­za en lo más esencial de la naturaleza humana.   Babel nos muestra como esa comprensión que fluye en las distancias cortas, una fotografí­a basta para hermanar a dos hombres aunque sus vidas transcurran a kilómetros de distancia  bajo condiciones nada comunes, esa comprensión, desaparece en el salto al nosotros global; ahí­ dominan los miedos colectivos y las interpretaciones hechas a su luz como auténticos aprioris, un mexicano es siempre un ilegal que trata de colarse por la puerta trasera del primer mundo, los árabes son terroristas y hasta su ofrecimiento de ayuda ha de ser puesto en cuarentena.   Ahí­ es donde se fragua la incomunicación,  donde Yahvé vuelve a confundir la lengua de la tierra toda.

González Iñárritu da a los espectadores la misma información que poseen los protagonistas, frustrando así­ nuestras expectativas de voyeurs.   Nunca sabremos qué dice esa nota.  Tampoco importa, sin embargo, porque no es el contenido del mensaje lo importante sino que lo es el que su lector lo comprende: el acto comunicativo por fin se ha consumado.   Dispersos sobre la haz de la tierra, nos llegamos los unos a los otros a través del amor que nos aflora en las situaciones lí­mites: ahí­ están esos abrazos cerrando historias que se simultanean gracias a la desecuenciación de la linealidad del tiempo.  Aunque el abrazado sea un cadáver.  En la unidad del amor y la muerte nos reconciliamos y los hijos de González Iñárritu son esas dos luces brillantes que iluminan la oscuridad.